Cappa, Cappa, Cappa, huevo, huevo, huevo.

De aquel jugador áspero, de mucha garra y poca técnica al entrenador lírico de este Huracán. El lado desconocido de Angelito.
Rivadavia y 14 de julio, del otro lado de la vía, barrio Villa Mitre, Bahía Blanca. La peluquería de Don Blas, un militar de la marina mercante ya retirado, tenía dos sillones para cortar el pelo, dos o tres sillas y un banco a lo largo de la pared opuesta a los espejos. Los diarios del día esperaban sobre una mesita para ser leídos. Para los vecinos que se reunían allí a la salida del trabajo para hablar y hablar de fútbol. Y atento a esas charlas que por momentos se volvían discusiones intensas, cuando dejaba la escoba con la que barría los pelos, cuentan que siempre andaba uno de los hijos varones de Don Blas: el Negro Angelito, hoy más conocido como Angel Cappa, el técnico de este Huracán que no deja de sorprender.

De carácter fuerte y una prolijidad extrema para peinarse y vestir, tal como su papá, Angel creció escuchando esas charlas y consciente de que su pasión era la pelota. "Todos discutían de fútbol y, escuchando, uno aprende", analiza hoy Cappa. De muy chico, entonces, empezó en el club Rivadavia, ubicado en la misma calle en la que vivía y estaba la peluquería. "Una vez ganamos 17-0 y el técnico nos dijo: 'Fuimos un desastre, ganamos porque los otros eran muy malos'. Yo no entendía nada, pero esas cosas te marcan", agrega sobre esa etapa previa a Villa Mitre que claramente lo marcó. Y enseguida completa: "Supongo que era bueno, porque a los 11 años me llamaron para una prueba y quedé. Eso fue lo máximo. Creo que en realidad era un gran jugador, jajaja. Obviamente, para el medio que jugaba, que era Bahía Blanca. Hay que aclararlo porque sino confunde...".

"Es verdad que era bastante buen jugador, pero cascarudo, de mal carácter y medio áspero. Era un lateral como Pernía, más o menos", lo describe René Scavarda, rival en la época de jugador y consejero de Villa Mitre desde 1986. Y su amigo y compañero de Inferiores, Titi Santanafessa, explica: "Sus comienzos fueron de 5 pero después, en Primera, jugó también de marcador de punta. Era muy buen jugador. De mucha garra. No tan técnico, pero era inteligente y veía muy bien el juego. Y es verdad que se quejaba de todo. Renegaba cuando le tocaba jugar con frío o viento, decía que esos días no se tenía que jugar al fútbol. Y cuando un defensor la tiraba para arriba, se paraba, miraba el cielo y, como el aeropuerto de Bahía queda cerca de nuestra cancha, le gritaba: 'Vas a voltear un avión...'. Y cuando se enojaba mucho, le gritaba a Dios".

Siempre a la par del colegio, porque su familia se lo exigía, primero en la escuela N° 16 y luego en la Juan XXIII, el Negro integró una camada de jugadores de Villa Mitre que no paraba de ganar campeonatos en Inferiores y muy joven para esa época, con apenas 17 años, llegó a Primera. "¿Un tipo de hoy que se parezca a Angel Cappa como jugador? Debiera buscarlo en Bahía, para no irme de contexto, pero... ¿Vieron a Redondo? Bueno, yo nada que ver", dice el propio técnico de Huracán, quien asegura que "le pegaba mal a la pelota y odiaba correr".

Así y todo, a pesar de las limitaciones que decía tener, en el nivel local le alcanzó para llegar a la selección de la Liga del Sur. Pero fue ahí, jugando para ese combinado, que tomó consciencia de cuál era su techo. "Siempre jugábamos contra equipos de Primera. Esa vez fue contra el River de Amadeo, Matosas y Ermindo Onega. Y recuerdo que se armó un planteo muy defensivo y yo no estaba muy de acuerdo. Pero en una contra me fui, quedé mano a mano con Carrizo y crucé el remate pero me lo tapó con las piernas. Ahí me di cuenta de que tendría que haberle amagado, y eso me quedó para siempre. Primero, comprobé cuál era mi techo: el nivel provincial, lo demás me quedaba grande. Y después, esa jugada es una norma que tengo para mis jugadores: delante del arquero, siempre hay que amagar".

Sus virtudes, igualmente, lo llevaron de Villa Mitre a Olimpo y ahí llegó a jugar dos partidos del Promocional de 1967, por el ascenso a Primera. "Fue como una traición, pasé del club de barrio al de los cajetillas. Creo que lo hice por ambición de jugar en un equipo que me ofrecía la posibilidad del Nacional B, de salir campeón. Yo diría que fue por ambición, sí", cuenta sobre su transferencia. Y completa: "Jugué de los 17 a los 27, cuando me lesioné los meniscos, y eso me vino bien para decir que no llegué más arriba por ese problema de la rodilla... Me tenía que operar pero no quise, porque era difícil que llegara a la Selección Argentina, ja. Y me retiré".

Con el retiro, se volcó de lleno al estudio (filosofía y psicopedagogía), condujo el informativo del canal 9 de Bahía que iba en el horario central de 21 a 22 y, como militaba políticamente, se dejó crecer el bigote. "No recuerdo cuándo me dejé crecer los bigotes. Tal vez cuando me retiré. O antes, y los afeitaba para salir a jugar, por eso no los tengo en esas fotos. Pero no sé en realidad. Creo que nací con bigotes", se ríe, aunque por esa militancia, durante la dictadura militar, tuvo que exiliarse en Europa. Trabajó en una mueblería, fue contador y repartidor. También hacía una revista llamada Correo Argentino desde la que proponían hacerle un boicot al Mundial 78. "Después, igual, nos juntábamos y gritábamos los goles como locos", recuerda.

Ese exilio en España, sin embargo, le sirvió para ser quién es hoy. En 1980, César Luis Menotti necesitaba alguien que le siguiera a los argentinos en Europa y a través de Cayetano Rodríguez, a quien él conocía de Bahía, lo contactó y se lo propuso. Fue el comienzo de una ligazón, de una comunión de ideales que nunca más se rompió. Y que hoy se ven reflejadas en este Huracán.

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