Capítulos con alto rating en el culebrón de nuestra política

Julio Blanck.

La política, en el fluir de sus acontecimientos, bien puede asimilarse a una novela por entregas. Como en toda historia, lo que ocurre hoy tiene secuencia lógica y relación de causa y consecuencia con lo que ocurrió ayer y lo que sucederá mañana. Los personajes se mantienen en la trama a veces más tiempo que el deseable, la matriz de las conductas se repite y los estereotipos ayudan a definir con trazo grueso el entendimiento colectivo.

Pero cuando abundan los grotescos, el libreto se exaspera y se busca el efecto fácil sobre la platea, de la novela por entregas pasamos a la telenovela de la tarde (en el mejor de los casos), el culebrón grandilocuente y lacrimoso, y hasta el novelón escatológico. De esto, esta semana que pasó, hemos tenido bastante.

Hubo escatología explícita en Emilio Pérsico, piquetero K, líder del populoso Movimento Evita y funcionario del ministerio que comanda Alicia Kirchner, cuando amenazó, de cara a las elecciones: "si no tenemos apoyo popular entregaremos el Gobierno", como si la decisión popular, que eligió a este gobierno por cuatro años, se pudiese ignorar de acuerdo al humor o el capricho de los funcionarios que están de turno.

Y fue una típica escena de culebrón lacrimoso el llanto de Elisa Carrió ante las cámaras, cuando se conmovió tan oportunamente por las tragedias cotidianas de la inseguridad, generando una imagen ideal para ser televisada y ganarse un lugar en el tumultuoso recuerdo mediático colectivo al final del día.

Carrió, que maneja con maestría los tonos dramáticos, apeló a sus mejores artes al hacer público su pedido a Gabriela Michetti para evitar un choque directo entre ellas en la próxima elección. Además de las razones políticas y la profunda comunión espiritual entre ellas, la petición calza a la medida de un principio básico de los novelones: las buenas no tienen que pelear entre sí. Carrió le dijo a Michetti: "No caigamos en la trampa de Kirchner, Macri y Duhalde". Es, según su visión, el cuadro de honor en la liga mayor de villanos. Claro que, en política, Michetti y Macri son familia. La situación enredada asegura un par de puntos más de rating.

Y como en toda familia de telenovela que se precie, apareció Mauricio Macri en el papel del hermano mayor un poco fastidiado por sus obligaciones, que reprende pero tolera las travesuras y peleas de los menores, en este caso Francisco De Narváez y Felipe Solá, hermanados en la conveniencia, que fuerzan la sonrisa cuando aparecen en público y dicen cosas horribles el uno del otro en privado. En esa misma familia podemos incluir a Chiche Duhalde, como la infaltable tía un tanto cascarrabias, que acompaña a los chicos en sus aventuras, cambiando de opinión si es necesario, aventurándose ella misma en zonas de moderado batifondo.

El diputado cordobés Jorge Montoya, peronista disidente, se quedó en el reparto con el papel de guapo arrabalero y mal entrazado cuando se acercó en pleno recinto, en uno de los debates de estos días, a su colega Patricia Bullrich y la roció con insultos y pullas variadas, gesto muy poco caballeresco y del todo incivilizado.

Un poco atolondrado, inocente en apariencia, simple y hasta querible para muchos que lo conocen de lejos, Alfredo De Angeli volvió a componer esta semana el personaje que mejor le sale. Listo para sumarse a cualquier barullo -y de paso complicarle la vida a sus compañeros más moderados de la Federación Agraria- el entrerriano corrió a sus pagos para liderar los cortes de ruta en respuesta a las últimas decisiones del Gobierno. Repite el mismo sketch desde hace un año y todavía tiene público que lo aplaude.

Pero los grandes protagonistas en el último capítulo de nuestro culebrón político fueron otra vez ellos, Cristina y Néstor. Magníficos en su papel de pretendidos protagonistas de una epopeya eterna. Perfeccionados en el oficio de polarizar a la audiencia, arengando a los propios como si a cada minuto se librase la batalla final y remachando el estigma sobre la piel de su amplio universo de enemigos.

Ella, nuestra Presidenta, en un momento decidió dejar de reprendernos y se puso en víctima: "Cuantas más piedras me pongan en el camino, más fuerza me van a dar", advirtió, heroica.

El, que es presidente también (del PJ), habló con fervor de los que "se quieren quedar con todo, se oponen a todo y nos boicotean cada día".

Sin ellos, que reciben tanta intolerancia y exasperación como la que generan, esta telenovela no tendría una pizca de gracia. Como si todo transcurriera en un país normal.

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