El capitalismo, la democracia y la integridad

Por Mariano Grondona

La gigantesca "bicicleta" urdida por el inversor Bernard Madoff, que desembocó en el procesamiento criminal de su autor, llamó la atención por su incomparable magnitud (50.000 millones de dólares), pero sólo vino a confirmar la seguidilla de quiebras, malversaciones y escándalos de toda índole que han acompañado la actual crisis financiera internacional.

Desde la desmesura de los préstamos hipotecarios hasta la infinita sofisticación de los "derivados" que sólo existían en las alucinantes computadoras de sus creadores, hemos asistido a la formación de una ola colosal de irresponsabilidad, de la cual han participado centenares y miles de grandes o pequeños "Madoff", al lado del descuido o la complicidad de las autoridades. Por eso es que, sobre todo sus enemigos, ahora hablan muy sueltos de cuerpo del "fin del capitalismo".

Hoy pareciera una humorada recordar que el capitalismo nació como un movimiento religioso . Esta fue, sin embargo, la tesis casi universalmente aceptada del sociólogo alemán Max Weber en su libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo . Según Weber, hacia los siglos XVI y XVII, cuando irrumpió el capitalismo, los europeos estaban todavía imbuidos de un espíritu religioso. Lo cual quiere decir que todavía les importaba, más que esta vida, la otra, es decir, la salvación. La manera tradicional de alcanzarla era un tipo de religiosidad que Weber llamó publicana , en recuerdo de la oración del publicano en el Evangelio, que, reconociéndose pecador, todo lo esperaba de la misericordia de Dios. Por eso para esta tradición, que imperaba en el catolicismo, el éxito en esta vida era peligroso para la otra vida, por alimentar la soberbia. De ahí la advertencia evangélica según la cual es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos.

Pero el puritanismo protestante, particularmente Calvino, quitó todo valor a la tradicional "tecnología católica" de la salvación, con su confesión, sus santos y sus escapularios, al afirmar que la salvación y la condenación eterna de las almas dependían exclusivamente de una decisión inescrutable del Creador. Esta tesis generó una intensa angustia entre los fieles puritanos, que acudieron en masa a sus pastores para que los consolaran. Estos les dijeron entonces que, si bien estaban privados de la tranquilidad que otorgaba a los católicos la confesión, podían deducir que habían sido elegidos para la salvación eterna por el éxito que alcanzaran en esta vida.

A este nuevo tipo de religiosidad, Weber la llamó farisea , en recuerdo de la oración del fariseo en el Evangelio cuando, por oposición al publicano, se jactó de su perfección delante de Dios. Al introducir esta interpretación allí donde predominaban, la Europa del Norte y los Estados Unidos, los pastores puritanos precipitaron una revolución no sólo religiosa, sino también económica mediante la cual consagraron el éxito en esta vida como una premisa de la salvación. De ahí en más, los habitantes del mundo moderno pudieron buscar el enriquecimiento con un fervor casi religioso, porque en él les iba la salvación aunque, eso sí, la nueva vía no serviría sino en línea recta, sin trampas, con integridad, porque Dios mira en el interior de las conciencias. Con el tiempo, también los católicos y los no católicos seguirían esta vía, so pena de quedar excluidos de la fabulosa prosperidad que anunciaba el capitalismo.

Cimientos

A la vista de lo que hoy sucede en la vorágine de los mercados, no es que estemos asistiendo entonces al fin del capitalismo como tal, sino a un olvido peligroso de sus cimientos morales. El respeto de la palabra empeñada, la santidad de los contratos, el valor del ahorro frente al gasto, la renuncia a la ganancia instantánea en vez del esfuerzo y del trabajo, ese imperativo moral que cultivaron nuestros abuelos cuando bajaban de los barcos, esto es lo que hoy corre peligro. La receta no tendría que ser entonces abandonar el capitalismo como un barco que se hunde sino, al contrario, volver a sus fuentes, rescatar la ética "victoriana" de nuestros mayores. Por otra parte, ¿son acaso los Madoff de hoy una mayoría o una minoría aprovechada? ¿No son millones los que sueñan todavía en un mundo donde no imperen la mentira y el engaño, sino la fundada confianza en la rectitud del otro?

Aunque no nos queda mucho espacio, podríamos deslizar todavía algunas líneas en defensa del otro gran componente moral de nuestro mundo, la democracia . También ella proviene de una ética exigente nacida de una tradición más antigua aún que el capitalismo: la ética del ciudadano que Pericles exaltó hace más de dos mil años en su elogio fúnebre de los primeros caídos en la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Si de un lado tenemos entonces al productor honrado, al trabajador empeñoso, al poseído por una sana ética del progreso económico, del otro tenemos al dirigente político o social que busca el bien común y al ciudadano que así se lo exige. En esta otra gran tradición figuran nombres maravillosos como los de Platón, Aristóteles, Locke, Rousseau, Montesquieu, Moreno y Alberdi.

De alguna manera, la gran tradición democrática viene de ser exaltada otra vez con el largo y ejemplar proceso que resultó en la elección de Barack Obama. Gracias a ella, mucha gente ha vuelto a confiar en la democracia. Pero, así como el verdadero capitalismo ha sido defraudado por los Madoff de hoy, ¿qué podría decirse de las democracias contaminadas como la nuestra, afectadas como están por la "corrupción desenfrenada", que denunció anteayer Marcos Aguinis en LA NACION?

Integridad

Al mundo que habitamos no le sobra por lo visto ni el capitalismo ni la democracia, sino que le falta la condición básica de ambos: la integridad . La palabra "integridad" es aquí insustituible porque está vinculada al latín tangere , que significa "tocar". La persona "íntegra" lo es, entonces, porque no está "tocada" por la contaminación, porque está "intacta", "entera". Lo cual quiere decir, en última instancia, que su escala de valores no ha sido alterada. Al tope de esta escala de valores figuran, en las épocas de apogeo, el patriotismo en lo político y el trabajo en lo económico. La verdadera democracia y el verdadero capitalismo. Cuando estos valores desfallecen, dejan un vacío que ocupa el dinero. Pero no el dinero como instrumento útil de intercambio y de acumulación, sino como usurpador de la cima de una escala de valores. El dinero como ídolo .

Ya lo reconocía Quevedo en su famosa letrilla: "Poderoso caballero es don Dinero / Madre, yo al oro me humillo; / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado, / de continuo anda amarillo". El gran columnista Walter Lippmann se preguntaba entonces, a propósito de la corrupción política, ¿por qué razón una persona a la que no la habitan ideales habría de dedicarse a la política si no esperase de ella mayores ingresos de los que podría depararle la actividad privada? Y a propósito de la corrupción económica, podríamos agregar, ¿por qué razón una persona a la que no la habita una vocación por el trabajo habría de dedicarse a la especulación si no esperase de ella mayores ingresos de los que podría esperar de su vocación? Ambas preguntas concurren a una misma conclusión: tanto en la política como en la economía, cuando al tope de la escala de valores se instala el dinero, ya sea bajo la forma de una "caja" dominante o de una ganancia especulativa, lo que sobreviene no es la democracia ni el capitalismo, sino sus máscaras grotescas en un impiadoso carnaval.

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