Caos y muerte en la frustrada vuelta de Zelaya a Honduras

En un episodio novelesco y dramático, su avión no fue autorizado a aterrizar; reprimieron a sus seguidores en el aeropuerto; murió un joven; Cristina Kirchner, en El Salvador
TEGUCIGALPA.? Honduras es un país extraño, indescifrable, donde la tragedia y la comedia conviven estrechamente sin que uno acierte a precisar sus fronteras. Mientras en una esquina del aeropuerto de Toncontín, en Tegucigalpa, la policía charlaba ayer amigablemente con grupos de seguidores de Manuel Zelaya, en el lado opuesto, francotiradores del ejército disparaban contra la multitud, con un saldo de al menos un muerto y varios heridos. Al mismo tiempo, en el cielo, el presidente derrocado sobrevolaba la zona en su avión sin poder aterrizar, tras la negativa del gobierno de facto de Roberto Micheletti al regreso del mandatario al país.

"Llevamos un muerto, llevamos un muerto, apártense, rápido?". El joven Isis Obed Murillo, de 19 años, conducido en andas por varios compañeros, iba perdiendo parte de su masa encefálica por el asfalto de la avenida del aeropuerto, dejando varios charcos de sangre. La Nacion fue testigo de la dramática escena. El joven todavía conservaba el pulso al llegar al camión que lo sacó de la zona. Un francotirador del ejército le había acertado en la cabeza. Moriría poco después.

La estrategia se cumplió al pie de la letra: en el aeropuerto de Toncontín debía haber sangre. Y la hubo. La responsabilidad de los hechos se atribuiría después a Zelaya.

La segunda parte del guión consistía en prohibir a toda costa el aterrizaje de Zelaya. Tras sobrevolar el aeropuerto unos minutos, el avión del presidente (que mientras tanto formulaba declaraciones desde la cabina), un jet de matrícula venezolana, dejó la zona al ver la pista bloqueada por vehículos militares y cientos de soldados.

Después del fiasco, Zelaya se dirigió a Managua. Su avión había partido horas antes de Washington, donde el mandatario había asistido a la sesión de la OEA que aprobó la suspensión de Honduras de la organización. "Un Estado de facto nadie lo va a aceptar; estos criminales deben salir rápidamente", declaró Zelaya desde su avión a la cadena Telesur.

"Van a ser procesados en todos los círculos de instancias internacionales [?] Porque quiero hacer cambios dan un golpe, y ahora asesinan a la gente más inocente", dijo Zelaya, enterado ya de la represión del ejército hacia sus seguidores.

El presidente reveló que los golpistas habían transmitido a la tripulación de la aeronave, también venezolana, que el vuelo podría ser interceptado por la fuerza aérea hondureña. Junto a Zelaya viajaba el presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el nicaragüense Miguel D?Escoto, por lo que se decidió desviar el avión hacia Managua antes de volar a El Salvador, donde anoche lo recibieron varios presidentes de la región, entre ellos Cristina Kirchner (ver aparte).

"Hacemos lo imposible, si tuviera un paracaídas me largaría acá mismo, pero hay orden de la tripulación de no aterrizar con obstáculos en la pista porque pueden provocar un accidente con el avión. Por eso deberemos buscar otro rumbo", explicó Zelaya desde la nave, que sobrevoló el aeropuerto en dos ocasiones antes de perderse de vista. Además de Zelaya y D?Escoto, viajaban la canciller hondureña, Patricia Rodas; el ex embajador de Honduras ante la OEA Carlos Sosa; dos periodistas, y un guardaespaldas.

En los alrededores del aeropuerto se habían concentrado desde el mediodía varios miles de seguidores de Zelaya para recibirlo e impedir que fuera detenido y enviado a prisión.

Las columnas zelayistas marcharon una vez más desde el centro de la ciudad y a un kilómetro de la entrada principal del aeropuerto se toparon con el cordón policial y militar. Allí entonaron el himno nacional y pidieron a la policía que se uniera a ellos. La presión de los manifestantes obligó a los mandos policiales a negociar con sus líderes. Se decidió dejarlos avanzar hasta la entrada si lo hacían pacíficamente.

El acuerdo provocó el entusiasmo de la multitud. Los contingentes de la fuerza pública se fueron replegando y los manifestantes ganaron la entrada del aeropuerto. Desde la megafonía de los zelayistas se pidió entonces un insólito "aplauso para la policía" por ser "parte del pueblo".

Pero las horas transcurrían y Zelaya no llegaba. Dentro de la terminal, adonde los manifestantes no podían ingresar, las caras de los policiales y militares no eran tan amistosas. Este enviado ingresó en la pista acompañado del subjefe de la Interpol hondureña, Frank Morris, quien tenía en su poder la orden de la Corte Suprema para la captura de Zelaya por cuatro delitos, entre ellos los de traición a la patria y abuso de poder. Una captura que nunca se consumaría.

Turistas en shorts

En la pista reinaba la calma horas antes del tiroteo. Un avión de la compañía Copa (ayer sólo partieron dos vuelos regulares de pasajeros) despegó a las 15, y pocos minutos después tocaba tierra una pequeña avioneta con turistas.

"Venimos de Roatán", comentó uno de ellos sonriente, en shorts y chancletas. A unos metros, en las azoteas de los edificios del aeropuerto y otros colindantes, varios francotiradores con sofisticados visores controlaban todos los movimientos de los manifestantes.

La tarde transcurría sin incidentes graves. Los restaurantes de comida rápida, que habían cerrado sus puertas por miedo a los posibles disturbios, las reabrieron al ver a los zelayistas con cara de comerse una hamburguesa o un pancho. Compitiendo con esos negocios, los vendedores ambulantes ofrecían helados y agua en un ambiente que más bien se parecía a una acampada lúdica. Tan festiva que a la sombra de los árboles policías cansados se sentaron a tomar algo mientras intercambiaban bromas con las zelayistas más lozanas.

Pero la fiesta acabó en tragedia. Los manifestantes más enfurecidos se habían concentrado en el sector más vulnerable del aeropuerto, donde sólo unas vallas con alambre de púa separan las pistas de la calle.

A las vallas se encaramaron los más audaces. Los soldados que protegían la pista respondieron con gases lacrimógenos. Y una lluvia de piedras cayó sobre ellos. Fue entonces cuando los francotiradores del ejército abrieron fuego y mataron al joven Isis. Por lo menos una decena de manifestantes resultaron heridos por los gases lacrimógenos.

"Vamos a acabar con ellos, son unos asesinos, quieren una guerra civil y la van a tener", gritaba Christian, enardecido, mientras mostraba unos casquillos de bala supuestamente procedentes de los fusiles del ejército.

Mientras anunciaba su disposición a dialogar con la OEA sobre la crisis, sin que esto incluyera la vuelta de Zelaya, el gobierno de facto intentaba controlar la situación extendiendo el toque de queda nocturno que rige desde que se perpetró el golpe de Estado, hace ocho días. Ayer fue decretado desde las 18.30, en lugar de las 22.

Nadie sabe qué pasará hoy cuando los zelayistas vuelvan a las calles. "La próxima vez, saldremos con armas", advirtió Francisco, junto a un charco de sangre rodeado por un cerco de piedras.

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