Canje de la deuda: una vía forzosa y cara para salir a buscar créditos

Por: Alcadio Oña

Parece, seguro, un objetivo de máxima. Pero según información que manejan bancos de primera línea, en el Gobierno estarían tentados con salir a buscar créditos por 5.000 millones de dólares en el primer semestre de 2010.

Parece, seguro, un objetivo de máxima. Pero según información que manejan bancos de primera línea, en el Gobierno estarían tentados con salir a buscar créditos por 5.000 millones de dólares en el primer semestre de 2010.

Una cifra semejante aliviaría los pagos de la deuda y liberaría recursos que pueden ser aplicados a inversiones públicas o, redondamente, a mejorar el estado de la caja. El riesgo es subirse de nuevo a la montaña rusa del endeudamiento.

Amado Boudou ha dicho que las necesidades financieras del año próximo no pasan de 3.000 millones de dólares. Es, en principio, un monto mucho menor al que calculan varios especialistas. Y muy probablemente tiene incorporado un uso intensivo de los fondos de la ANSeS, de las utilidades del Banco Central y los depósitos oficiales en el Nación.

Según proyecciones de economistas que han pasado por este mismo gobierno, las necesidades reales estarían más cerca o incluso arriba de US$ 6.000 millones. Otros, en el orden de los 5.000 millones. Todos ponen en la cuenta del gasto los 14.000 millones de pesos largos que le saldrán a la ANSeS el plan hijos y el aumento de las asignaciones familiares.

Tal vez el costo fiscal del paquete sea inferior a esos 14.000 millones, pues de hecho el sistema previsional ya bancaba algunos de los programas sociales que ahora serán absorbidos por el plan hijos. Pero, ciertamente, la caja de la ANSeS no lucirá tan holgada como para seguir sacándole plata todo el tiempo.

El sistema previsional ya le prestó US$ 24.416 millones al Estado, de acuerdo con un informe de la consultora ACM. Y el Banco Central, 23.769 millones. Entre ambos acumulan el 35,7 % de la deuda pública total: una prueba de la ausencia de otras fuentes de crédito y del modo como se exprime a los organismos oficiales.

Por lo demás, la magnitud y la tasa del financiamiento que el Gobierno irá a buscar dependerán del resultado que arroje el canje con los bonistas. Esto es: a mayor adhesión, mejores posibilidades de conseguir fondos a precios inferiores al actual. Si la Argentina volviera hoy al mercado debería pagar no menos del 13% anual en dólares.

Aun cuando no lo admita, porque si no resulta así será leído como un fracaso, Boudou apuesta a un grado de adhesión no menor al 70%. Más cerca del óptimo, un 75%. El mismo jueguito que Roberto Lavagna hizo con el canje de 2005.

Como es obvio, todo dependerá de la oferta. Mejoraría mucho si incluye una unidad atada al PBI, tal cual hubo en 2005 y luego se reveló costosa. Así, el paquete completo podría arrojar una quita menor a la del primer canje, por más que el discurso oficial vaya a decir otra cosa.

Atado a la propuesta y al grado de aceptación va el pago cash que aportarán los bancos. Ya está previsto que equivaldrá al 10% de la operación: 1.500 millones de dólares si se reúne una masa del 75%. De todos modos, será un bono que se cargará a la deuda pública.

Afirmar, como hace Boudou, que los bancos no cobrarán comisión es parecido a decir que trabajarán gratis. O a pensar que todavía es posible vender espejitos de colores.

En los hechos, las entidades percibirán un muy atractivo 0,5% del monto final. Se lo cobrarán a los bonistas y éstos lo recuperarán de la oferta. Finalmente, la plata saldrá del Estado y representará una comisión mayor a la del canje de 2005.

El ministro de Economía ha dicho que, cerrada la movida, el Gobierno podrá lograr créditos a tasas de un dígito. Sin embargo, una cosa es validar la salida de este default y otra, conseguir dinero a menos del 10%.

Hasta en círculos afines a Boudou hablan de un 10%, desde luego en dólares. En un mundo lleno de liquidez, sobran las ofertas, pero una tasa así es sin vueltas cara; al menos contrastada con el 5,8% que paga Brasil o el 6,9% de Chile.

Hay quienes se entusiasman con un costo algo menor, si Néstor Kirchner aceptara que el Fondo Monetario revise las cuentas públicas. Dicen: "Sería otra señal, equivalente a trazar un sendero más claro en la relación con el mundo".

Otros le bajan el precio al monitoreo. Dicen: "El FMI va a cuestionar las estadísticas del INDEC, los subsidios y el deterioro fiscal. Eso que todo el mundo sabe y ya está descontado en cualquier operación financiera del Estado".

El del Fondo sería un análisis de rutina, igual al que hace con cualquier país afiliado. No habrá un acuerdo en juego, ni plata, ni condicionamientos. El problema es que Kirchner ha puesto la disputa con el FMI en un punto tan alto que cualquier cosa será observada como un retroceso.

"Pero si no hay ninguna negociación y nada se negocia en un monitoreo", dicen algunos funcionarios. Verdad a medias: se sondea, justamente, qué diría el Fondo en su evaluación.

Kirchner teme que en el organismo le pasen la factura por todo lo que él dijo y construyó estos años. Y llegado el caso, su gran aspiración es que el informe diga que la economía argentina es sustentable, una palabra mágica que podría agitar como si fuese una victoria propia.

Pero las mejores ambiciones chocan, hoy mismo, contra la dureza de dos países que pisan fuerte en el FMI y el Club de París: Alemania y Japón. Ni bueno ni malo, rigor con el kirchnerismo.

Comentá la nota