Candidaturas a puertas cerradas, síntoma de la democracia enferma

Por Julio Blanck.

Ya está. Se cerraron las listas y ahora sabemos quiénes van a ser los candidatos de cada partido, de cada alianza, y vamos a entrar de lleno en la campaña electoral, aunque desde que en marzo Cristina anunció el adelantamiento para junio, casi todo ha sido pura campaña de parte del oficialismo y de la oposición.

Por encima de las sorpresas de última hora, lo que hemos visto, acentuado en esta semana del cierre de listas, es el espectáculo no por conocido menos sorprendente, y también algo decepcionante, del tironeo, la zancadilla, el apriete por el reparto de puestos en las listas, las promesas vanas, las bravatas y golpes en el pecho de los que después arreglan como mansos corderitos si les dan la candidatura que buscaban, o algo más o menos parecido.

Más que nunca los políticos se han estado hablando entre ellos, y para ellos, en estas últimas semanas. Salvo los radicales y los socialistas, que en algunos distritos llamaron a elecciones internas para elegir a sus candidatos, el resto definió las posiciones por el dedo del que manda, por la rosca interna y la conspiración fugaz.

Así actuaron, casi sin matices que los diferencien, desde el exasperado kirchnerismo al prolijito PRO, de la pomposa Coalición Cívica a lo viejo en envase nuevo del peronismo disidente, de la izquierda más alborotadora a la derecha más conservadora y liberal.

El armado de las listas ha sido, una vez más, un ejercicio introspectivo de las fuerzas políticas, hecho de espaldas a sus afiliados, simpatizantes y potenciales votantes, a quienes ni siquiera consultaron para ver qué oferta, en personas y propuestas, les parecían más adecuadas para poner a consideración del conjunto del electorado.

Los políticos suelen molestarse cuando se dice que las campañas que ellos protagonizan y pagan buscan venderlos como si fueran un producto, con énfasis casi absoluto en la propaganda y las recomendaciones del marketing. Pero lo que acaban de hacer ellos con el electorado no difiere demasiado de otras prácticas comerciales.

También ellos, en la soledad tumultuosa de los despachos oficiales o los búnkers de dirigentes, diseñaron las listas de candidatos como un producto indiscutible y autosuficiente, listo y empacado, que se pondrá desde hoy a consideración del público. El objetivo es capturar la porción mayoritaria del mercado en un solo día: el 28 de junio, fecha de la elección.

Es, por cierto, una réplica de lo que ha ocurrido con implacable repetición en los largos últimos tiempos. Una etapa de selección compuesta de conciliábulos para pocos, forcejeos privados a la vista de todos, alguna declaración altisonante, alguna demostración de fuerza callejera o bajo techo. Y al final la oferta en paquete cerrado para que la gente, en la góndola de las candidaturas, elija la que más le gusta o menos le disgusta; que para el caso es lo mismo porque cada boleta electoral vale uno y el presidente de mesa, al llenar la planilla del escrutinio, no pregunta ni necesita explicarse la motivación de quien la metió en el sobre.

Desde ya, el público en libre ejercicio de su derecho y su deber es el que decide quién gana y quién pierde, quién gobierna y quién controla, quién crece hacia el futuro y quién se extingue sin remedio hacia el pasado. Pero se supone, ilusión invencible al fin, que la democracia requiere de partidos políticos y que los partidos son más que apenas un puñado de personas que resuelven por los demás porque tienen más dinero, más habilidad para acumular y manejar poder, más pericia mediática para asegurar puntos de rating a la fuerza que supieron crear a imagen y semejanza.

Esa confección de listas a puertas cerradas tiene que ver con este tiempo supuestamente moderno y seguramente pasteurizado, atiborrado de referentes, espacios y consultores. Pero los partidos políticos, todavía, y cada vez más hasta que alguien invente algo mejor, siguen siendo necesarios como continentes capaces de dar cauce a sectores, comunidades, aspiraciones, ideales, intereses y demandas diversas, y de articular esos fragmentos de universo social para que interpelen al poder e influyan en sus decisiones.

La prolongada convalescencia de los partidos, de las enfermedades que se supieron propinar y de las que les endilgaron para sacarlos del medio porque aun languideciendo son un estorbo para los que quieren decidir sin escuchar a otros, es un síntoma de la enfermedad crónica de nuestra democracia.

Una enfermedad que no se cura simplemente con elecciones, aunque en las próximas siete semanas no hablemos de otra cosa.

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