Los candidatos intermitentes que dejan huérfanos a sus votantes

Por Ana Gerschenson

En la Argentina hay candidatos intermitentes, sobre todo presidenciales. Están en una elección y en la siguiente se esfuman. Son políticos de utilería, que muestran su vocación para el liderazgo, prometen proyectos de largo plazo, despliegan políticas elaboradas para todos los temas y después, cuando pierden, dejan huérfanos a sus votantes.

Lo hizo José Octavio Bordón en 1995, cuando junto a Carlos Chacho Álvarez, recibió el apoyo de 4.993.360 argentinos en los comicios en los que enfrentó a Carlos Menem. El Frepaso, la agrupación gestada por los dos dirigentes peronistas, se desintegró rápidamente, en medio de internas y peleas que salieron a la luz cuando hubo que pensar hacia adelante.

Un año después de los casi 5 millones de votos, Bordón renunció a su banca en el Senado y abandonó PAIS, su propio partido.

El 27 de abril Ricardo López Murphy quedó tercero en la elección presidencial. Con más de 3 millones de votos contantes y sonantes prometía ser el nuevo líder de un espectro de centro moderno y republicano. Bastaron dos años de idas y vueltas, de ser un candidato PRO Macri a convertirse en un político ANTI Macri para que los 3 millones de adhesiones no volvieran a acompañarlo más. Hoy, el ‘bulldog’ de la política argentina no tiene ni partido propio.

Elisa Carrió estuvo tentada a hacer lo mismo en el 2007. Había perdido la elección en manos de Cristina Kirchner. La líder de la Coalición Cívica se mostró decepcionada en la puerta de su departamento el día posterior a los comicios. Quizás aquel sentimiento la llevó a decirle a los 4.191.300 ciudadanos que la habían elegido que ya no se presentaría en una elección para ser jefa de Estado. Fue una declaración en caliente, que hoy quedó olvidada ante el rearmado de la oposición en tiempos complejos para los Kirchner y el kirchnerismo.

El último caso de liderazgos de cartón fue el de Roberto Lavagna, el primer candidato presidencial peronista apoyado por la estructura del radicalismo. El ex ministro juró durante la campaña electoral que esa alianza, a la que bautizaron UNA (Una Nación Avanzada) contaba con sólidos programas de gobierno. Todos a largo plazo.

Roberto Lavagna obtuvo 3.290.320 votos en la elección presidencial del 2007, el tercer lugar, luego de Cristina Kirchner y Carrió.

Demasiado poco para sus aspiraciones, por lo que al día siguiente de los comicios dejó de contestar el teléfono de sus socios radicales. Tres meses después, el entonces opositor Lavagna se sacó una foto en la puerta de la Quinta de Olivos para sellar un acuerdo con Kirchner que pocos entendieron.

Y quienes lo votaron deberán volver a pensar en otro candidato.

¿Elegirán estos 3.290.320 argentinos a Lilita y su proyecto en el cuarto oscuro del 2009? Porque ahora es Carrió la gran aliada del radicalismo.

Difícilmente se trasladen los sufragios automáticamente de uno a otro. Por lo pronto son votos opositores, y entonces toda agrupación no kirchnerista deberá desplegar una estrategia de conquista por aquel electorado que contempla azorado como algunos dirigentes hablan de programas de gobierno que se desarman como la escenografía terminada de una obra de teatro.

Los candidatos de utilería llegan, montan su acto y luego se van sin demasiadas explicaciones. Hoy las grandes incógnitas pasan por si Julio Cobos, el nuevo actor con ambiciones nacionales, está sentado en una butaca de la realidad o es parte de elenco de los dirigentes efímeros. O si la alianza entre Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá va en camino de convertirse en una coalición alternativa de gobierno o termina también en un efecto político pasajero. Interrogantes que sólo responderán las elecciones por venir.

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