Campañas políticas: entre el respeto por la gente y la batalla campal

Mientras en Río Gallegos aún tenemos en paredones, edificios y calles de la ciudad, despojos de la propaganda política de las elecciones de 2003, 2007 y la última del 28 de junio de este año, Punta Arenas (Chile) vivió inmersa en una campaña política durante varios meses, pero si alguien no le explica al viajero que allí hubo propaganda callejera y una fuerte disputa preeleccionaria, nadie se da cuenta.
Las campañas políticas en nuestro país son caóticas, sucias, intrusivas, arbitrarias, invasivas y anárquicas. Río Gallegos parece una ciudad empapelada, encintada y luce tapada de todo tipo de cartelería fija, aérea, pintada en cuanto paredón existe, sin importarle a nadie si es propiedad privada o pública, sin interesarle si el frentista pintó su casa con mucho o poco esfuerzo.

El día después de las elecciones nuestra ciudad se muestra desvastada, como si un enorme huracán de papel, bolsas pintadas, pasacalles desilachados y mugre hubiera pasado en pocas horas enrareciendo el paisaje urbano con colgajos arrancados por el viento, carteles de candidatos pintarrajeados por la oposición política, otros semiarrancados de las paredes, carteles de madera pendiendo peligrosamente de las columnas de alumbrado, veredas escritas con aerosol y cientos de gigantografías aferradas con adhesivo plástico a paredones, verjas y cuanto lugar libre haya en los barrios de la capital.

Meses y hasta años después, cualquiera puede encontrar todavía los rezagos de viejas campañas políticas que nos la recuerda un Kirchner sonriente y descolorido desde una fotografía de papel sólidamente pegada a un paredón que nos recuerda que el 2003 no está tan lejos o podemos ver aún retazos de los peligrosos pasacalles que los fuertes vientos agitan hasta romper y que han ocasionado tantos accidentes lamentables en la ciudad con rotura de vehículos y daño a los transeúnte. Cualquiera que afine su observación por alguna de las avenidas capitalinas, va a poder ver todavía semiderruídos y maltratado por los vientos, pendientes de un alambre, carteles del FPVS o de la UCR que promocionan candidatos ya pasados de moda, desde la altura inalcansable de los postes de alumbrado público.

Contrastación

Hace una semana atrás, pocas horas antes que se fijara la veda política en Chile con motivo de las elecciones presidenciales, tuvimos la oportunidad de viajar a Punta Arenas y nos llamó poderosamente la atención la forma en que los partidos políticos hacen proselitismo "limpio" en aquella ciudad.

Absolutamente todos los candidatos que se ofrecían a los votantes, sonreían desde brillantes gigantografías pulcramente encuadrada en bastidores de madera o metal y éstos a su vez fijado a suelo con anclajes para resistir los vientos de la zona y solo se los podía encontrar en los espacios verdes que tienen las avenidas, coronados de banderas y estandartes multicolores, globos y anuncios de todo tipo, pero de ninguna manera uno de esos carteles pendía de un árbol, cruzaba la calle atados a los postes de luz o lucía pegoteado en la pared de algún vecino.

Nos llamó la atención y sin poder abandonar la actividad periodística, comenzamos a indagar en pleno centro de Punta Arenas, hablamos con comerciantes y hasta con los propios militantes de uno de los partidos políticos que se aprestaban a instalar un equipo de sonido para disparar las consignas de su candidato al público que por allí pasaba.

"Aquí las campañas políticas no se puede hacer fuera de los espacios permitidos– nos dijo la propietaria de una sedería céntrica de Punta Arenas – cualquiera que ponga un cartel o pegue un folleto en una pared es multado y el partido político al que pertenece es sancionado por la comuna y la justicia electoral", nos señalaron, percibiendo nuestros interlocutores que nuestra cara demostraba algo de asombro.

"Cualquier cartel que un partido político desee colocar en la vía pública debe hacerlo sobre las avenidas en los espacios verdes y con toda la seguridad requerida para que con el viento no vuelen y produzcan lesiones en la gente o averías en los carros", detallaron.

Si uno de los carteles produce un daño, la fracción política que se vea allí representada se debe hacer cargo de las consecuencias que de ello se derive " los partidos pueden colocar afiches o carteles en paredes de propiedades privadas, siempre que el dueño los autorice por escrito y se haga el correspondiente permiso ante la comuna", nos explicaron.

También pudimos observar que alrededor de las 09:30hs un colectivo amarillo, perfectamente identificado, fue abordado en pleno centro, en un lugar previamente determinado, por un grupo de alrededor de 20 personas vestidas con camperas tipo rompe-viento de color amarillo y en la espalda con la inscripción de un candidato "la militancia que sale a trabajar en las campañas tienen que estar bien identificados y pueden trabajar en la vía pública si se puede determinar a simple vista quién es un peatón común y quién un encargado de la divulgación de la propaganda política", aseveraron.

"Cuando termina la campaña no puede haber ni un solo cartel en la vía pública porque la penalización que sufren los partidos es muy grave y les puede costar hasta impugnaciones del acto eleccionario", nos aclararon y agregaron "tampoco aquí son santos, en las noches se da que los de un partido rompen la cartelería del partido opositor, por eso en general y para evitar multas por suciedad o por carteles sueltos que hayan podido ser arrancados de su lugar, algunos candidatos dejan vigilancia para que controle la superviviencia de los afiches y las banderas", indicaron.

Nadie intenta proponer a la sociedad chilena como ejemplo de nada, pero convengamos que el orden conseguido en la ciudad de Punta Arenas, al menos en estos aspectos de convivencia básica, denota una preocupación social por la preservación de la tranquilidad y el respeto hacia el otro, conceptos que en nuestra ciudad no tenemos para nada arraigados.

Un mínimo orden producto del control efectivo y la correspondiente punición en caso de transgredir las normas, sin ninguna posibilidad de aplicar la viveza criolla para zafar de las situaciones difíciles por las que pasa un contraventor en el vecino país, a nosotros, los argentinos, nos parece una quimera, nos sorprende, nos limita y hasta diría que nos asusta.

Sin embargo este modelo de orden social en Chile da resultado. Los argentinos cubrimos los 60 kms de ruta que separan a Río Gallegos de Monte Aymond (paso internacional) a velocidades que oscilan entre los 130 y 170 kms/h; sin embargo ese mismo conductor, una vez que comenzó a transitar los 180 kms de asfalto que hay desde la frontera hasta Punta Arenas, por territorio chileno, reduce drásticamente su velocidad en viaje y rara vez supera los 100 Kms/h. Es que ese es el tope de velocidad permitida y en Chile y es común que en algún recoveco de la ruta los Carabineros realicen controles de velocidad con radares y cuando detectan una infracción el conductor pierde automáticamente el carnet de conducir que lo recupera recién cuando el Tribunal de Faltas se expida, previo pago de una multa que suele ser muy onerosa y de eso conocemos muchos los argentinos residentes en Santa Cruz por experiencias vividas con amigos y familiares.

¿Es mejor el chileno que el argentino? no, de ninguna manera; de hecho hemos observado en las rutas de nuestra provincia que automovilistas del vecino país suelen rebasarnos a velocidades superiores a 140 kms, lo cual significa que aquello que en Chile no hacen, algunos ciudadanos del vecino país lo hacen aquí, sabiendo de antemano que las reglas en este país son tan flexibles que nadie las cumple. ¿Es culpa de ellos?, no. Es culpa nuestra porque aquí todas las reglas se pueden romper sin consecuencias.

La cuestión no pasa por ser mejor o peor uno que el otro, todo transcurre por el orden social que imparten los gobiernos desde las políticas públicas, los controles que se ejercen para que las normas se cumplan y la educación que se consigue eliminando la viveza que nos caracteriza e impartiendo premios y castigos.

El ejemplo de la cartelería política no muestra que los chilenos sean mejores que nosotros, sino que hay un Estado presente, fiscalizador y comprometido con el bienestar de aquellos que no forman parte del circo electoral para que no se vean afectados y que una elección no cambie (ni arruine) la vida de nadie. Para eso hace falta que sea el propio Estado el que de el ejemplo en el cumplimiento de las leyes y en nuestro país es allí donde básicamente, encontramos el germen de los malos ejemplos que invariablemente se traducen en la sociedad. (Agencia OPI Santa Cruz)

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