En la campaña que viene, un polígrafo para cada candidato

Por Julio Blanck.

Esta es la campaña de Carlos Menem invitado a la comparsa desopilante de "Gran Cuñado", que satiriza a los políticos con los códigos bastos y brutales de este tiempo. Allí estuvo el Menem de verdad actuando como si fuera una caricatura, aunque la diferencia de a ratos escapó a la percepción.

Es la campaña de Luis Abelardo Patti lanzando su candidatura en un teatro de la calle Corrientes, de cuerpo ausente porque está preso por secuestros y homicidios durante la dictadura militar. El medio millar de seguidores del subcomisario de la mirada helada se conformó con escucharlo hablar por teléfono público, desde la cárcel.

La carrera electoral contiene también el silencio cómplice, cuando no la ambigüedad permisiva, de buena parte de la dirigencia agropecuaria sobre los hechos de violencia protagonizados -incluso con episodios de acción directa-- por activistas del ruralismo contra funcionarios y candidatos oficialistas.

Está el insostenible matrimonio por conveniencia entre Francisco De Narváez y Felipe Solá, que se cuelgan la sonrisa para la foto y se trituran en privado, uno tratando de esconderlo al otro porque su gurú le recomendó desperonizarse. Y allí van, vomitándose mutuamente sapos y culebras, zamarreando el acuerdo que no logra conducir Mauricio Macri.

Y están, por encima de todas las falsedades, las candidaturas testimoniales. Postulantes que serán votados para no ocupar esos cargos, en tributo a "fortalecer el modelo" a costa de debilitar sin pudor la institución democrática. El kirchnerismo ha hecho un festival obsceno de esas postulaciones. Pero sus opositores no perdieron ocasión de copiarles el mal ejemplo. Con lo que, de a ratos, han logrado el triste milagro de disimular un elefante en un salón de fiestas llenando el salón de elefantes.

Esto, sin contar la larga lista de parientes que van en las listas, los hijos y esposas, los hermanos y sobrinas, gente que va a ocupar la silla en nombre de otro que no puede dar la cara, o que tiene la asentadera puesta en otra silla mayor pero quiere asegurarse toda parcela de poder a su alcance.

Y están algunos señores de la Justicia metiéndose en el menjunje, avalando a unos aquí y objetando a otros allá, hablando de más y fallando de menos.

Como si esto fuera poco apareció una solicitada del Frente Justicialista para Victoria, nombre del kirchnerismo bonaerense, que cuestionó a los que cuestionan las candidaturas testimoniales. Recordaron que Fernando De la Rúa se había postulado para presidente siendo jefe de Gobierno porteño sin renunciar a ese cargo; y que en la elección pasada Jorge Macri, primo de Mauricio, fue al mismo tiempo candidato a vicegobernador de De Narváez y primero en la lista de diputados nacionales.

El remate del texto es notable: "tanto unos como otros tienen éticas, principios y argumentos varios, que los acomodan según les convenga, y no buscando la verdad sino utilizando cualquier recurso para deteriorar las instituciones". O sea que, antes de defender la improbable legitimidad de su maniobra actual, el oficialismo dice algo así como "qué nos critican tanto a nosotros si ustedes antes hicieron lo mismo".

Con todo, la solicitada kirchnerista incluye la palabra mágica: verdad. Esa que aparece poco y nada en la campaña.

Por lo tanto, no estaría mal que si no se llega a tiempo para esta, en la próxima ronda electoral se imponga a candidatos y dirigentes el uso del aparatito creado por Leonard Keeler.

Keeler era un estudiante de psicología de la Universidad de Stanford, que desde la década de 1920 desarrolló refinadas técnicas de interrogatorio. Trabajó después en el laboratorio de criminología de la Northwestern University. Allí completó su creación y la estrenó el 2 de febrero de 1935 al interrogar al sospechoso de un crimen.

El aparato en cuestión es el polígrafo, conocido también como detector de mentiras. Es un instumento de medición simultánea de parámetros físicos, que se alterarían cuando el interrogado miente. El polígrafo es capaz de imprimir o grabar esas variaciones. Y todavía hoy es usado por la policía y los servicios de inteligencia en casi un centenar de países, aunque la Justicia les restó veracidad a sus supuestas detecciones, considerando al aparatejo apenas como una manifestación de pseudociencia.

La aplicación del invento de Keeler no nos daría la seguridad científica de estar a salvo de estas falsedades de campaña que venimos soportando. Pero al menos, nos ahorraría algunas decepciones. Es lo que hay.

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