La campaña oculta demasiadas cosas.

Por: Eduardo van der Kooy.

La inflación, la caída económica, el dengue, están muy condicionados por el tiempo electoral. Kirchner no parece la mejor ayuda para Scioli en Buenos Aires. El despido de Montoya lo demuestra. Cada caso de inseguridad bonaerense detona conductas sociales inquietantes.

La estropeada política va cubriendo la realidad como si fuera una enorme mancha. Esa política, capaz de sorprender sólo en situaciones dolorosas, como fue la muerte de Raúl Alfonsín, campea en el gobierno de Cristina Fernández, domina los planes electorales de Néstor Kirchner, roza también a la oposición y termina intoxicando a la apurada campaña. Es el paisaje que se abre a los ojos de todos, ocho años después de la gran crisis y luego de seis años de vivir con una economía a pleno vapor.

Esa campaña le va sirviendo al Gobierno para encadenar una sucesión de simulaciones y postergar viejísimos problemas. El país parece resignado en este tiempo a aceptar las ficciones del INDEC. La resignación, en muchos casos, no tiene que ver con ninguna indolencia sino con el riesgo de otras acechanzas. En Buenos Aires, por ejemplo, el principal conflicto para el 70% de sus habitantes es la inseguridad. Las encuestas son, en ese aspecto, unánimes. Luego sobresalen la inquietud por la falta de trabajo, la educación, la corrupción y el tráfico de drogas. Recién allí aparece en la memoria colectiva el aumento de los precios.

Kirchner habló la semana pasada sin pudor de un supuesto repunte económico. El INDEC no distribuyó aún los datos de marzo, pero dos consultoras privadas informaron que existiría un proceso recesivo desde octubre del año pasado.

Existen datos oficiales más confiables que contradicen aquel optimismo del ex presidente. Los informes de la ANSeS en el Gran Buenos Aires indican un crecimiento diario vertiginoso de las prestaciones por desempleo. Los planes de asistencia social se triplicaron los últimos tres meses en Santa Fe.

Pero la verdad parece siempre una compañía incómoda para los Kirchner. ¿Cómo se explica, si no, el silencio del Gobierno, con excepción de Graciela Ocaña, por la epidemia del dengue? ¿Cómo se explica que, por un llamado telefónico desde Olivos, el jefe de senadores del PJ, Miguel Pichetto, haya decidido posponer la sanción del alerta epidemiológico que había sido convenido con la oposición?

El episodio sirvió para desnudar varias anomalías a la vez. La ministra de Salud había negociado aquel proyecto con senadores oficialistas y de la oposición. Incluso había viajado con ellos a Charata, Chaco, la zona más afectada por el dengue. El proyecto apuntaba a declarar el alerta epidemiológico y no la emergencia sanitaria. La emergencia ya rige para Chaco, Catamarca, Salta y Jujuy y le permite a la ministra utilizar créditos disponibles del Banco Mundial. El alerta escondía más que nada un sentido político.

¿Por qué razón, entonces, el retroceso? Porque Kirchner está desde hace meses obsesionado con la campaña y las elecciones. Porque en esa obsesión estaría arrastrando a la Presidenta. La gestión cotidiana permanece arrumbada. El matrimonio no tenía cabal conocimiento de aquel proyecto pergeñado en el Senado durante semanas entre el oficialismo y la oposición.

El ex presidente se habría exasperado cuando vio por televisión esa escena de armonía política. No podría haber ninguna armonía con la oposición en tiempos de campaña. Menos todavía cuando algunos opositores ligaron la epidemia con las condiciones de pobreza. El dengue no es una enfermedad de la pobreza pero encuentra allí, antes que en otros lados, terreno fértil para desarrollarse. No es lo mismo una zona con redes claocales y agua corriente que sin ellas. Así de simple.

Kirchner fantaseó, además, con que la declaración del alerta perjudicaría la imagen del país en el exterior, una preocupación desconocida en él. Pichetto informó que Cristina había ordenado aplazar el debate. Puede que así haya sido: pero la llamada telefónica para transmitir la orden fue de Kirchner.

¿Sólo un enojo del matrimonio o también la intención de cargar las responsabilidades políticas sobre Ocaña? De nuevo la campaña: el ex presidente necesita ahora como aliado, más que nunca, a Hugo Moyano. El líder cegetista hace rato que reclama la separación de la ministra de Salud.

Moyano va jugando también su propia partida. Percibe el debilitamiento de Kirchner como líder del PJ y tampoco sabe cómo quedará parado el Gobierno después de las elecciones de junio. El sindicalismo empieza a mostrar sus dientes a los Kirchner: hará una demostración de fuerza el 1° de mayo frente a la Casa Rosada. No se fija en monedas: Omar Viviani, secretario gremial de la CGT y jefe de los taxistas, negocia con las empresas una compensación de entre $ 100 y $ 150 para los choferes que no trabajen ese día y se sumen a la manifestación.

Las necesidades políticas objetivas le conceden esos márgenes a Moyano. Aquellas mismas necesidades llevaron a Kirchner a anudar su destino político -o lo que quede de él- al de Daniel Scioli. El ex presidente parece buscar con denuedo sólo la subsistencia política: el voto de Buenos Aires, de resultarle favorable, podría darle esa subsistencia para los años que le restan junto a su esposa en el poder. Pero sería insuficiente quizá para garantizarle al matrimonio la continuidad. Kirchner se había esperanzado con el segundo mandato que resignó en la formalidad cuando le cedió el trono a Cristina.

Scioli se metió en un verdadero brete político. Pero lo sedujo el horizonte que se le puede abrir si sale airoso de ese brete: ¿quién podría discutirle en el PJ la posibilidad de una futura candidatura presidencial? Aquel horizonte está todavía muy lejano. Remoto e ilusorio para las habituales inestabilidades y sorpresas que depara la Argentina. El dilema para Scioli es ahora mismo la campaña, la convivencia difícil con Kirchner y la administración de una provincia con espamos sociales constantes, provocados por la inseguridad, la droga, la corrupción o la crisis económica.

Esa convivencia difícil cobró la primera víctima. Debió irse Santiago Montoya, el jefe de la recaudación bonaerense, por negarse a una "candidatura testimonial" en San Isidro. Montoya dijo otras cosas y Kirchner intimó a Scioli para que lo echara.

El último asesinato de un ciudadano en Lanús mostró una imagen estremecedora: la impotencia de las autoridades y el decurso cada día menos previsible de las conductas sociales. La Policía carece de confianza y la Justicia, de respeto. El fiscal que concurrió al lugar del homicidio fue agredido a mansalva. ¿Se filtró también la campaña? Un abismo se acerca amenazante para todos.

Kirchner le hizo caso a Scioli y empezó a hablar de bajar la edad de imputabilidad de los menores. El ministro de Justicia, Aníbal Fernández, mencionó la posibilidad de una ley penal para menores. Parecieron gestos improvisados, de desesperación.

Scioli parece haber logrado de Kirchner otra concesión: el ex presidente dio la semana pasada la impresión de haber bajado la aspereza de sus mensajes. El gobernador aspira a un mensaje conciliador en la Provincia que se perdió por el conflicto con el campo.

El gobernador piensa también diseñar su propia campaña. Irá a lugares adonde el ex presidente, tal vez, no pueda ir. La posibilidad de que ambos compartan la lista de diputados le dio al oficialismo, según todas las encuestas, un primer envión. No el suficiente como para cantar victoria.

Hay consultores que opinan que el Gobierno podría considerar cerrada la elección si Scioli fuera en el primer lugar y Kirchner lo secundara. O que Kirchner directamente no fuera candidato. Sería, tal vez, la despedida política del ex presidente.

Felipe Solá supone factible que Kirchner termine desertando de la pelea electoral. No está seguro si esa posibilidad podría terminar beneficiando, o no, al peronismo disidente. Antes que pensar en eso, la unión de Solá con Francisco De Narváez y Mauricio Macri debe resolver cómo hará para sobrevivir hasta junio.

Los intereses y las intrigas personales se entreveran. Macri recela de los candidatos por su natural inclinación a querer darles a las listas de la alianza una identidad más peronista que independiente. De Narváez se incomoda con Solá cuando le toca hablar junto a él de inseguridad en la Provincia. El diputado y ex gobernador sospecha de la lógica materialista que exhibe De Narváez para ejercer la política. El naufragio siempre está latente pero hay un hombre que, fiel a su historia, es diestro para cualquier socorro: Eduardo Duhalde habló con ambos, discretamente, en un refugio de Lomas de Zamora.

Los disidentes se han empezado a inquietar, aunque lo nieguen, con otra novedad. El progresivo ascenso que, según las encuestas, muestran en Buenos Aires Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. Pero tampoco florecen rosas entre la Coalición Cívica y los radicales.

Stolbizer fue ignorada por la cumbre radical en Mar del Plata. Elisa Carrió brama contra Julio Cobos porque el vicepresidente pretende dar una batalla propia en Capital. Los radicales quieren a Carrió en la cabeza de la lista porteña en lugar de Alfonso Prat Gay, pero la dama se esconde en un lugar secundario para disimular su competencia con Gabriela Michetti.

Los Kirchner, aun en tiempo de desgracia, parecen tener ráfagas de suerte. La oposición, así como actúa, podría renovarle al matrimonio esperanzas que la realidad les arrebató hace bastante tiempo.

Comentá la nota