Una campaña con jugadas arriesgadas Marcos Novaro

Comenzó la campaña con jugadas bien arriesgadas. La oposición, en particular la peronista, parece haber tomado la delantera.
En estos últimos días, De Narváez, Solá y Macri han querido retomar la iniciativa que el oficialismo pareció quitarles desde que lanzó las candidaturas testimoniales. Los líderes del Pro-peronismo han dado dos pasos que pueden servirles para ello, pero pueden también traerles problemas.

El primero es acercarse a los intendentes bonaerenses del PJ, que cedieron a las presiones de Kirchner y Scioli para entrar a las listas, para convencerlos de que permitan o incluso alienten el corte de boletas. Siendo que la lista oficial de diputados nacionales en el distrito tiene muchas dificultades para sumar adhesiones, pese a la inclusión del gobernador y de Clotilde Acosta (Nacha Guevara), la oferta puede ser tentadora para jefes locales que no tienen deseos de compartir la suerte declinante de sus superiores. Así, con el corte de boletas en las listas locales, intendentes que podrían, de otra manera, perder el control de los Concejos Deliberantes se pueden asegurar la sobrevivencia a un probable colapso del kirchnerismo.

Puede suceder también, sin embargo, que debilitar más o menos abiertamente las chances de sus candidatos locales termine siendo perjudicial para el perfil y posicionamiento de los disidentes en el distrito. Si se debilita el entusiasmo de sus seguidores en el territorio, pueden incluso tener inconvenientes para fiscalizar la elección. Y también pueden darle crédito indirectamente a la idea que intenta instalar la oposición no peronista, que es una disputa más aparente que real la que enfrenta a los dos sectores del PJ. Con todo, hay que decir que por lo menos esto último no parece preocupar a muchos votantes: da la sensación que buena parte de la sociedad está resignada a que las elecciones generales sean internas del peronismo apenas disimuladas, y, como ya ha sucedido en el pasado, muchos no peronistas preferirán votar a lo que consideren menos malo de ese partido.

Segundo paso

El segundo paso que dieron los disidentes fue aceptar el desafío del kirchnerismo de hacer de estas elecciones de medio término una batalla por el control del poder: la afirmación lanzada por Mauricio Macri en cuanto a que una vez que él y sus aliados derroten a Kirchner debe abrirse una "etapa de transición" y debe entenderse en estos términos. En vez de tratar de devaluar la importancia de las elecciones, como tiende a plantear una oposición con menos olfato, diciendo que se trata "sólo de una parlamentaria", Macri se hace cargo del argumento kirchnerista ("si no nos votan, no podremos seguir gobernando") para refutar su conclusión ("vendrá entonces el caos, 2001, etc."), y proponer, en cambio, una conclusión que lo beneficia: "Seremos nosotros (Pro-peronismo) los que aseguraremos desde el 29 de junio la gobernabilidad".

El oficialismo ya ha puesto el grito en el cielo: hablar de transición es alentar el clima destituyente, protestan. Pero es dudoso que ese argumento vaya a calar hoy, más allá del estrecho círculo en que repiquetean las diatribas de Carta Abierta. Inversamente, para la alianza Pro-peronismo puede ser doblemente conveniente apostar fuerte en este sentido: primero, le permite dramatizar un argumento del que el Acuerdo Cívico Social sólo puede hablar, la presentación de su alternativa como la de un "cambio seguro", que reducirá la incertidumbre que embarga hoy a los grupos de interés y a los ciudadanos, en general, y está agravando la crisis económica; segundo, a diferencia de Reutemann, sus líderes tienen la necesidad de vencer a Kirchner en persona para tener chances en 2011, no habrá una segunda oportunidad, y, por tanto, se trata también para ellos, igual que para el ex presidente, de jugar a todo o nada; si ganan, no sólo habrán iniciado la sucesión del liderazgo peronista, habrán resuelto a su favor la interna entre los disidentes.

Es otro asunto determinar si una transición tranquila, negociada y colaborativa, como la que Macri parece proponer, será esta vez factible. Recordemos que no lo fue en 1988-89, porque Alfonsín y Cafiero lo intentaron, pero Menem les hizo pagar por ello terribles costos, y una vez que se hizo de la candidatura presidencial la tornó imposible. Tampoco se logró en 1998-99, porque de nuevo el PJ estaba muy dividido y, además, los que corrían con más chances de ganar, la UCR y el Frepaso, la consideraron innecesaria. Puede que los actores hayan aprendido de la experiencia y esta vez se le preste la debida atención a esa difícil circunstancia en que queda colocado un régimen presidencialista cuando el gobierno está de salida. Pero puede también que se repitan los obstáculos para resolver el problema, que imponen entre nosotros las desconfianzas, las ambiciones y la falta de cohesión de los partidos.

Investigador del Conicet. Director del Centro de Investigaciones Políticas

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