La campaña, entre miedos, improperios y acusaciones

Por: Eduardo Van der Kooy

El Gobierno ha concluido la búsqueda de la fuente informativa que comentó a Clarín la hipótesis de un adelanto de las elecciones presidenciales para marzo del 2010 si a Néstor Kirchner no le llegara a ir bien el domingo 28.

. Esa búsqueda incluyó un prolijo rastrillaje en el Congreso e, incluso, el seguimiento de dirigentes políticos que están ahora en el exterior.Aquella búsqueda coincidió con un pico de cólera de Kirchner. En dos días el ex presidente estrujó la imagen de hombre manso y tolerante que, con esfuerzo, había garabateado en las últimas semanas. Un dolor de cabeza para Daniel Scioli, cuyo mayor éxito de campaña había sido intentar apaciguar el espíritu del ex presidente.Otra vez el descontrol de Kirchner pareció prender de las narices a la oposición. El ex presidente agitó la causa sobre el tráfico de efedrina por la cual se citó a declarar a Francisco De Narváez, el candidato de Unión-PRO. También acometió contra Julio Cobos. Las réplicas tuvieron una lógica idéntica: De Narváez alertó que Kirchner irá por los bancos, los depósitos y los medios de comunicación si vence en las legislativas. Elisa Carrió sentenció que el PJ de esta época sería el más corrupto de la historia.

La campaña se va consumiendo de ese modo, a casi una semana del final, entre miedos, improperios y acusaciones. Podría decirse, tal vez sin exagerar, que los argentinos están asistiendo al espectáculo más pobre y degradado desde la recuperación democrática en 1983.

¿No lo fue acaso, también, la campaña del 2003 cuando Kirchner se consagró Presidente? ¿No pesaban en los ciudadanos, como toneladas de hormigón, los efectos de la gran crisis? Podría ser. Pero existe una diferencia entre aquel penumbroso pasado y este presente triste: había esperanza de que aquella crisis constituyera un nuevo punto de partida. Quizá de una recuperación económica, política e institucional. Sobresalían, al menos, las discusiones matizadas y antagónicas entre Kirchner y Ricardo López Murphy, por entonces aspirante presidencial, dueño de un brillo que no logró repetir.La recuperación económica, ahora borroneada por errores propios y por el desbarajuste internacional, ha sido el único objetivo no desvanecido del todo. La políticas partidarias y las instituciones continúan a la deriva.

La oposición y, en menor escala, el peronismo constituyen una muestra de la fragmentación del sistema. Nadie sabe qué sucederá con la vida de la alianza entre el PRO y el PJ disidente después del 28 de este mes. Se presagia un cisma entre la Coalición y los radicales si Cobos avanza con su plan presidencial. Ni siquiera Kirchner sabe si podrá domar al peronismo cuando pase el último domingo de junio. Su liderazgo fue puesto en discusión a partir del prolongado e irresuelto conflicto con el campo. El escrutinio, tal vez, acentúe ese debate.A la institucionalidad no parece haberle ido mejor después de una serie de decisiones forzadas del Gobierno. A saber: el adelanto electoral alterando los diagramas; las candidaturas testimoniales de los intendentes bonaerenses y del gobernador Scioli.

La determinación de convertir por imperio de las urgencias políticas una elección de medio término en un plebiscito también ayudó a impregnar de buena dosis de dramatismo y hostilidad a la campaña. Kirchner desea esta prueba, en estos términos, para tratar de darle continuidad a su proyecto. La continuidad sería él mismo luego de terminado el ciclo de Cristina. La oposición teme que si no saliera bien parada de esa misma prueba el turno del 2011 podría ser de nuevo para el ex presidente o para el peronismo.La historia de estos años ha dejado una enseñanza. Una derrota en las legislativas le impide al partido gobernante triunfar en las presidenciales siguientes. Fueron los ejemplos de Raúl Alfonsín (perdió Eduardo Angeloz), de Carlos Menem en su segundo mandato (perdió Eduardo Duhalde) y de Fernando de la Rúa. Un triunfo podría abrir, en cambio, las puertas a la continuidad: fueron los casos de Menem, con la reelección (1995), y de Kirchner, con la entronización de Cristina (2007).

Esos antecedentes podrían explicar también los nervios del Gobierno. Néstor Kirchner sabe que tiene perdidos los grandes distritos (Capital, Santa Fe, Córdoba y Mendoza) y todavía no está seguro de que el conurbano bonaerense lo pueda salvar. El ex presidente dijo, luego de visitar a los futbolistas de Racing, que están cómodos en las encuestas de Buenos Aires. Pero ninguna encuesta muestra esa evidencia.¿Gana Kirchner en la fortaleza del segundo cordón? Está ganando sin discusiones a De Narváez. Pero tal vez la diferencia resulte insuficiente para neutralizar la paliza que se vislumbra en el interior bonaerense y las fluctuaciones del primer cordón. La incertidumbre suele activar los sensores de la emoción. La irascibilidad oficial de las últimas horas ha sido, tal vez, el rostro de la emoción. Ese estado de ánimo sobrevuela demasiado la campaña, a punto tal que dos episodios policiales –sufridos por Carrió y la senadora santafesina Roxana Latorre acamparon varias horas ayer en el escenario de la política.

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