La campaña electoral trajo el debate sobre algunas cuestiones de fondo

Viedma.- (APP), Al final, entre tanta borrasca política, tanto márketing, manipulación de los medios, cruces de tono elevado, sobre todo en provincia de Buenos Aires, Santa Fe y Capital Federal, que superficialmente caracterizarían la campaña de los distintos candidatos con vistas a los comicios del 28 de junio, se ha podido colar el debate sobre algunas cuestiones de fondo que es bueno atender y ponerlas un poco más a la luz.
Al gobierno nacional y al kirchnerismo se lo ha criticado por decir que compulsan dos modelos. Es verdad que las líneas de los supuestos modelos que confrontan a veces son algo borrosas, pero si separamos la paja del trigo, si diferenciamos lo esencial de lo secundario, sin dudas que pueden visualizarse matrices ideológicas distintas que confrontan, modelos al fin y al cabo de un proyecto de país. Creo que los partidos y alianzas que compulsan el 28 de junio reflejan esencialmente dos modelos, aunque con algunas variantes que bien podrían habilitar a la caracterización de más de dos, quizás tres o cuatro. Una, la del gobierno nacional o el kirchnerismo, basado en un dólar competitivo, la intervención del Estado en la economía para priorizar el mercado interno, la industrialización, y en un segundo plano el esquema exportador –de materias primas y alguna que otra producción primaria con algún valor agregado-. Hay otros ejes importantes en el plano económico, superávit fiscal, balanza comercial favorable, altas reservas y nivel de endeudamiento bajo en relación al producto bruto. En el plano internacional creo que es destacable el alineamiento latinoamericano, la integración regional, y fuera de los criterios económicos, también la defensa irrestricta de los derechos humanos y no criminalizar ni reprimir la protesta social. Un segundo modelo cruza a los llamados partidos de oposición, UniónPRO, Acuerdo Cívico y Social (Coalición Cívica-UCR), fundamentalmente. Han comprado el modelo del campo, el que impulsa la Mesa de Enlace, lo que en última instancia lleva a que el eje del modelo no pase por el mercado interno y la industrialización, sino por privilegiar las exportaciones. Están en contra de las retenciones y de una intervención decisiva del Estado en la economía, lo que hace dudar de dónde saldría la renta para cortar definitivamente con la inequidad social. Les gusta hablar más de regulación del Estado que de intervención. Por ello se han opuesto a la estatización de Aerolíneas y de las AFJP, entre otras, más allá de que existan diferencias en los discursos justificativos del macrismo por un lado y de la Coalición Cívica y la UCR por el otro. Tras la hojarasca de los discursos, indudablemente este modelo quiere un retorno a políticas que caracterizaron los ’90. Están más cerca de las ‘relaciones carnales’ que de un alineamiento latinoamericano, y las fuertes críticas al chavismo así lo demuestran. Destacan, es verdad, los modelos de Brasil y Chile, aunque no dicen que Lula también respalda fuertemente a Chávez, pero sobre todo le escapan a una discusión más profunda de esos dos modelos latinoamericanos que propugnan, ya que significaría hablar de un país más socialmente injusto del que tenemos hoy en la Argentina. Estos partidos de oposición que comparten ejes esenciales de un modelo más noventista se diferencian también en levantar las banderas de la república contra el supuesto avance del autoritarismo que representaría el gobierno nacional. Se esconde en esto la idea de una ‘democracia formal’, muy respetuosa de las instituciones, del parlamentarismo, pero flaca del plano económico, de la realidad de intereses económicos concretos que confrontan en el país y que necesariamente, a la hora de gobernar, lleva a que se tenga que optar entre confrontar con unos y conciliar con otros. La ‘idealización’ del gobierno de Alfonsín muestra esto, se destaca la vocación democrática, la búsqueda del diálogo sobre la confrontación, pero se esconde el Alfonsín que sí confrontó y recibió ataques muy duros de sectores económicos y sus voceros mediáticos, y olvidan que cuando se concedió a estos sectores vino el derrumbe del gobierno, no su recuperación.

Hay partidos y alianzas que llevan quizás a hablar de tres o cuatro modelos. Pino Solanas, Martín Sabbatella, sectores del Partido Socialista –no la mayoria que responde a Binner que respalda en gran medida el modelo del campo- y desprendimientos del ARI como Eduardo Macaluse y Carlos Raimondi, tienen quizás más que ver con un modelo superador por izquierda del kirchnerismo, es decir, comparten algunos ejes esenciales –aunque en el discurso Solanas cometa el error de ver cierta continuidad en las alianzas económicas entre el menemismo y el kirchnerismo- pero enfatizan sobre cierto nacionalismo o mayor intervención del Estado. Concretamente Solanas quiere ir más allá de las estatizaciones que se han hecho y se acerca al chavismo en cuanto a hacerse de recursos estratégicos como el petróleo y la minería. En esto de la minería hay contradicciones, no se sabe bien si quieren que el Estado se haga cargo de la explotación de recursos mineros como el oro y la plata o directamente que no haya minería, ya que confunde la adhesión explícita a consignas de grupos ecologistas que directamente no quieren el uso de cianuro –sin el cual sería imposible la explotación de algunos recursos mineros- y que a la vez se oponen a gran parte de los proyectos industriales vinculados al aprovechamiento de recursos naturales. También hay que dudar de la seguridad de Solanas al decir que basta con hacerse de la renta petrolera para solucionar la pobreza y revertir la injusta distribución de la riqueza. Brasil y Venezuela son un ejemplo de que se necesita algo más que esto. Pero lo cierto es que éste es un modelo en las antípodas de Macri/De Narváez y Carrió/Prat Gay y que se diferencia en algunas cuestiones esenciales con el del gobierno nacional. Algunos podrían decir que esta misma diferenciación entre el modelo kirchnerista y el de Solanas, habría que hacerla entre la derecha más clara del macrismo/duhaldismo y el Acuerdo Cívico y Social. Por supuesto que no son exactamente lo mismo, pero desgraciadamente en lo esencial de un plan económico no hay diferencias significativas. Macri y De Narváez se han sincerado y han dicho que quieren reprivatizar Aerolíneas y el sistema provisional, cuestión en donde Carrió y los radicales quizás no retornarían, pero Prat Gay, quien sería el Ministro de Economía de esta coalición según se ha dicho y en caso de triunfar en el 2011 –aunque en esto entramos ya en política ficción-, se ha manifestado proclive a las privatizaciones, a regular más que estatizar, y claramente habla de volver a los mecanismos del endeudamiento, nada más ni nada menos que con el FMI, y a tener déficit fiscal –así lo ratificó en el debate en ‘A Dos Voces’ en sus cruces con Heller-, algo no muy distinto a lo que haría el macrismo si llegara al gobierno nacional.

Por suerte, sobre la ‘tinellización’ de la política y la preeminencia del márketing, estas cuestiones se han colado en el debate de campaña y permitirían que el electorado tenga más herramientas para saber a quién votar el 28 de junio.

También hay cuestiones importantes que han reflejado los medios que merecen un análisis. Sobre la burda contraposición que han instalado los medios y referentes de la oposición entre el ‘autoritarismo’ del gobierno nacional y el ‘democratismo’ y apego a la república que encarnarían las alternativas electorales no kirchneristas, han surgido cuestiones muy interesantes, que desestructuran esta supuesta diada. La oposición parecería que quiere la vigencia de reglas más democráticas, de una mayor república, pero respalda algunas definiciones y actitudes políticas que tienen que ver más con la vieja Argentina oligárquica y conservadora que con un país moderno. Un ejemplo está en el respaldo al corporativismo del campo. Se sabe que tanto Unión PRO como el Acuerdo Cívico y Social han abierto sus listas a los dirigentes del campo y un gran número hoy son candidatos. Desde la Mesa de Enlace se respaldó esta estrategia de buscar espacios en el Congreso, no importa a través de qué lista. Es decir, los candidatos del campo no integran tal o cual lista por respaldo a sus respectivos programas, sino para llegar por uno u otro camino al Congreso y allí impulsar y defender en bloque los intereses sectoriales del campo. Esto es corporativismo. Por algo dirigentes como De Ángeli recorren las provincias respaldando, indistintamente, tanto a candidatos de Unión PRO como del Acuerdo Cívico Social. Y en una entrevista reciente con Santo Biasatti en TN defendió claramente este corporativismo, diciendo que todos los candidatos del campo trabajarán en bloque exclusivamente por sus intereses sectoriales, amenazando incluso que el que no cumple con esto será ‘escrachado’.

También se ha colado en el debate político el tema del clientelismo, emparentándolo exclusivamente con el kirchnerismo y analizándolo no sólo superficialmente sino con una fuerte carga de prejuicios. Han resurgido así, peligrosamente, aquellos discursos reaccionarios y elitistas que hablaban del irracionalismo de las masas y que justificaban el ‘voto calificado’. De Ángeli –otra vez- no sólo propugnó volver a aquellos mecanismos de la década infame en donde el patrón ‘arreaba’ a los peones y les ponía la boleta en la mano, sino que la propia Carrió y otros dirigentes de la oposición, así como ‘destacados’ periodistas, han alertado sobre la masa ‘iletrada’ del connurbano bonarense, de la cual se basa el kirchnerismo para seguir teniendo ‘algo’ de apoyo electoral. Esta vieja concepción se acerca bastante a la de las elites que querían circunscribir el voto a la parte ‘educada’ de la sociedad porque "las masas están a merced de quienes las manipulan, carecen de racionalidad y degradan su aptitud intelectual hasya el nivel de los menos inteligentes de sus miembros; tienen irresistibles reflejos de barbarie", como caracterizaron estas posturas antipopulares Alfredo Erica Calcagno y Alfredo Fernando Calcagno en su libro "Versos para no pensar". Recordemos que Carrió, cuando triunfó Cristina Fernández de Kirchner, habló claramente de "legitimidad segmentada", es decir, aunque la actual presidenta obtuvo una clara mayoría, se trataba de votos "dominados por el clientelismo y la miseria", en cambio los votos de la oposición representaban las clases medias y altas de los centros urbanos. Un esquema clasista de masas iletradas, manejables, por un lado, y elites cultas y educadas por el otro, "gente como uno", como ironizó Verbitzky en un artículo. Algo de esto dijo también el rabino Sergio Bergman en su discurso en Plaza de Mayo en la marcha contra la inseguridad, cuando mencionó que "hay que aprender a votar" y evitar "la democracia de la esclavitud electoral", aludiendo a un gobierno que supuestamente tiene poder en base a la demagogia, al clientelismo, a la compra de conciencias de las clases bajas. José Pablo Feinmann describió certeramente esta visión que ‘prende’ en amplias clases medias al momento del conflicto del gobierno con el campo: "El groncho de la Presidenta no va, lo llevan. No tiene voluntad propia. Le dan un choripán y ahí lo tienen. Comiendo de la mano de los gordos de los sindicatos. ¿O los grasas peronistas no son así? Por el contrario, el teflón-boy (o la teflón-girl), el garca que se ha venido desde Acassusso o Recoleta, es la expresión de una conciencia autónoma. El ha elegido libremente. Sabe la causa por la que lucha. Nadie va a comprarlo. Es lúcido. Es culto. Es la expresión de la libertad del ciudadano". Nadie dice que no hay clientelismo, pero el clientelismo es una palabra que oculta a veces el prejuicio de clase, el prejuicio gorila, el desprecio a las ‘clases populares’. La demagogia o el populismo que suele criticar la derecha o sectores de las clases medias ilustradas y en cuya base estaría el clientelismo por el contrario muchas veces expresa un verdadero movimiento de masas progresista en nuestra Latinoamérica. Los avances sociales más importantes casualmente se produjeron en los países Latinoamericanos con gobiernos ‘demagogos’ o ‘populistas’. El giro a la izquierda o al populismo en los gobiernos latinoamericanos post-década del ’90 ha sido indudablemente positivo y los embates que hay ahora de la derecha contra ese proceso precisamente utilizan como latiguillo o excusa el tema del clientelismo, de la ‘pobreza’ estructural’ de la que se aprovecharían los gobiernos para reproducir poder político. La cosa es más compleja y merecería de los dirigentes que quieren ser una ‘alternativa progresista’ una lectura y un análisis más profundo. Hay que leer a Javier Auyero, sociólogo radicado en Nueva York, quien estudió a fondo el fenómeno del ‘clientelismo’, y a diferencia de las lecturas simplistas, señala que muchos fenómenos que se los cataloga como de clientelismo son "instancias de resolución de demandas populares", como el trabajo de muchas de las organizaciones piqueteras. Hay redes sociales, que se basan en recursos del Estado, pero que a amplios sectores populares les permite acceder a cuestiones básicas como la alimentación, medicamentos, servicios. Y que no necesariamente implican sometimiento electoral, ‘captura’ del voto. No hay clientelismo en el sentido de intercambiar favores por votos. Y también hay que leer a Ernesto Laclau en su "La razón populista", donde legitima el concepto de ‘pueblo’ como categoría politica, no como disolución de conflictos, conciliación de intereses contrapuestos en beneficio de sectores dominantes, sino como articulación de demandas, su inscripción "dentro de una cadena equivalencial" que permita la ‘identidad popular’; no se diluyen las demandas particulares sino que se enlazan en una cadena donde se avanza a objetivos colectivos, superadores, pero a la vez necesarios para que aquellos intereses sectoriales tengan también respuestas. Constitución de un sujeto político global, el pueblo, que reúne una pluralidad de demandas sociales ("..el surgimiento del pueblo requiere el pasaje –vía equivalencias- de demandas aisladas, heterogéneas, a una demanda ‘global’ que implica la formación de fronteras políticas…"). Muchos fenómenos que para algunos son clientelistas, en realidad expresan demandas democráticas (que Laclau aclara no son ‘democráticas’ por estar vinculadas al régimen democrático, sino porque ‘son formuladas al sistema por alguien que ha sido excluído del mismo’), y pueden ser el sustratum de un proyecto político de masas progresista. La visión de Laclau no es fácil resumirla en pocas líneas y da para el debate –yo mismo tengo algunos reparos, no es que adhiera en un 100%-, pero me parece una puerta interesante y fructífera contra los límites de las teorías clásicas de representación política. Lo que quiero decir es que hay que ir más allá de los análisis simplistas sobre el clientelismo y mucho más todavía de los que utilizan ese latiguillo con claros prejuicios y a favor de un modelo de país para pocos, minoritario, elitista. En fin, algunas cuestiones importantes asomaron en esta campaña electoral y es bueno marcarlas, sacarlas más a la luz para debatir ideas en serio, no en forma superficial. (APP)

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