La campaña contra Clarín, un medio para terminar con la libertad de expresión en el país

Por: Marcelo A. Moreno.

La pregunta me la han hecho colegas y lectores, muchas veces personalizándola: ¿Por qué defiende usted a Clarín?

No soy un directivo ni del diario ni del Grupo Clarín. No pertenezco a la dirección editorial del periódico. No me vinculan a él otros intereses que los devenidos del ejercicio de la profesión. Soy un editor, como tantos, y columnista, como otros tantos. Y como periodista de larga trayectoria, no fui formado en este Grupo.

Pero por primera vez experimento la indignación de contemplar cómo desde el Poder Ejecutivo -salvo en las dictaduras- se ataca sistemáticamente a un grupo editorial en particular. Estoy convencido de que lo hacen porque conforma el conglomerado de medios más popular del país. Porque los argentinos vienen consumiendo los productos que lanza Clarín desde hace largas décadas y consecuentemente. Eso lo convierte en el grupo de difusión más importante de la Argentina y uno de los más respetados en el mundo.

El proyecto es tan grave como serio. Estos personajes, que seguramente no tolerarán el juicio de la historia, sueñan con destruir a Clarín como vía para vencer todo intento de prensa independiente. Explicitan su resentimiento contra un grupo de medios que informa, por ejemplo, que ellos mienten con las cifras del INDEC, entre otros desfalcos. Pero su objetivo final no trata de mitigar la ira que les produce la confrontación con la verdad sino consiste en borrar la libertad de expresión en la Argentina. No hay antecedentes en vida democrática de un plan tan homogéneamente antidemocrático.

¿Merece Clarín la crítica y la autocrítica? Por supuesto que sí. Como tantos protagonistas de esta Argentina asombrosa, errática y convulsionada, no está libre de pecado ni en condiciones de tirar ninguna piedra. Pero no a instancias de quienes lo persiguen y denostan, en busca de arrasar con la libertad de prensa.

Porque dicen que van por Clarín, pero en realidad, vienen por todo.

Al ser Clarín el grupo de medios más fuerte, alucinan con que una vez desarticulado podrán dominar al resto de los medios y edificar con dineros públicos una vasta red desinformativa a través de una prensa estatal y paraestatal que nos contará una Argentina tan paradisíaca como ficticia.

La práctica de la libertad de expresión no suele contar con el aplauso de los gobiernos porque allí florecen voces que los critican, denuncian o hasta incriminan. Pero en las democracias avanzadas no se cuestiona esta gimnasia, ya que existe un consenso unánime sobre los evidentes beneficios de la pluralidad.

Pero ni siquiera en democracias más precarias que la nuestra se han visto ofensivas gubernamentales sobre un medio como las que padeció y padece Clarín: desde la estatización de las trasmisiones de fútbol hasta el bloqueo de la salida del diario por grupos sindicales adictos al kirchnerismo, pasando por las embestidas contra Papel Prensa y por una ley para controlar los medios de difusión audiovisuales, que no resiste el menor análisis, y que fue diseñada expresamente para dañar al Grupo.

Eso, entre episodios circenses como la invasión de cientos de inspectores de la AFIP una tarde en el diario, maniobra que luego se adjudicó a difusos otros. O lo inaudito que en la mayoría de los discursos presidenciales se descarguen ataques contra la libertad de prensa, en general, y contra Clarín, en particular. O que el consorte presidencial emita disparates como que el vicepresidente es "un claro empleado de Clarín" o que el Grupo encabeza "una conspiración".

Eso, más la propalación casi diaria de un programa por la TV estatal, dirigido a menospreciar y desprestigiar a profesionales independientes, en general, y del Grupo Clarín, en especial. Los encargados de la tarea son ex periodistas que ahora cumplen con la burda y también melancólica tarea de enlodar a quienes fueron sus colegas. A esto se suman algunos espontáneos que sudan resentimiento contra Clarín o quieren sacar tajada del ataque oficial.

Semejantes denodados esfuerzos por parte de quienes administran el enorme poder del Estado contra un grupo que, con aciertos y errores, se dedica a informar y entretener pueden parecer descabellados en un país lleno de necesidades y urgencias, con una pobreza inmerecida, una inseguridad galopante y una inequidad social escandalosa.

No hay métodos racionales para comprender que la lucha sea contra los medios y no contra esas crecientes calamidades. Eso siempre y cuando se acuda a los viejos y probados mecanismos de la razón: si se desvaría, por ejemplo, que la última elección legislativa el oficialismo la perdió por obra de los medios -no por sus propias obras o por la ausencia de ellas- se puede comenzar a comprender el espasmo paranoide de querer aniquilarlos.

Hace poco, a raíz del escándalo por el despido irregular de Redrado del Banco Central, el prestigioso diario El País, de Madrid, calificó como despótico al Gobierno argentino. En ningún otro terreno como respecto de la libertad de prensa se transparenta más esa característica que va delineando, nítida, la identidad con que pasará a la historia. Contra Clarín, es puro y grosero atropello. Por eso defender a Clarín significa hoy defender simplemente la democracia. Porque, más allá de las críticas, ella no es nada huérfana de sus libertades.

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