Un camino directo para desalentar inversiones

Por Néstor O. Scibona

En ocho meses se modificó totalmente el panorama. Cuando en el ambiente empresario se habla de la Anses, ya nadie piensa en los jubilados, actuales o futuros. La referencia apunta al nuevo socio forzoso que el gobierno kirchnerista ha impuesto en una treintena de compañías de primera línea, o bien a los recursos que este organismo distribuye discrecionalmente por órdenes directas de la residencia de Olivos. Todo bajo el difuso argumento de que la crisis global justifica la intervención directa del Estado en la economía, sin otras reglas que los cambiantes discursos oficiales o el grado de cercanía o lejanía de las empresas de los despachos gubernamentales.

No todas las alusiones son críticas, porque Néstor Kirchner ha convertido en una constante la polarización de posiciones. Hay empresas encantadas de haber recibido financiación de la Anses para reforzar su capital (Pampa Energía, Mercedes-Benz); para otorgar créditos (Banco Hipotecario); para poner en marcha proyectos que corrían peligro (General Motors) o para alquilarle al Estado una planta condenada al cierre (papelera Massuh), por citar las más relevantes. Otras, en cambio, oscilan entre la preocupación y la alarma, cuando comprueban que el Estado les impone en forma inconsulta la designación de directores, invocando la tenencia unificada de acciones que la Anses heredó de las extintas AFJP.

Nunca se había planteado esa posibilidad cuando se trató la ley de necesidad y urgencia fiscal que expropió los ahorros de los futuros jubilados. Ni mucho menos que ahora vendría otra vuelta de tuerca, con el nombramiento de síndicos de la Sigen bajo el argumento de que se trata de compañías con participación estatal, que nunca solicitaron ni promovieron.

Aquí se abre una controversia jurídica: reconocidos abogados sostienen que la intervención de la Sigen sólo es aplicable a empresas con mayoría estatal, mientras que funcionarios oficiales rescatan antecedentes en sentido contrario. Pero el revuelo empresario tiene una raíz político-ideológica más profunda: el Gobierno se está infiltrando en los directorios de empresas privadas sin que hasta ahora nadie pueda precisar por qué o para qué. Nadie tampoco se aventura a suponer qué ocurriría si no fueran coincidentes las decisiones políticas de directores privados y estatales. Para alentar más escozores, la funcionaria número 2 de la Sigen fue asesora de Cristina Kirchner y es esposa de uno de los directores estatales del Banco Hipotecario.

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La inocultable impronta política en estos organismos técnicos también le cabe al ENRE, el ente regulador eléctrico cuyo titular acaba de prohibirle a Edesur el giro de utilidades a sus accionistas, sin otro respaldo jurídico que el envío de una carta admonitoria a la compañía, que en siete años no logró completar la renegociación de su contrato de concesión. La ley de emergencia económica ha tenido vigencia permanente en ese lapso.

Todo esto ocurre después de que el Gobierno también obligara de hecho a empresas de muchos sectores económicos a pedirle permiso, ya sea para exportar, importar, fijar precios, comprar divisas, remesar ganancias, ajustar planteles, recibir subsidios, transportar mercaderías y hasta organizar seminarios en los que podrían objetarse políticas oficiales.

En lo inmediato, la novedad política es que varias entidades empresarias comenzaron a poner distancia con el Gobierno al plantear públicamente inquietudes que antes confesaban en privado. Cuando embisten contra Hugo Chávez por las nacionalizaciones del grupo Techint critican por elevación al matrimonio Kirchner; no sólo por su implícito aval ante ese caso, sino por su creciente intervencionismo de cabotaje con decisiones sinuosas y sorpresivas.

A más largo plazo, el problema es económico. Esta táctica oficial es el camino más directo para desalentar inversiones, que es lo que la Argentina más necesitará para reactivar su economía; y hasta sabotea el blanqueo impositivo, por la sencilla razón de que no suelen entrar capitales en los países que no los dejan salir.

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