Un cambio que sólo es cosmético

Carlos Pagni

Inesperado gesto de Cristina Kirchner: en vez de confiar en los tratamientos personalizados de Guillermo Moreno, ayer anunció un conjunto de medidas generales para enfrentar la recesión que se avecina.

Para una gestión de bajísima actividad administrativa -cuesta recordar decisiones relevantes, más allá de la resolución 125 y la estatización previsional- y que, además, detesta las reglas universales, el discurso de Pilar fue una ruptura.

Sin embargo, en su fondo, el menú ofrecido ante los industriales ostenta dos rasgos kirchneristas inconfundibles: la incapacidad para vincular aspectos distintos de un mismo problema y la sacralización de la caja fiscal.

El principio que recorre todas las iniciativas es que la recesión debe ser enfrentada, al contrario de lo que hace la mayoría de los países, sin apelar a nuevos fondos públicos. La razón es obvia: esos fondos ya se gastaron durante la fase expansiva del ciclo económico. Por eso el Gobierno presentó un plan de incentivo a la inversión -que es el modo más lento e indirecto de animar la economía- y no al consumo. Esta otra estrategia implicaría multiplicar los subsidios, pero el Gobierno ya recorrió ese camino hasta el final. En la Argentina de Kirchner un subsidio no se les niega ni a los ricos.

Si la Presidenta gastara más o recaudara menos, llegaría más rápido al default. Por eso el plan de obras por $ 70.000 millones adelantado anoche se basa en recursos ya previstos, más fideicomisos y un plan hipotecario garantizados con los activos de las AFJP.

Debido a ese límite, la primera instrucción que recibió el director de la AFIP, Claudio Moroni, cuando le encargaron las disposiciones de ayer, fue atenuar la recesión pero con austeridad fiscal.

Kirchner fue el autor intelectual de las medidas (un irreverente, bromeó en Pilar: "Con ella de viaje, estuvo tranquilo y preparó estos anuncios; parece que la que no deja gobernar es Cristina"). ...l busca la cuadratura del círculo: también pretende competitividad con tipo de cambio bajo y fijo, así como antes quiso crecer al 9% sin inflación.

Como la caja es sagrada, sólo tendrán incentivos fiscales los que generen nuevas actividades y empleos. Los que ya invirtieron seguirán pagando lo mismo. El Tesoro renuncia a lo que podría tener, no a lo que percibe.

En el blanqueo impositivo esta regla rige en plenitud. Mejor olvidar la defección política de Néstor Kirchner, quien inauguró su mandato prometiendo "traje a rayas para los evasores", en aquel discurso sobre las convicciones que no se iban a dejar en la puerta de la Casa Rosada.

El jubileo anunciado ayer supone que la fuga de capitales se debe a la excesiva carga impositiva y no a la tradicional inseguridad con que el país castiga a los inversores. El Estado se burla de ellos al menos una vez cada 10 años (plan Bonex, corralito, default, fraude del Indec, estatizaciones). ¿Alcanzarán las ventajas prometidas ayer para que el miedo ceda el paso a la codicia?

El proyecto deberá superar, además, un problema técnico: desde hace 7 años, la evasión está penalizada como lavado. Ahora tendrán que excluir de esa figura a quienes tienen dinero negro de negocios blancos.

Otro rasgo kirchnerista de las medidas de ayer es su menosprecio por la coherencia. ¿De qué sirve, por ejemplo, que se descuente el 25 o el 50% de las cargas patronales, si al mismo tiempo Hugo Moyano insiste en la triple indemnización?

El Gobierno que invita a mostrar la plata ocultada a la DGI emitió una circular, hace una semana, en la que pedía a los bancos la identidad y el número de caja de seguridad de quienes compraron más de 100.000 dólares. "Eso valía para la semana pasada, no para ésta", parece decir Cristina Kirchner. Pero el resto de la sociedad no vive en un presente eterno.

Estímulo

Otra paradoja: ¿qué sentido tiene ofrecer 3% de estímulo a quienes compren, con dinero evadido, títulos públicos, si éstos rinden 70% por el riesgo de default? Los que no se tientan con un premio del 70%, no cambiarán de opinión ante otro del 73%.

Estas inconsistencias dan la razón a los malpensados que sostienen que el blanqueo fue pensado para empresarios que no le temen a Kirchner -sus amigos, por ejemplo- y que se preparan para comprar activos por dos pesos, el año que viene, cuando la recesión muestre los dientes.

La escena central de ayer ya fue vista en la Argentina: un gobierno haciendo contorsiones en las garras del tipo de cambio fijo. Como Domingo Cavallo en 2001, cuando atrapado en el uno-a-uno soñaba humedecer el desierto con planes de competitividad, el corazón del problema oficial sigue siendo el congelamiento del precio del dólar, en un contexto recesivo, en el que todas las monedas -en especial la brasileña- se devalúan contra esa divisa. Lejos de revisarse, esa política se consagró: Moreno volvió a ser la estrella de Olivos después de paralizar con métodos policíacos el mercado de cambios.

Ante estas limitaciones, se apela a la cosmética. Se crea, por ejemplo, el Ministerio de la Producción, del que se encargará Débora Giorgi. El esposo de la Presidenta imagina que esa cartera prestará más servicios a la política que a la economía. Giorgi es una vieja aliada de Florencio Randazzo, quien hoy tiene una sola misión en la vida: desbaratar la candidatura disidente de Felipe Solá en la provincia de Buenos Aires. Ingrato destino el de Giorgi, que desde el nuevo cargo deberá combatir al que otrora fuera su jefe.

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