Un cambio con el sello de Kirchner

Por Joaquín Morales Solá

Néstor Kirchner decidió doblar la apuesta. Débil, cada vez más aislado, eligió rodearse sólo de los incondicionales, que son, al mismo tiempo, hombres duros y vengativos. No hay casi diferencias entre Ricardo Echegaray y Guillermo Moreno; los dos practican la gimnasia de la prepotencia y el combate cuerpo a cuerpo. Lo único distintivo entre ambos es que Echegaray es un "pingüino" de ley (en Santa Cruz fue director de la Aduana durante la gobernación de Néstor Kirchner) y Moreno es un pingüino converso.

Claudio Moroni es otro hombre de Alberto Fernández que abandona el Gobierno. En rigor, estaba de hecho fuera de la administración desde que el Gobierno decidió la estatización total de los fondos de pensión. Moroni había sido el redactor casi exclusivo de todas las leyes y decretos previsionales desde que Kirchner accedió a la Presidencia.

Sin embargo, el manotazo a las AFJP sorprendió al entonces director de la AFIP bosquejando otras alternativas, como un modelo permanente de opción por parte de los afiliados para ir y venir entre el sistema privado y el estatal. Se enteró por los diarios de que la decisión estaba tomada en otra dirección. Ese día dejó de existir para la política de los Kirchner.

Echegaray fue, en cambio, el hombre que Kirchner usó para vengarse del campo. Desplazado de la Aduana durante la última Pascua, recaló en el acto en la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (Oncca), el organismo del gobierno que regula y controla las exportaciones agropecuarias. Los dirigentes agropecuarios son capaces de darle la mano a Moreno, pero no resisten mirar a Echegaray. El mal humor contra él es superior a cualquier otro.

Desde aquel organismo, Echegaray estableció una serie de requisitos interminables para exportar. "Nos acobardó. Es preferible no exportar en estas condiciones", dijo hace poco uno de los cuatro máximos dirigentes rurales.

Defensa de Kirchner

Kirchner defendió siempre a Echegaray, mucho antes de la crisis con el campo. Llegó a poner las manos en el fuego por él cuando Echegaray estaba en la Aduana y estallaron escándalos por contrabando o tráfico de drogas. "Es uno de los mejores funcionarios de la administración nacional", solía repetir con frecuencia.

La vida de Echegaray en la Aduana duró hasta que se cruzó de manera irremediable con el anterior director de la AFIP, Alberto Abad, su jefe natural en el organigrama del Gobierno. Abad, al revés de Kirchner, no lo consideraba con méritos suficientes como para estar en la Aduana. La disputa la zanjó Cristina Kirchner cuando les pidió la renuncia a los dos.

Pareció una derrota de ambos contrincantes. No fue así. Abad se fue del gobierno definitivamente y ahora trabaja en los equipos técnicos cercanos a Eduardo Duhalde. Echegaray, en cambio, salió por una puerta y entró por la otra. Se fue de la Aduana, en efecto, pero recaló de inmediato en la Oncca, justo después del conflicto con el campo, que significó una abrumadora derrota para el Gobierno. Su misión fue asestarle la revancha del oficialismo al único sector que se animó a desafiar el poder de Néstor Kirchner.

Echegaray no cambiará y Kirchner tampoco. Productores rurales, empresarios industriales, dirigentes políticos opositores, medios periodísticos independientes y cualquier otro argentino que tribute sus impuestos han quedado condenados a la voluntad del ex presidente y de su fiel soldado en el organismo recaudador de impuestos. Echegaray enterrará la vieja política de su más viejo enemigo Abad, que tanto bien le hizo al propio Kirchner, de despolitizar la AFIP y convertirla en un organismo técnico y con prestigio.

El Indec de Moreno

No hay que dar tantas vueltas: la AFIP de Echegaray será el Indec de Moreno. Debe reconocerse también que el Indec resultará, al final de cuentas, más benévolo, porque no tiene la misión de la represalia, sino la del maquillaje de la realidad, que es otra cosa.

Puede especularse con que la caída de Moroni es también un nueva golpiza a Alberto Fernández, que en los últimos tiempos reiteró sus críticas públicas a la marcha del Gobierno. Hay argumentos para hacerlo. Pero también es cierto que lo que se deja de lado es un estilo más profesional de conducir la administración pública y, a la vez, menos personal y autoritario.

Tampoco es una novedad el giro que han dado los Kirchner. Sus encierros en El Calafate suelen terminar con malas novedades para la vida institucional del país. Y, después de todo, la recaudación de impuestos es también -o debería serlo- una institución incontrovertible en la vida de un país democrático.

Los gobernantes han recurrido en la historia a dos alternativas cuando les tocó el infortunio. Una de ellas ha sido abrirse a un período de acuerdos y de consensos para ampliar la base que los sostiene. La otra fue encerrarse aún más en un ámbito cada vez más pequeño y hermético, para declararles la guerra a los adversarios reales o supuestos. Si bien se mira la historia de los últimos cinco años, esta última opción debía ser, y es, la que eligió Kirchner cuando le llegó la mala hora.

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