Un cambio de nombres sin cambio de rumbo

Por Fernando Gonzalez

Era previsible. Tenían que empezar a producirse los cambios en el gabinete después de la derrota de Néstor Kirchner el domingo pasado.

La renuncia de Graciela Ocaña no sorprendió a nadie porque la ministra de Salud se había ido hacía mucho tiempo del Gobierno y sus esfuerzos para hacerle entender a la Presidenta la magnitud del impacto por la Gripe A jamás tuvieron éxito. Ayer la siguió Ricardo Jaime y es probable que la sangría en la Casa Rosada no se detenga en ellos. Los cambios son bienvenidos porque significan aire nuevo y la admisión de que las cosas se estaban haciendo mal. Será difícil superar la cantidad de causas judiciales que el polémico secretario de Transporte tenía en su contra. Pero, más allá de los nombres de los reemplazantes, no hay que esperar cambios profundos en las políticas de los Kirchner. Primero porque les será muy complicado hallar dirigentes que quieran arriesgar su futuro formando parte de una gestión en decadencia. Y, además, porque los Kirchner ya han demostrado que cuando están en dificultades prefieren refugiarse en la gente de confianza que los ha acompañado hasta este presente sin futuro.

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