El cambio en cámara lenta

Por César González- Calero

A fuerza de leer a Gramsci o quizá sin haberlo leído jamás, los balseros cubanos han cultivado a lo largo de varias décadas ese pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad del que hablaba el pensador marxista italiano. Y traspasado el umbral del medio siglo de régimen unipartidista, continúan en lo suyo, descuartizando tablas y lanzándose al mar en cualquier cachivache para abandonar una isla en la que el cambio es más un estado de ánimo que una realidad.

Al tomar posesión como presidente del país, en febrero pasado, Raúl Castro prometió que los cambios estructurales de los que había hablado por primera vez en julio de 2007 se irían plasmando poco a poco. Pidió paciencia a los cubanos, pero algunos vaticinaron ya que 2008 sería el año del cambio en Cuba.

Pero el año se acabó sin más novedades que la eliminación de algunas "prohibiciones absurdas", en palabras de Raúl, como el acceso a los hoteles, la tenencia de teléfonos celulares o la compra de algunos equipos electrónicos a precio de oro. La entrega de terrenos baldíos en usufructo a campesinos y cooperativas fue, sin duda, la reforma de más calado, aunque, debido a las restricciones de la ley, todavía es pronto para saber si será provechosa.

El paso devastador de tres huracanes, que dejaron pérdidas por unos 10.000 millones de dólares, y la crisis económica internacional, que ha frenado el crecimiento de Cuba hasta el 4,3 por ciento, enterraron las iniciativas reformistas en 2008.

Hace unos días, Raúl Castro les dijo a los cubanos que el país no está para muchas alegrías, por lo que las "gratuidades y subsidios excesivos" pasarán a mejor vida. Y anunció que las "reformas estructurales y de concepto" se definirán en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), que se celebrará, tras seis años de retraso, en octubre de 2009.

Como solía ser habitual, será el Congreso del PCC el que marque las nuevas directrices políticas y económicas de los próximos años. De esa forma, el gobierno dilata un poco más las principales decisiones de un proceso de cambio que parece filmado en cámara lenta.

La reforma migratoria -la posibilidad de que los cubanos pudieran salir libremente del país y regresar cuando les plazca- parecía que iba a ser una realidad en 2008. El gobierno dio algunas pistas sobre su posible aprobación, pero finalmente no salió adelante. El Congreso del PCC podría afrontar esos cambios en la legislación migratoria, una de las principales reivindicaciones de la sociedad. El fomento de la iniciativa privada en pequeña escala y la legalización de la compraventa de viviendas son otras de las prioridades de la población, según ha podido constatar el régimen en encuestas y consultas.

Sin duda, el mayor desafío para Raúl Castro y el régimen será despejar la incógnita que se cierne del otro lado de la trinchera. La Habana no sabe todavía muy bien con qué clase de "enemigo" deberá enfrentarse a partir del 20 de enero, cuando Barack Obama se instale en la Casa Blanca.

Tanto Raúl como el presidente electo de Estados Unidos se han mostrado conciliadores e incluso predispuestos a reunirse y a dialogar. Raúl le ha pedido gestos a Obama. Y un gesto será, sin duda, la eliminación de las restricciones a los viajes a la isla y al envío de remesas que impuso el denostado George W. Bush. Obama ha prometido que suprimirá esas restricciones, pero también ha dicho que no levantará el embargo económico que rige sobre la isla desde 1962.

Una nueva etapa

La respuesta del régimen a ese primer gesto de la nueva administración de Washington será clave para calibrar si los dos enemigos irreconciliables están preparados para iniciar una nueva etapa en sus relaciones diplomáticas tras medio siglo de controversias.

La progresiva liberación de presos políticos (en la actualidad, hay unos 200 en la isla) sería el gesto que Obama esperaría a vuelta de correo. Pero las concesiones del régimen no pasan por una apertura política. El trueque que ofreció Raúl hace unas semanas desde Brasil (disidentes presos a cambio de cinco espías cubanos encarcelados en Estados Unidos) fue rechazado tajantemente por Washington.

Pero si en la agenda exterior el enigma Obama podría alterar los planes de Raúl Castro para 2009, en el interior de la isla todo está bajo control. Desde que Fidel Castro delegó el poder en su hermano, en julio de 2006, tras sufrir una grave enfermedad intestinal, Cuba ha vivido inmersa en algunos debates ideológicos (siempre supervisados por el PCC) sobre el futuro sistema político y económico que debería adoptar el régimen para sobrevivir.

Llámese chino o vietnamita, el modelo que han pergeñado en el Palacio de la Revolución pasa siempre por la misma ecuación: una inevitable apertura económica -cuyo alcance lo delimitará la propia coyuntura- y el mantenimiento del control político bajo la batuta del partido único.

Convertidas en un holding empresarial por Raúl Castro, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que controlan desde hace tiempo los sectores clave de la economía aplicando técnicas capitalistas, serán determinantes en ese nuevo escenario.

Hace 50 años, en Santiago de Cuba, Fidel Castro anunció ante una multitud espontánea, entusiasta y esperanzada que la revolución comenzaba en ese momento.

Hoy, del entusiasmo no hay ni el más mínimo rastro, y la esperanza se refugia en el pesimismo de la razón, en el optimismo de la voluntad.

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