Cambiante, polémico y ambicioso

Cambiante, carismático y controvertido, Manuel Zelaya pertenece a esa tradicional estirpe de líderes latinoamericanos que se consideran demasiado imprescindibles como para dejar el poder. Pero sus aspiraciones de reelección tuvieron un abrupto final, de la mano de una vieja práctica que se resiste a morir en esta región: la de los golpes de Estado.
Zelaya, o Mel, como prefiere ser llamado, asumió la presidencia de Honduras en 2006 como un conservador promotor de una democracia participativa. Seducido por el petróleo barato, giró casi inmediatamente a la izquierda y se unió al club de amigos del venezolano Hugo Chávez.

De nutrido bigote, aficionado a los caballos y con un estilo que recuerda más a un cowboy que a un mandatario -acostumbra usar sombrero de ala ancha y botas de cuero-, Zelaya en todo momento dejó entrever sus orígenes rurales.

Nació el 20 de septiembre de 1952 en Catacamas, en el departamento de Olancho. Hijo de un próspero hacendado, recibió una educación cristiana y abandonó sus estudios universitarios para dedicarse a los negocios familiares.

La polémica acompañó a su familia desde 1975, cuando tuvo lugar una masacre en una de sus fincas. Hasta fines de los 90, Zelaya combinó su carrera política con una exitosa actividad empresarial en las industrias agropecuaria y maderera.

Alternando lealtades en las filas del Partido Liberal, fue elegido diputado en 1985, 1989 y 1993, y alcanzó reconocimiento público a partir de 1994, cuando el entonces presidente Carlos Roberto Reina lo puso al frente del Fondo Hondureño de Inversión Social. Cinco años después intentó llegar a la presidencia, pero perdió en las internas del liberalismo. Se tomó revancha en las siguientes, al lograr la preciada candidatura.

"Urge el cambio; urge Mel", fue el eslogan de su campaña, que centró sus propuestas en la lucha contra las pandillas juveniles, la pobreza y la corrupción. A pesar de no ser un destacado orador, Zelaya, que se definió a sí mismo como un hombre "ajeno a los grupos de poder", con un estilo campechano y desestructurado, cautivó al 49,9% de los hondureños y ganó las elecciones presidenciales en diciembre de 2005.

Asumió como un tradicional hombre de familia, pero en cuestión de meses su imagen cambió dramáticamente. Con escándalos menores, como cuando una de sus hijas protestó públicamente porque no le dejaba tener novio hasta los 30 años, pero fundamentalmente por su inesperado giro a la izquierda y sus nuevos lazos con Chávez.

Con el fin de cumplir su promesa electoral de bajar el precio del petróleo, en enero del año pasado firmó el ingreso de Honduras a Petrocaribe, un programa energético venezolano. Meses después selló su alianza con Chávez, al incorporarse a la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA). Venezuela, en tanto, comenzó a colaborar en diversos proyectos sociales.

Zelaya levantó una fuerte polémica también al mostrarse favorable a la despenalización de algunas drogas, lo que despertó el recelo de Estados Unidos. Su imagen quedó empañada también al ser vinculado con un caso de corrupción. En ese contexto, se articuló un frente opositor dentro de su propio partido, cuya cabeza visible es el presidente del Parlamento, Roberto Micheletti, consagrado ayer presidente de facto. Al descontento por los crecientes lazos con la Venezuela de Chávez se sumaron la Iglesia católica, sectores del ejército y la justicia.

Su proyecto de reforma constitucional para introducir la reelección fue la gota que colmó el vaso. El Parlamento y la Corte Suprema intentaron frenarlo, pero fue demasiado tarde para que Zelaya diera un paso atrás. Fue entonces cuando los militares entraron en acción.

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