Cambia de protagonista el conflicto social

El conflicto social, expresado por organizaciones de desocupados enfrentadas con el Gobierno, sustituyó al conflicto laboral. El riesgo de que terminen siendo funcionales a una oposición reaccionaria. El pecado original del kirchnerismo.
El retorno a las calles de los movimientos piqueteros, las organizaciones de desocupados que se enfrentan al Gobierno, vuelve a poner sobre la mesa quizás el conflicto político más complicado de resolver para el gobierno nacional: la protesta social que se expresa por afuera de las estructuras de los partidos políticos y los sindicatos. Julio Godio, titular del Instituto del Mundo del Trabajo y asesor de la cartera laboral, ha venido analizando el fenómeno a través de una interesante serie de ensayos, y concluye que "el eje del conflicto se ha trasladado del plano laboral al social, con un nuevo componente político que son los movimientos de desocupados, que no son gente ajena al sistema, que baja de una montaña, sino que nacen del corazón de la clase obrera, porque son hijos de familias que conocieron el pleno empleo y el salario digno". Este nuevo actor político, que no encuentra expresión dentro de las estructuras políticas tradicionales, amenaza con generar un clima de inestabilidad "que lo lleve a establecer alianzas tácticas con el bloque de oposición de la derecha conservadora, con el objetivo de desarticular al kirchnerismo, como se ha visto en el conflicto del campo (por las retenciones a las exportaciones agrícolas, del año pasado)". En ese contexto, el desafío del Gobierno sería el de "superar un estado de confusión, en el que no define si su estrategia política pasa por el PJ, el apoyo de los sectores transversales o, simplemente, el apoyo de un buen número de sindicatos a través de la CGT, que por sí solo no alcanza".

El escenario político que le quedó frente a sí al Gobierno, tras el enfrentamiento con la dirigencia empresarial agraria a partir de marzo de 2008, y el resultado de las elecciones del 28 de junio pasado, marca un grado de conflictividad que no se condice con la situación económica que marcan los datos de la producción, el empleo, los ingresos y demás indicadores básicos. Sin embargo, se percibe un creciente grado de conflictividad y descontento.

Las estadísticas que maneja el Ministerio de Trabajo, sin diferencias sustanciales con las organizaciones privadas que hacen seguimiento del mercado laboral, es que el nivel de conflictividad laboral es relativamente bajo respecto de los últimos años. Mejoró la situación del empleo respecto de los años anteriores, incluso ya casi en niveles previos al impacto de la crisis internacional. La evolución salarial no se ha visto afectada y los ajustes anuales por paritarias, en general, brindan algunos puntos de mejora respecto de las estimaciones de inflación, aun de las elaboradas por fuentes privadas. Pero hay desocupados en las calles, la pobreza se exhibe en público y más de una docena de organizaciones sociales coincide en las manifestaciones anunciando "el recrudecimiento del conflicto social por irresponsabilidad del Gobierno".

¿Dónde está la explicación de esta dicotomía? Un elemento que podría ser parte de una explicación es la pérdida de representación de las organizaciones tradicionales. O, para ser más precisos, la incapacidad de contención en esas organizaciones para los nuevos movimientos sociales. En una charla en Visión 7, por la televisión pública, Julio Godio refería esta última semana que, pese a la reversión de los niveles de desempleo superiores al 20 por ciento de fines de los ’90, quedan aún importantes bolsones de desempleo y de pobreza en zonas urbanas que buscan organizarse y expresarse, aunque no encuentren espacio en los partidos y sindicatos tradicionales. "Es un componente nuevo, el movimiento de desocupados no está en el resto de América latina", describe el sociólogo especializado en temas laborales.

Otro fenómeno propio del mercado laboral, que se liga y potencia al anterior, es la presencia del trabajo en negro como fenómeno reciente pero persistente. La tasa de trabajadores no registrados hoy cuadruplica la tasa media que nuestro país conoció hasta los ’60 o los ’70 (pasó del 10 al 40 por ciento).

Un tercer factor significativo es un cambio "generacional" observado en la estructura del mercado laboral, no ajeno al cambio en las características de la conflictividad. "El 60 por ciento de los asalariados actuales son trabajadores incorporados al mercado a partir de 2003", sorprende Godio con el dato. "Hoy hay 2,5 millones de jóvenes menores de 30 años en el conjunto de trabajadores asalariados, muchos de ellos sindicalizados, con otra conciencia, con otras inquietudes, muy distintas a las de los trabajadores de los ’70, incluso de los ’80", agregó el sociólogo. Inquietudes que van más allá de las reivindicaciones gremiales típicas: reclaman respeto a sus opiniones, el derecho a la diversidad, profundizar la democracia en los diferentes ámbitos de participación y, por fuera de sus propios ámbitos, para la sociedad en general, que haya menos pobreza. Nuevas dirigencias gremiales, como las de los subtes o las de Kraft-Terrabussi, surgen de esas nuevas camadas.

"No son necesariamente pertenecientes a partidos de izquierda tradicional, trotskistas o comunistas, muchos vienen de origen peronista, pero encuentran vías de expresión junto a los primeros y allí aparecen", responde Godio a la pregunta de su afiliación política. Sean de una "izquierda dura" o no, se agrupan y emergen de la mano de esas expresiones como única forma de hacerse oír.

¿Qué peso político pueden tener estas nuevas expresiones? ¿Y a qué platillo de la balanza aportarán? Según Godio, un "riesgo" que corre el Gobierno y la "estabilidad" del sistema político es que los movimientos sociales de desocupados lleguen a las puertas de las fábricas y terminen provocando un "efecto demostración", que la lucha efectiva se da en las calles. Y que ahí recojan el acompañamiento de esos "nuevos sectores sindicales" no representados en los sindicatos tradicionales.

"El peligro está en que estos movimientos de desocupados y los nuevos sectores sindicales terminen coincidiendo en un antikirchnerismo que, en su afán de desarticular al Gobierno, los lleve a alianzas tácticas con el bloque de oposición de derecha conservadora, que es la que hoy confronta poder real con el kirchnerismo. Esa alternativa ya se vio con ciertos sectores de izquierda en el conflicto rural, porque creen que la derrota al kirchnerismo les va a facilitar la llegada al poder: es patético", concluye Godio.

Pero tampoco rehúye de señalar la responsabilidad que le cabe al kirchnerismo en este corrimiento de la izquierda hacia una coincidencia táctica con la derecha conservadora. "El kirchnerismo tuvo la responsabilidad de salir de una situación gravísima, sacar al país de las reglas del Consenso de Washington. Néstor Kirchner lo encaró desde arriba, desde el gobierno, y fue exitoso, pero no lo hizo sobre una base social de apoyo, creando una organización política de masas que apoyara los cambios", advierte.

Esa carencia tampoco fue cubierta en los años posteriores. No hubo una construcción sociopolítica de sustento que abarcara a todos los sectores que apoyan o hubieran apoyado esas transformaciones. Hoy, con una derecha conservadora sin proyecto que la unifique pero con una clara convicción compartida de desgastar al Gobierno, sumado a múltiples sectores sociales sin correlato político propio pero "disponibles" para la presión opositora, el Gobierno se arriesga a que aquella carencia de construcción original le pueda pasar factura.

Comentá la nota