Calderón fue acorralado por el PRI

El presidente mexicano se aferra a la democracia de mercadotecnia en la que no se expone a la crítica de un Congreso mayoritariamente opositor. Cumple con el ritual de informar el estado que guarda la nación, pero no rinde cuentas ni da la cara.
De un manotazo, la nueva realidad política del país hizo ver al presidente Felipe Calderón cuán sometido estará en la segunda mitad de su gobierno. Derrotado en las elecciones intermedias, sometido a la nueva mayoría legislativa del PRI, y sin nada halagüeño que informar, optó por la mercadotecnia para aparentar que el país no se le ha deshecho en las manos.

Ni siquiera pudo recurrir al boato para simular una legitimidad que la sospecha ciudadana le ha escatimado desde que fue declarado ganador de las elecciones presidenciales de 2006, en medio de graves acusaciones de fraude electoral, y debió recular y posponer la ceremonia privada en la que ayer daría lectura a su tercer informe de gobierno. La desmesurada estrategia publicitaria de Los Pinos fue literalmente aplastada por el poder de la mayoría del PRI en la Cámara de Diputados, que lo obligó a suspender la ceremonia que Calderón y la elite de sus colaboradores tenían preparada en Palacio Nacional para la mañana del 1° de septiembre. Fue apenas una muestra del nuevo orden político nacional: en el futuro inmediato, el poder no va a estar en la residencia presidencial sino en el Palacio Legislativo.

A cambio de eso, mediante spots de televisión y un elevado gasto para contratar los servicios de un call center, la administración de Calderón realizó cientos de miles de llamadas telefónicas para difundir lo que, para el oficialismo, es la realidad del país.

Calderón se aferra a la democracia de mercadotecnia en la que no se expone a la crítica de un Congreso mayoritariamente opositor ni a las huestes de manifestantes que habrían protestado a su paso. Cumple con el ritual de informar el estado que guarda la nación, pero no rinde cuentas ni da la cara.

En contraste con el apabullamiento mediático para difundir su versión de país, el México de Calderón es muy otro del que viven 55 millones de personas en la pobreza extrema, un eufemismo tecnocrático para decir que 51,4 por ciento de la población está sumida en la miseria y es el caldo de cultivo de un estallido social que no pocos advierten que está por ocurrir.

Y así, el resto de los indicadores: mientras la inflación repunta, el PIB baja 10,3 por ciento; el desempleo se dispara a 6,1 por ciento; se desploman las remesas de los migrantes, la exportación de petróleo y las reservas del Banco de México. En apenas dos años y nueve meses de administración calderonista, el país está militarizado y convulsionado por la violencia y el desplome económico es histórico y brutal: en 2009 la economía mexicana ocupará el último lugar en América latina y uno de los más bajos en el mundo.

Pero la propaganda del oficialismo no tiene límite, al grado de inventarse seis millones de mexicanos que no existen, para darles cobertura de salud. Y es que, según Calderón, "hoy, gracias a que se ha triplicado el presupuesto del Seguro Popular en tres años, diez millones de familias que no pertenecen al Seguro Social o al Issste ya pueden tener un seguro que cubra sus gastos médicos y tengan los servicios de salud que se merecen, sin tener que endeudarse". Pero las estadísticas oficiales dicen que cada familia mexicana se integra por 4,3 personas, en promedio; entonces, si el Seguro Popular "atiende" a 10 millones de familias, el IMSS a 13,9 millones y el Issste a 2,5 millones, resulta que más de 113,5 millones de mexicanos tienen "cobertura universal de salud", aunque oficialmente el país esté habitado por poco más de 107 millones.

Aun así, hoy Calderón presentará su visión optimista sólo con los suyos en el Palacio Nacional, igual que lo hizo en 2007, y se preparará para iniciar el año de festejos por el bicentenario de la independencia nacional y el centenario de la Revolución Mexicana.

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