La caja y las reglas de la democracia

Por Damián Glanz

El jueves 30 de mayo de 2002, el entonces gobernador Néstor Kirchner recibió una lección de quien sería, unos meses más tarde, su padrino electoral.

Aquel día, el otrora presidente Eduardo Duhalde enseñó hasta qué punto la caja que se maneja desde Olivos es la verdadera barrera que divide al oficialismo de la oposición en la Argentina. Esa tarde, durante el debate en el Senado sobre la derogación de la Ley de Subversión Económica, y por orden de su gobernador, la rionegrina Amanda Isidori abandonó su banca y le garantizó a la Casa Rosada la sanción de una norma que exigía el FMI. Pablo Verani, como los demás gobernadores, negociaba por esas horas el rescate de los bonos provinciales que les permitiera cubrir los déficits distritales. No fue la bandera radical, el mandato popular o el resultado de una elección lo que le permitió a Duhalde contar con esa ley. Fue la caja.

Desde el día en que llegó a la Presidencia, Kirchner utilizó la promesa y la distribución de fondos, cargos y obras como elemento para lograr el quórum y los votos que necesitaba en el Parlamento. La estrategia que sólo falló en la madrugada del "voto no positivo" también fracasó ayer. Hay un motivo: los bloques políticos que más crecieron después de las elecciones del 28 de junio en la Cámara de Diputados no están atados a la gestión de ningún gobernador. Están apartados de las presiones de la caja.

La matemática parlamentaria es sencilla. El reglamento del Congreso establece que la integración de sus comisiones debe respetar las proporciones que se expresan en el cuerpo. No es un capricho: en tanto casa de los representantes, el diseño institucional del Parlamento supone que cada uno de los cuerpos colegiados que lo integran debe expresar las voces que surgieron de las urnas.

La fallida intención de la Casa Rosada de avanzar sobre esa regla básica del sistema representativo suponía un intento por violar la independencia de poderes. Se apoyaba el oficialismo en la advertencia de sus voceros de un supuesto propósito de los partidos de la oposición de "desestabilizar" o "debilitar" al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Lo que el oficialismo quería obviar era otro supuesto fundamental de la democracia: cuando el Poder Ejecutivo pierde la mayoría está obligado a conceder, a dialogar, para obtener los consensos necesarios para legislar.

El desenlace de la sesión preparatoria de ayer de la Cámara de Diputados no fue más que la expresión del cachetazo electoral que sufrió el Frente para la Victoria en las elecciones de junio. Y la decepción del matrimonio presidencial respondió a que por primera vez desde aquel día comenzaron a vivir la derrota.

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