Sin caja, el gulag de Kirchner no resiste

Por Carlos Pagni

"¿Por qué antes de hacer el anuncio no nos preguntaron si teníamos la plata?", se quejó Amado Boudou ante un amigo, funcionario como él, cuando se enteró de que en Olivos habían dispuesto un pago extra de 200 pesos para los jubilados. La Anses tuvo que hacer malabares para conseguir los 800 millones para ese adicional. En la caja había apenas 1000 millones (con otro destino, claro).

El caso de Boudou es uno entre tantos. Otra vez el Gobierno tomó una decisión irreflexiva. Sergio Massa, el jefe de Gabinete, advirtió a los Kirchner que la oposición pensaba canjear el quórum para derogar la "tablita de Machinea" por un adicional de 400 pesos para los jubilados. El esposo de la Presidenta pensó en ganarle de mano y ordenó un suplemento por la mitad. Boudou se enteró por la radio. Lo mismo le había sucedido a Claudio Moroni, el jefe de la AFIP, con el blanqueo: debió archivar su proyecto cuando le avisaron que en El Calafate ya habían hecho uno.

Boudou tiene motivos para andar a los saltos. Desde hace dos meses su caja ha salido en auxilio de empresas, bancos y fideicomisos desahuciados. Son solicitudes presentadas en la Anses o remitidas por "El hombre de los pantanos" (es la denominación en clave de Massa, ex intendente de Tigre, en las conversaciones telefónicas entre funcionarios).

Además de atender emergencias por la falta de crédito, la Anses padece la caída de ingresos de todos los organismos públicos. En el PAMI, por ejemplo, los recursos son 20% menores que los del mismo mes de 2007. La recaudación fiscal cayó un 17% interanual en noviembre y en diciembre promete seguir la tendencia.

Por eso, Juan Carlos Pezoa, desde Hacienda, golpeó a la puerta de Boudou para pedirle 2200 millones de pesos. El fin de año es fatídico para los tesoreros porque aumentan los egresos por el pago de aguinaldos. Pezoa hizo su pedido a comienzos de la semana pasada. Hasta el jueves Boudou contaba con poco más de 1000 millones. Imposible ayudarlo.

El Estado llega a las Fiestas con los bolsillos flacos. Los ministros recibieron hace 10 días una circular que anticipaba que sólo recibirán fondos para cubrir 70% de los gastos adicionales que les autorizaron en septiembre.

La tormenta internacional es una excusa ideal para justificar estos sobresaltos. Pero el argumento es falso o, por lo menos, incompleto. La historia de la segunda administración Kirchner es, en gran medida, la historia de sus problemas fiscales. Si cuesta advertirlo es porque el discurso oficial se ha encargado de disimular las deficiencias de caja: Néstor Kirchner sabe que la obediencia que concita se debe a que la corporación política lo supone un hombre de recursos.

Las acciones del poder indican otra cosa. Antes de que la Presidenta asumiera, su esposo había aumentado las retenciones y las tarifas en un impuestazo equivalente al que la Alianza había decretado en 2000. Entre marzo y julio, el Gobierno sacrificó un 30% de imagen positiva por los 2000 millones de dólares que les prometían las retenciones móviles. Cuando fracasó, se endeudó con Hugo Chávez a una tasa del 15%. La escasez obligó a los Kirchner a deponer su intransigencia con los fondos buitres: la crisis financiera los encontró reabriendo el canje con los holdouts con tal de conseguir 2500 millones de dólares en efectivo, que no llegaron. Conclusión: las columnas sobre las que se sostenía la prosperidad del Gobierno ya mostraban fisuras graves antes de la hecatombe mundial. Por eso el oficialismo debe encarar la recesión de la peor manera, realizando un ajuste fiscal. La economía se desacelera, pero el Tesoro sustrae recursos allí donde los hubiere: ahorros previsionales, dinero negro de ahorristas, impuestos impagos.

El manejo de los recursos

Ahora, los funcionarios apuestan todo a los fondos de la Anses y a su recaudación futura.

Massa y Boudou todavía no se pusieron de acuerdo acerca de quién va a manejar esos recursos. El jefe de Gabinete apuntala al superintendente de las AFJP, Sergio Chodos, quien ya armó varios fideicomisos con el soporte, al parecer indispensable, de una consultora del microcentro porteño.

Tal vez esa disputa de jurisdicción no merezca una pelea. No sólo porque el impacto de los programas que se anuncian es pequeño. También porque aparecen esos problemas de implementación que son la marca del Gobierno. Por ejemplo, la promesa de créditos blandos -si se puede llamar así a uno que lleva una tasa del 15%-, para comprar electrodomésticos, hizo que, a la espera de nuevas ventajas, bajaran las ventas navideñas en las casas del ramo. Un efecto similar tuvieron las facilidades para comprar autos que, en general, se fabrican en Brasil.

El torniquete fiscal profundiza la dinámica recesiva de la economía y ésta, a su vez, deteriora la recaudación. El problema es relevante, porque para no caer derrotados en 2009 los Kirchner dependen de gobernadores, intendentes y sindicalistas que sólo piden dinero. Esa gente comenzó a estar intranquila. El viernes pasado, según un informe que llegó a La Plata, hubo que desbaratar algunos incidentes en supermercados del partido de Moreno.

A Hugo Moyano le negaron, el jueves pasado, el refuerzo salarial de 500 pesos. Ni la Nación ni las provincias podían pagarlo. "Nos hace pelear con todos, ¿adónde nos quiere llevar?", despotricó el camionero ese día ante tres dirigentes del PJ, en el Teatro Argentino de La Plata. Hablaba de Kirchner.

Scioli, angustiado

Daniel Scioli está angustiado porque las cuentas no le cierran. Envió a su hermano a tomar la temperatura del conurbano. José Scioli volvió con el mensaje de varios intendentes: "Vamos a los actos, ponemos las banderas, pero no recibimos nada. La gente comienza a estar nerviosa por los precios y la falta de trabajo. Empezamos a mirar a otras figuras". Scioli teme a una: Felipe Solá. "El conoce la provincia, él sabe dónde pegar", suele decir el gobernador.

Kirchner no parece haber tomado nota de este clima. Se muestra más que confiado en que ganará las elecciones. A Jorge Capitanich, en Olivos, le confesó la semana pasada que piensa presentarse como candidato en la provincia de Buenos Aires. Aunque evalúa otras opciones. La principal, Massa.

Ese proyecto electoral depende de la adhesión de una dirigencia subsidio-intensiva. Los otros aliados, los que consumían capital simbólico, están abandonando el barco de a poco. El último en hacerlo fue Miguel Bonasso, la semana pasada, cuando confesó haber descubierto que "el kirchnerismo no pudo superar la vinculación entre política y negocios por la que estalló la crisis de 2001". Bonasso sigue los pasos de otros desencantados: Julio Cobos, Aníbal Ibarra, Martín Lousteau, Luis Juez, Alberto Fernández, Felipe Solá.

De pronto los diarios se están poblando de los testimonios de dirigentes que -con un poco de demora, es verdad- han decidido contar los rigores que debieron soportar mientras estuvieron atrapados en el gulag kirchnerista.

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