Caja, PAF, autopista y después (octubre)

Con un horizonte financiero más despejado y con una posible distensión en la cuestión agropecuaria, a Schiaretti se le puede hacer más fácil encarar las elecciones de octubre. Según una encuesta que publica hoy LA MAÑANA, más del 60% de la población aprueba su actuación en aquel conflicto, con niveles similares a los que presentan Binner y Reutemann, dos “mimados” por la prensa nacional.

La escena transcurre en Villa María el jueves 5 de marzo. Hay importantes anuncios. El gobernador pone cara de circunstancias. La Presidenta firma un acuerdo por el que la Nación le refinanciará 600 millones de pesos a través del Plan de Asistencia Financiera (PAF). La concurrencia aplaude. Juan Schiaretti sonríe. En su fuero íntimo, sabe que es la tercera batalla que le gana a los K. Una escaramuza más en esta especie de conflicto de baja intensidad que vive con la Casa Rosada desde su accidentada elección en setiembre de 2007.

A pesar de la magnitud del logro, deleita su victoria con sobriedad y recato. Nunca debe notarse demasiado su satisfacción: ésta es la clave para mantener la iniciativa dentro del marco de “tensión creativa” con el que ha aprendido a tratar al poder K (...)

El conflicto y el ajuste

Hace un año atrás, el país se sorprendía con el dictado de la Resolución 125, complejo artificio del entonces ministro Martín

Lousteau para incrementar la caja nacional mediante retenciones móviles a la soja. El rechazo del sector rural no se hizo esperar, al punto tal de marca un verdadero hito en la historia argentina. Como una suerte de bisagra, la algarada forzó a inesperados realineamientos en todo el arco político, algo a que gran parte de la dirigencia no estaba acostumbrada. O se estaba a favor del gobierno y en contra del campo, o se encolumnaba tras el sector rural en contra de la Presidenta. La opción era de hierro e implicaba fuertes costos políticos para los protagonistas, cualquiera fuese el camino que se tomase.

De todos los gobernadores argentinos, era quizá el cordobés el más vulnerable. Las temerarias denuncias de fraude desparramadas por Luis Juez y la precaria situación de las finanzas provinciales lo situaban previsiblemente dentro del campo de los “Cristino-dependientes”. Sin embargo, existía un componente electoral en la base misma de su poder relativo que agregaba una buena dosis de aleatoriedad a aquella primera aproximación: Schiaretti había sido ungido -fundamentalmente- por el interior provincial, a despecho de la Capital que había sufragado mayoritariamente por Juez. Y era el interior el colectivo geográfico más golpeado por el sistema de retenciones móviles proclamado por la Nación.

¿Apoyar a la Presidenta y salvar la Caja o apoyar al campo y salvar la legitimidad política? Sin dudas, una disyuntiva más propia de Hamlet que de un gobernante peronista estándar pero, presionado por los acontecimientos y maliciando una especie de “cambio de época”, Schiaretti se inclinó tempranamente por la segunda opción. Ante tamaña afrenta, la reacción del gobierno nacional fue glacial, con el previsible congelamiento de todos los fondos destinados a Córdoba. Cercado, el gobernador dobló la apuesta, denunciando “discriminación”. Al poco tiempo, recogía un sinnúmero de solidaridades en la opinión pública a lo largo y ancho del país. La iracundia presidencial lo había transformado en un referente nacional.

Era común en aquellos meses preguntarse cuándo estallaría la provincia. Se suponía que la inesperada declaración de independencia del gobernador conllevaría la simétrica represalia económica, privando a Córdoba de los recursos necesarios para honrar sus obligaciones. Pero el hombre decidió romper el paradigma impuesto por su antecesor y aumentó los impuestos propios como forma de salvar las finanzas públicas. Para ello se enancó sobre el argumento de ser víctima de una injusticia y justificar en ello un importante incremento en el Impuesto a los Ingresos Brutos. También redujo las jubilaciones mayores que pagaba la Caja, señalando que si la Nación enviaba lo que debía, las medidas remitirían. En general, salvo el acostumbrado solipsismo del Suoem y de Luz y Fuerza, la sociedad aceptó como inevitables estas decisiones. Como corresponde, endosó el ajuste a las cuentas presidenciales. Había ganado la primera batalla.

Segunda escaramuza

El aumento de impuestos y la reducción de jubilaciones le habían permitido ganar tiempo, pero en absoluto solucionaban la necesidad de fondos nacionales anteriormente comprometidos y nunca enviados. Por aquellos tiempos, muchos analistas vaticinaban que, consumidos los nuevos ingresos, la crisis era inevitable.

Nunca compartimos aquellos pronósticos, y así lo escribimos. Creíamos que la Presidenta se compraría un problema mayúsculo si Córdoba estallaba por culpa de su ánimo de venganza y que, además, esto contribuiría decisivamente a dinamitar cualquier puente con su esquivo electorado. Además, el matrimonio gobernante no tenía más opción que mantener algún vínculo con el PJ, dado el raquitismo del armado del Frente para la Victoria “ortodoxo” en la provincia.

Finalmente, y como se predijo desde LA MAÑANA, llegó el acuerdo. Sin demasiada estridencia, la Nación se avino en financiar el déficit de la Caja de Jubilaciones, el gran talón de Aquiles de cualquier gobernador de Córdoba. No obstante con demoras, los fondos nacionales volvieron a fluir por las resecas venas del Estado cordobés. Al fin se habían alejado los fantasmas de la implosión. Schiaretti había vuelto a ganar, aunque se cuidara prudentemente de jactarse sobre victoria alguna: como nadie, había comprendido la quintaesencia del pensamiento íntimo de los K.

Autopistas y anuncios

La firma del PAF cierra el camino trazado por el gobernador, tras el dilatado conflicto con el campo. Y llega en el momento oportuno, pues por primera vez en meses se percibe luz al final del túnel entre el gobierno y los ruralistas. Esto significa, por ejemplo, que Buzzi deje de requerirle, en lo inmediato, “mayor compromiso” con sus demandas; también, que cederán sustancialmente los requerimientos seriales de mediaciones varias sobre los gobernadores más moderados, entre los que se cuenta Schiaretti. A nadie le gusta dormir todas las noches al lado de una bomba de relojería. Viene bien un poco de relax.

Con un horizonte financiero más despejado y con una posible distensión en la cuestión agropecuaria, a Schiaretti se le puede hacer más fácil encarar las elecciones de octubre. Según una encuesta que publica hoy LA MAÑANA (ver nota aparte), más del 60% de la población aprueba su actuación en aquel conflicto, con niveles similares a los que presentan Binner y Reutemann, dos “mimados” por la prensa nacional. Además, y si se toma en cuenta que apenas el 10% de los entrevistados en aquella muestra aprueba el recurso de cortar las rutas para sostener el reclamo del campo, es evidente que la opinión pública desea privilegiar la prudencia. Y en esto, el gobernador es el campeón del peronismo nacional.

De ninguna manera, esto significa que la estrategia electoral esté resuelta. Como el kirchnerismo provincial es apenas una metáfora, todo señala que será el PJ el encargado de representar los intereses de la Presidenta. Sin embargo, el peronismo cordobés es un caleidoscopio de diferentes actitudes, en donde opera una suerte de pensamiento crítico para con el matrimonio presidencial. Fiel a la tradición que quien gobierna es el jefe partidario, Schiaretti deberá hacer frente al desafío de convencer a sus compañeros que deberán acompañar a la Casa Rosada con eficiencia electoral pero sin panegírico alguno. Algo así como pronunciar el “sí, quiero” frente al cura, pero sin el beso a la novia. La empresa es complicada pero, con el PAF firmado, las piedras en el camino pueden sortearse con mayor facilidad.

(...) El gobernador saluda al jet que lleva la Presidenta rumbo a Buenos Aires. Se queda con 22 kilómetros de autopistas y el compromiso de 600 millones. No es un epílogo tan malo después de haber desafiado a la hegemonía K durante casi un año. Pero -como siempre- festejará en privado.

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