Cafiero: "A los gays no los queríamos ni en el partido"

Cafiero:
El ex gobernador bonaerense ya es patriarca dentro del peronismo. Su única novia fue su esposa de toda la vida: tiene diez hijos y 41 nietos.
Cuando se cumplieron los 50 años del 17 de octubre de 1945, el dirigente peronista Antonio Cafiero encargó que pintaran un mural de la famosa imagen de “las patas en la fuente” en una de las paredes del jardín de su caserón de San Isidro. A pocos metros de allí asoma una gran cancha de fútbol, que bautizó “La Bombonera-Monumental” para evitar el enojo de sus hijos gallinas. Lo que antiguamente había sido una capilla se transformó en su espacio de trabajo, custodiado por dos grandes armaduras. Aún quedan figuras de santos, vírgenes y cruces en una especie de altar, y hay numerosos souvenires de distintas partes del mundo. Su mayor tesoro lo guarda en un cuarto de la casa estilo colonial. Dentro de un mueble de madera conserva el saco que el general Juan Domingo Perón usó en su último discurso antes de morir.

–¿Si tuviera que escoger un momento de su vida, cuál elegiría?

–La mejor época de mi vida política fue cuando fundé de la nada lo que se llamó la Renovación peronista. Después de nuestra derrota en las elecciones que ganó Alfonsín en el 83, me tocó la tarea de reconstruir el partido peronista. Tuve que enfrentar no sólo al gobierno de ese entonces, sino a los dirigentes del peronismo, que habían llevado al partido a la derrota.

–¿El mejor momento de su vida política coincide con la mejor época de su vida a nivel personal?

–No. Desde el punto de vista personal, el mejor momento fue cuando me casé con mi mujer: Ana Goitía. Antes los noviazgos no eran como ahora, porque la relación entre el hombre y la mujer era de otro modo. Si mi mujer se levantara de la tumba, se volvería a morir. Yo me eduqué en una moral muy religiosa. Era y soy católico, entonces eso me ordenaba la vida.

–¿Cuándo se casó, hizo fiesta?

–¡Claro! Fue una fiesta muy común. Estaban mis amigos, los amigos de mi mujer y nuestras familias. No fue de esas fiestas de ahora que se invitan personajes de la farándula. Yo era y sigo siendo muy familiero. Los domingos hay sesenta o setenta personas comiendo acá. Tengo diez hijos, cuarenta y un nietos, según el último parte.

–¿Tuvo diez hijos por una cuestión religiosa?

–Cuando la conocí a mi mujer le dije: “Me voy a casar con vos y vamos a tener doce hijos”. Fueron diez. Y la verdad es que después yo siempre me dediqué a la política y ella a cuidar los hijos. Era muy común tener muchos hijos en ese entonces. Formo parte de la generación de la inmediata posguerra, que tenía la idea de la familia numerosa porque habían muerto 50 millones de personas en la guerra.

–Cuénteme cómo son los almuerzos familiares de los domingos.

–Empiezan a llegar a las diez y media u once y se van acomodando. Después hacemos el asado y comemos.

–¿Quién hace el asado?

–Hay dos muchachas que hacen el asado. Y algunos yernos míos colocan unos chorizos en el asado.

–¿Cómo es la relación con sus nietos?

–Buena. Vivimos en dos mundos y culturas diferentes, hasta diría dos civilizaciones diferentes.

–¿Qué no entiende de esta época?

–La computación, por un lado. Y después veo cosas que son inimaginables hace cincuenta años. Por ejemplo, hoy hay mucha más liberalidad en lo sexual entre una chica y un chico.

–Mencionó dos veces que le cuesta entender la “liberalidad en lo sexual” entre un hombre y una mujer, ¿qué piensa de la homosexualidad?

–Mis hijos me critican acerbamente porque tengo una posición antigua ante la homosexualidad. Me eduqué en una cultura donde la homosexualidad era vista como un fenómeno raro y hasta despreciable. Las lesbianas ni sabíamos que existían. Ahora me doy cuenta de que había una especie de discriminación.

–¿Sabía que existe una agrupación llamada Putos Peronistas?

–¿Ah, sí? Para mí eso es una novedad... Pensar que los peronistas los corríamos, no los queríamos ni en el partido ni en la amistad. Comprendo que todo eso se haya superado, pero a mí me quedan todavía algunos resabios y se me escapan algunas veces en la mesa y mis nietos me critican.

–¿De qué se conversaba en la mesa de su casa cuando era niño?

–Soy de una familia de italianos. Mis padres venían de Sorrento. Se hablaba mucho sobre lo distinta que era la vida en Italia. Contaban maravillas de esas tierras. Después, viajé para allá y esas maravillas existen pero no tanto como ellos exageraban. Otro tema que se hablaba estaba vinculado a que por ese entonces Italia quería ser una potencia mundial y mis padres y abuelos eran un poquito partidarios de eso. Yo no. En Italia estaba el fascismo y yo era antifascista. Se armaban grandes discusiones en casa y un día critiqué la política imperialista de Italia y de Mussolini y de repente mi abuelo, sentado en la cabecera de la mesa, me tiró el plato de tallarines en el pecho. Me dijo: “¡Tuo sei un traditore al sangue italiano!”. Mi madre lloraba y mi padre me quería matar. Fue un gran despelote. Había otro tema del que se hablaba: la música. Yo vengo de una familia muy musical. Mi madre tenía un conservatorio, donde enseñaba piano y violín.

–¿Usted tocaba algún instrumento?

–Llegué hasta el tercer año de violín. Después cambié el violín por el bombo. Llegó la época del bombo y dejé el violín y me dediqué a tocar el bombo. Me acuerdo de que una de las chicas que venía a aprender el violín era bastante mona y yo le eché el ojo, pero después dije: “No, una que toca el violín no es de las mías. Si hubiera venido a tocar el bombo todavía, pero no, toca el violín. Debe ser de la oligarquía”. (Risas)

–¿Qué lo inquietaba de niño?

–Me empezó a inquietar lo que después se transformó en vocación política. Lo que me angustiaba era ver la pobreza. Comencé a descubrir el mundo de las desigualdades y eso me creó una noción idealista de la vida. Por eso me fue tan fácil adherir al peronismo. Cuando era más pequeño, me inquietaba Boca Juniors.

–¿Cuál era su juguete favorito?

–Juguete no tenía, pero armaba sobre la mesa del comedor un fútbol de mesa con botones y frascos vacíos de las cremas que se ponía mi madre en la cara. Inventaba jugadores y los hacía jugar en la mesa hasta que un día mi viejo me lo prohibió. No sé por qué, pero no quería. Los botones eran como la pelota de fútbol y cuando mi madre tenía un frasco más importante yo esperaba que lo terminara para incorporarlo al equipo.

–¿Alguna vez le vació un pote de crema para acelerar la “incorporación de un frasco al equipo de fútbol”?

–¡Sí, también!

–¿En qué barrio vivía?

–Nací en San Telmo pero me crié en Constitución, Pavón esquina Pasco. Fui un pibe de la calle, alguno de los chicos con los que jugaba fueron después delincuentes conocidos.

–¿Quiénes?

–No importa. No le voy a decir. Eran pibes chorros, como le dicen ahora. En el barrio se armaban grupos que peleaban contra otras barras para conseguir el potrero donde íbamos a jugar al fútbol. Pasó el tiempo y me convertí en ministro de Comercio de la Nación. Un día, mi secretario me dijo que había un muchacho que decía que me conocía del barrio y que era parte de mi banda. Le dije que lo hiciera pasar. Lo reconocí enseguida. “¿En qué te puedo ayudar?”, le pregunté. “Mirá, Antonio, a mí en la vida me ha ido mal. Estuve preso y me soltaron hace poco pero estoy sin trabajo. ¿No me podrías conseguir un trabajo?”. Llamé al jefe de personal y le dieron un empleo de chofer. Pasaron dos o tres meses y el jefe de automotores me pidió una audiencia y me dijo: “Ministro, acá se están robando los repuestos y las herramientas y el que capitanea esa banda es el amigo suyo”. (Risas). En ese momento, pedí que lo despidieran.

–¿Qué marcó su adolescencia?

–No sé. No era mujeriego ni bailador. Mi mujer fue la única novia que tuve. De la adolescencia me acuerdo del barrio y de los amigos. Yo era un caso especial allí porque nadie estudiaba. “El hijo de la profesora estudia y trabaja” comentaban las señoras en el barrio.

–¿De qué trabajaba?

–Con mi padre, que tenía un puesto de frutas. Tenía un puesto al por mayor en el Abasto y uno al por menor en la calle Corrientes. ¡Yo vi hacer el Obelisco! La librería más importante de la calle Corrientes era Palumbo, que era un viejo italiano que andaba totalmente desaliñado, y me hice amigo de él. Llegamos a un acuerdo: le cambiaba fruta picada por libros usados. Así empecé a hacer mi biblioteca.

–¿De qué disfruta hoy?

–No tengo respuestas muy acabadas. Me gusta una buena película, una buena obra de teatro o ir a la ópera. Últimamente no hay ninguna película buena. Las italianas eran muy buenas. Me encantaban Sofia Loren y Gina Lollobrigida. Son muy superiores a las mujeres que aparecen ahora.

La billetera del caballero

En su billetera tiene la cédula de identidad, una tarjeta de crédito, una credencial de asistencia al viajero y 22 pesos.

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