Los cadáveres se apilan en las calles y ya hay saqueos

Desde Haití, el relato del horror. Miles de haitianos deambulan como zombies y aún buscan a familiares entre las ruinas. Anoche, la gente cortaba las rutas con cuerpos para pedir comida y ayuda urgente. Temor por brotes violentos.
De pronto se siente un temblor, dura un segundo y es leve, pero la sensación es de un mareo indescriptible. Ese movimiento pasó ayer en el mismo horario en que se produjo el gran terremoto del martes 12 en la capital haitiana. Los que estábamos en lugares cerrados salimos corriendo hacia el exterior a ver qué ocurría. Literalmente, me pasó por debajo de los pies.

Los cuerpos aún siguen en la calle y los que están abajo de los escombros despiden un olor nauseabundo, como el de las ratas muertas atascadas en las cañerías.

Hoy, en el tercer día de la tragedia, hay que usar barbijos y guantes de látex: todo empieza a estar contaminado. No hay agua potable ni tampoco comida. Grandes supermercados se hundieron con el terromoto junto con los edificios céntricos. Cayeron como en una implosión. Algo semejante a lo que ocurrió con las Torres Gemelas de Nueva York en el atentado del 11 de septiembre de 2001.

Muchas personas se arrojaron desde segundos y terceros pisos: curiosamente se han salvado. Pero el resto, la mayoría, quedó enterrada bajo los pedazos de cemento y los hierros retorcidos. Sólo quedan algunas tiendas de comestibles en pie, pero están cerradas.

Con el hambre, empiezan los saqueos. Ya se ven rateros merodear los destrozos y las casas cerradas por la gente que huye de la tragedia. Las fuerzas de seguridad -que revistan bajo la misión de las Naciones Unidas en Haití (Minustah)- temen lo peor. Una de las principales cárceles se cayó: se escaparon con las armas más de mil presos de extrema peligrosidad.

Anoche, los haitianos apilaban los cuerpos en las rutas para pedir comida y ayuda urgente.

"Pueden darnos vuelta los camiones de distribución de alimentos que van a empezar hoy a recorrer las calles", me dijo ayer un oficial de Gendarmería. Ese temor es generalizado también entre los socorristas que han llegado a la ciudad para ayudar en la tragedia.

Los jefes militares argentinos dijeron: "Hemos vuelto a los tiempos de cuando se inició la misión en el año 2004, todo lo que habíamos hecho volvió a foja cero".

En el único hospital en pie de Puerto Príncipe, el de la Fuerza Aérea argentina, han visto escenas pavorosas. Ancianos y niños fueron abandonados en la puerta del complejo sanitario.

"Muchos de los que fueron atendidos en esta unidad médica vienen de barrios pobres, de los alrededores del aeropuerto. En ellos hubo pocas víctimas fatales, llegaban con fracturas y heridos leves. Es que en esos sectores, las casas son de cartón o chapa y al caer no los han aplastado como lo hicieron las paredes de ladrillos y cemento en los barrios ricos. Por eso se han salvado", explicaban médicos y enfermeros argentinos.

Otra situación se vive en el sector rico. Ahí se hizo añicos la Casa de Gobierno, la sede de la ONU y los hoteles de lujo. También tuvo una fisura profunda un edificio de arquitectura moderna de vidrios y acero. Allí tenían sede las embajadas de Argentina y Brasil. "Ninguno se hizo con criterios antisímicos. Eso explica el grado de destrucción", dicen.

Entre las víctimas fatales están Heidi Annabi, el número uno de las Naciones Unidas en Haití y Luiz Carlos Da Costa, el segundo en el mando. Los dos murieron y en ese edificio hay todavía por lo menos 100 muertos", me cuenta el Capitán de Navío, Rubén Galliussi, jefe del contingente argentino.

El derrumbe de la zona residencial llevó al embajador argentino, José María Vázquez Ocampo, a dormir en la intemperie y a ofrecer un improvisado albergue: el jardín de la residencia diplomática. No hace frío para dormir afuera, pero tampoco calor. Cuando se hace de noche, lo ideal es estar con saco. Además las mangas largas protegen de los mosquitos. Está lleno.

En el hospital argentino deben atender a todos los que llegan, aunque la misión específica del cuerpo médico es la militar. Los argentinos confiesan que tuvieron miedo de verse desbordados por los haitianos que se acercaban a las puertas y paredes derribadas reclamando atención médica.

Pero ahora saben que llega una fase más dramática: las enfermedades que vendrán por la putrefacción de los cadáveres, y por la falta de agua y comida. En los montículos en que se convirtieron los edificios todavía se ven grandes cantidades de basura y ropa ensangrentada. La Cruz Roja Internacional cree que debajo de ellos están los restos de 50.000 seres humanos. Otros hablan de 100 mil.

El shock por la desaparición del casco céntrico y de varios barrios aún perdura. En las calles se ven cientos de haitianos que caminan sin rumbo. Son zombies. Hay también quienes se acercan a pedir información sobre familiares desaparecidos. Pero también hay niños muertos que nadie reclama. "Nos llegaron dos chiquitas que murieron, y nadie vino a preguntar por ellas. Es terrible tener que enterrarlas como NN", comentaba una paramédica argentina. El presidente René Preval dijo anoche que unos 7.000 cuerpos serán enterrados en una fosa común.

Hay casos de muertes que parecían predestinados. El joven gendarme argentino Gustavo Gómez murió por casualidad. El había ido al edificio del Comando de la ONU para hacer un trámite. Ya estaba en la salida cuando ocurrió el terremoto y una viga le cayó encima. Lo mató de inmediato. Hoy vienen a buscar su cuerpo para llevarlo hacia Buenos Aires.

A tres días de la tragedia, aún no se restablecieron las comunicaciones: sólo funcionan algunas independientes como las de los cuarteles de las fuerzas de paz.

"Los servicios -explicaba ayer Galliusi- que se habían logrado levantar en Puerto Príncipe con mucho esfuerzo desde el 2004 desaparecieron. Toda la infraestructura que se había conseguido dar a los haitianos cayó. Desapareció todo". Todo.

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