Cabezas de quebracho

Por Reynaldo Sietecase.

El ataque al acto por el 61º aniversario la creación del Estado de Israel merece el repudio más categórico. La irracionalidad de este gajo del grupo Quebracho –que reúne características de la "derecha diestra" y de la "izquierda siniestra"– merece el castigo penal que marque un límite claro a las agresiones.

El ataque de una patota del autodenominado Frente de Acción Revolucionaria (FAR) contra los asistentes al acto por el 61º aniversario la creación del Estado de Israel el domingo pasado merece el repudio más categórico de las fuerzas democráticas. La irracionalidad y violencia ejecutada por este gajo del grupo Quebracho –que reúne características de la "derecha diestra" y de la "izquierda siniestra" al mismo tiempo– merece el castigo penal que marque un límite claro a las agresiones. Si no fuera por las consecuencias graves de sus acciones directas, estas bandas podrían competir para ver cuál de todas es la más grotesca. De quebracho, el árbol de madera dura que fue arrasado por los ingleses de la Forestal, sólo tienen las cabezas. Su praxis fascista clausura el debate y complica la realización de legítimas protestas contra la impiadosa política del Estado de Israel hacia los palestinos.

Por otro lado, imagino que "impiadosa", un concepto suave para calificar el ataque de un ejército poderoso sobre la población civil, ya le debe haber hecho ganar a esta nota el mote de antisemita. Pues bien, estoy harto de que cualquier crítica dirigida al Ejecutivo israelí, es decir, a la conducción que maneja el Estado, por su política en Medio Oriente sea rechazada con esos parámetros. En ese caso, habría que calificar de antisemitas a miles de judíos israelíes que cuestionaron la última acción del gobierno derechista sobre la Franja de Gaza, incluso manifestando en las calles. Y también caerían en la volteada prestigiosos intelectuales de todo el mundo, algunos de ellos judíos, que censuraron de manera clara y contundente esa operación bélica.

Tampoco digo con la levedad que lo hacen algunos funcionarios del gobierno nacional: "Esto no se puede entender, somos una sociedad abierta. Argentina no es un país antisemita". No es necesario apelar a los horrores del Holocausto para entender. Basta recordar, para poner en duda la afirmación oficial, que los represores de la última dictadura se ensañaron más con los presos de origen judío o que en este país se refugiaron cientos de criminales de guerra nazi. Y que los ataques a cementerios judíos se suceden en la actualidad o que las escuelas judías permanecen valladas. Y en la historia reciente: Buenos Aires fue escenario en la década del noventa de dos atentados brutales, uno contra la embajada de Israel y otro contra la principal mutual judía, que dejaron un saldo de más de un centenar de muertos. Ninguno de los dos fue esclarecido. En la causa de la AMIA el principal detenido fue el juez que la investigaba. Toda una postal de la debilidad de las instituciones.

El pasado nos condena. Es una marca que atraviesa la historia nacional. Fusilados, desaparecidos, volados por el aire por las bombas no tendrán paz sin justicia. Y los familiares de los asesinados tampoco. Cualquiera de los casi cien mil judíos argentinos que viven en Israel tiene derecho a preguntarse con amargura sobre la permisividad policial ante estos hechos que se reiteran. Con más razón, los integrantes de la enorme colectividad que vive en la Argentina.

Pero la impunidad que supimos conseguir no puede convertirse en un cerrojo para la crítica o la protesta. Israel tiene derecho a existir y desarrollarse en paz. Pero esa paz sólo cristalizará con la consolidación de un Estado palestino. Los dos pueblos compartiendo una casa con fronteras delimitadas y seguras. Mientras eso no ocurra, mientras un canciller como Avigdor Lieberman continúe con su prédica discriminatoria y agresiva hacia los palestinos y los árabes israelíes, mientras sigan muriendo niños y se demuelan casas como represalia, las protestas y las críticas proseguirán en todo el mundo.

El gobierno de Israel está perdiendo la batalla de la razón ante la opinión pública mundial. A fuerza de intolerancia le hacen un flaco favor a la noble causa que dicen defender. Sólo los ataques cobardes, los palos y cadenazos o los brulotes discursivos de personajes marginales distraen a todos de la verdadera discusión.

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