A buscar nieve para apagar tanto fuego

Por Mario Wainfeld

Rafael Correa ansiaba un día de doble festejo, por su segunda asunción (esta vez con toneladas de votos a favor) y la evocación de un fasto patrio. Pero la realidad metió la cola y la reunión de Unasur hizo saltar chispas. Michelle Bachelet y el anfitrión cumplieron con el protocolo y el tono calmo en las primeras intervenciones, de traspaso de la presidencia pro tempore. Pero Hugo Chávez cambió el clima, con su invectiva contra el presidente de Colombia, Alvaro Uribe. El líder bolivariano es un orador encendido, dotado de enormes recursos retóricos y mediáticos. Llevó la temperatura muy arriba, Correa lo acompañó aunque con menos estridencia. Les cupo a los presidentes de Brasil y de Argentina buscar la vuelta para atemperar.

No fue una novedad. Lula da Silva y los dos Kirchner vienen siendo desde hace años garantes activos de la paz y la estabilidad política en América del Sur. La relativa ausencia de conflictos bélicos internacionales y el sostenimiento de regímenes democráticos progresistas o de izquierda son un acervo regional, digno de preservación. La coyuntura amenaza esos baluartes: el golpe de Estado en Honduras (cuya prolongación favorece al usurpador Roberto Micheletti) y la instalación de bases norteamericanas en territorio colombiano son luces de alarma.

La postura de Cristina Fernández de Kirchner en Quito sobre el temible desembarco norteamericano en Colombia fue congruente con lo que le había expresado a Uribe en Buenos Aires. Al unísono, fue firme en cuestionar la verba beligerante del presidente venezolano y se cargó la mochila de convocar a una reunión presidencial futura en Argentina.

Según portavoces de la Cancillería y de la Casa Rosada, con quienes dialogó informalmente ayer este cronista, es razonable la preocupación de los mandatarios de Ecuador y Venezuela. Las bases estadounidenses incordian a terceros países sudamericanos pero nunca tanto como a quienes gobiernan países que limitan con Colombia y han padecido patoteadas de su presidente. "Uribe se ufana de haber derrotado a la FARC hace años pero a la vez se arma hasta los dientes. No es creíble cuando pone cara de angelito diciendo que las bases son para combatir la guerrilla y el narcotráfico", describe un funcionario argentino, dándole la derecha a Chávez y Correa. Luego redondea y "centrea" su concepto: "Tienen derecho a enojarse. Pero se enojan ‘a lo Alba’, con una oratoria que agrega leña al fuego".

La invitación a un encuentro presidencial en Bariloche va en línea con varias acciones previas. La reservada misión argentino-brasileña que garantizó las elecciones que llevaron a Evo Morales a la presidencia. La reunión del Grupo Río en Santo Domingo aplacando las ínfulas invasoras de Colombia en territorio ecuatoriano. El debut de la Unasur en Chile poniéndole coto a la violencia secesionista otra vez en Bolivia. La convocatoria a Buenos Aires busca reprisar esos escenarios.

El objetivo es tan sensato como noble, la implementación peliaguda. La reunión tiene un talón de Aquiles: no tendrá sentido si Uribe rehúsa participar. Sería inadecuado y hasta contraproducente, asumen desde el Palacio San Martín, repetir la puesta en escena de ayer en Quito: un coro de críticas a Colombia, sin réplicas ni perspectiva de negociación. Uribe, obviamente, no era de la partida, lo representaba su vicecanciller, que recibió todos los guayabazos. Para colmo de soledades, ni siquiera estaba el peruano Alan García, el otro presidente de derecha pre-Obama de este Sur, su natural aliado.

Chávez es un vecino complicado, porque tiene juego propio (no siempre sistémico), se manda solo y apuesta fuerte. La lógica de Brasil y Argentina (sumarlo, contenerlo, encauzarlo, evitar su aislamiento y limar su radicalización) es impecable pero dura de concretar. La Presidenta ayer le marcó límites, cuestionó su parla "flamígera". Hoy participará en Caracas de la firma de relevantes acuerdos comerciales. Son dos caras de una misma moneda que se revalúa o devalúa a cada rato. La cotización podrá variar o tremolar en proporción directa a la merma en el precio del petróleo y las dificultades de la economía y la política domésticas venezolanas.

La diplomacia regional y los propios presidentes tendrán que sudar la gota gorda para lograr que se concrete el convite, con Colombia presente. Las cuitas argentinas serán dobles, por haberse hecho pie de la convocatoria, a instancias de Correa. La "diplomacia presidencial" es así: vibrante, minga de formalismo hueco, llena de riesgos. Los protagonistas principales se implican, maximizando las chances de lograr resultados resonantes o de pagar costos mayores si hay fracasos o tropiezos. En la noche de ayer, cuando se mantenía la excitación ulterior a esos cónclaves, funcionarios avezados de Argentina y de terceros países compartían el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad.

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