En busca de un Pacto de la Moncloa criollo

En busca de un Pacto de la Moncloa criollo
De manera reservada y no tanto, sectores opositores liderados por Duhalde y Cobos trabajan en el armado de un gran acuerdo multisectorial que garantice políticas de largo plazo en el país. Qué dicen los protagonistas y por qué el Gobierno observa con desconfianza
Una reunión entre Julio Cobos y Eduardo Duhalde se prepara en silencio. Cobos habla, por estos días, de un plan de estabilización, con políticas de largo plazo, y se reúne con dirigentes de su partido con la idea de reconstruir la UCR. Duhalde vaticina (y así lo dice) que, probablemente, el próximo presidente no será peronista, mientras mantiene charlas políticas fluidas con Ricardo Alfonsín y otros radicales, y predica ante el PJ disidente que perder una elección no es la muerte de nadie. Durante la última semana, se reunió en desayunos políticos con los líderes de la UIA, y, según anticipa, los empresarios acordaron con sus planes. Invitado por el búnker duhaldista, el radical Rodolfo Terragno detalló los puntos básicos de su plan estratégico nacional. Estos son los pasos que, en la última semana, dio la dirigencia opositora -hasta ahora, el kirchnerismo mira estas conversaciones desde afuera y con desconfianza- hacia lo que ellos llaman una versión criolla del Pacto de la Moncloa, en alusión a aquel gran acuerdo nacional que posibilitó la estabilización política de la España posfranquista.

Claro que la idea de reeditar una versión nacional del Pacto de la Moncloa, buscando consensos básicos entre las principales fuerzas políticas y sociales, no es nueva en la Argentina. Los acuerdos económico-políticos firmados en el Palacio de la Moncloa, en octubre de 1977, que marcaron un hito en la transición democrática española, viven en el imaginario colectivo, idealizados como ejemplo a seguir, cada vez que recrudece la crisis institucional. La última vez que se habló con fuerza del tema fue en la antesala del estallido de 2001, cuando el ex presidente Felipe González -pieza clave en los procesos de la Moncloa- llegó, pero tarde, para ayudar en la conformación de un gobierno de unidad nacional que evitara lo que finalmente sucedió: la caída de Fernando de la Rúa.

Claro que el Pacto de La Moncloa, si bien fue fundamental para la consolidación democrática de la península, estuvo lejos de ser una experiencia idílica o perfecta: las fuerzas de centroderecha encarnadas en el Partido Popular, entonces la coalición gobernante, y la centroizquierda del PSOE acordaron, entre otras cosas, legitimar una amnistía generalizada y convalidar la monarquía. No todos firmaron, y fue el propio Gobierno el que convocó al consenso, a la luz del día, no sólo de las principales fuerzas políticas sino de las cámaras empresariales y las centrales sindicales. Algo difícil de imaginar en la Argentina de hoy.

De hecho, por ahora, las tratativas no tienen ni miras de incluir al kirchnerismo, aunque Julio Cobos -después de todo, vicepresidente de este Gobierno- diga que, si quisieran sumarse, los Kirchner también deberían tener lugar. En eso Duhalde se muestra más contundente: el matrimonio presidencial, afuera. Aunque también aclara: "Si lleva mi sello no sirve; será contraproducente. No quiero ser yo el que aparezca armando un acuerdo. Se tiene que ir armando entre todos."

¿Podría hablarse, entonces, de un Pacto de la Moncloa criollo, sin la participación del Gobierno nacional? ¿O se trata de un intento de acuerdo entre "posibles coaliciones opositoras", tal como lo describe, desde el kirchnerismo, el vicejefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina?

Poco antes de reunirse con Mauricio Macri, el jueves por la mañana, el vicepresidente Cobos le explica a Enfoques, en su despacho del Senado, cómo imagina ese gran acuerdo. "Con la mayor cantidad de sectores políticos, empresariales y sindicales que sea posible. El kirchnerismo debería participar, por supuesto, y todos los que tengan voluntad de hacerlo. Muchos criticaron que la Sociedad Rural ahora hable de pobreza porque antes no lo hacía. Pero por favor, dejemos de mirar hacia el pasado... ¿Por qué no tomar ese dato positivamente, y verlo como un nuevo consenso? A los argentinos nos cuesta mucho ponernos de acuerdo, así que, si coincidimos en los grandes títulos y la reducción de la pobreza es uno de ellos, bienvenido sea y empecemos por ahí".

-Y dígame, si no se convoca al kirchnerismo, ¿no tiene miedo de que estos acercamientos sean leídos como un intento desestabilizador?

-No, por el contrario. Todo lo que sea consenso en torno a políticas de Estado es un intento estabilizador.

Aunque todavía nunca se reunieron personalmente, Cobos y Duhalde creen en la resurrección del bipartidismo. O, para estar a tono con los tiempos, creen en una gobernabilidad garantizada por dos grandes coaliciones fuertes, el PJ y la UCR, capaces de alternase en el poder. Cobos dirá: "Los países que avanzan funcionan así; la crisis de la Argentina es política, no económica". En tanto que Duhalde está convencido de que "la mezcla de peronistas y radicales -impulsada por Néstor Kirchner en su ensayo de transversalidad- le hizo mucho daño a la Argentina".

El ex presidente evalúa que la "otra estructura", la compuesta por la UCR y el socialismo, está más ordenada que la interna del PJ, a partir del surgimiento de la figura de Cobos: "Su figura es un elemento ordenador".

El vice radical y el ex presidente peronista tienen una línea de comunicación abierta desde el histórico voto no positivo de Cobos, durante la pelea con el campo. Fue entonces cuando Duhalde le mandó una carta en la que, además de felicitarlo, le aconsejaba recuperar el radicalismo como garantía de gobernabilidad.

"Y en eso estamos", admite hoy Cobos, quien recientemente recibió en su despacho a Federico Storani, junto a los diputados nacionales que le responden, Pedro Azcoiti y Rubén Lanzetta. Y, muy activo, también se reunió con Leopoldo Moreau y su grupo de dirigentes bonaerenses.

Pero, ¿qué tipo de acuerdo está imaginando Duhalde?

La idea que amasa es la siguiente: un gran acuerdo estratégico nacional, a trabajar en estos dos años, de cara al 2011. Con pocos puntos consensuados, firmado por las cuatro grandes fuerzas políticas, PJ, UCR, Partido Socialista y macrismo (Elisa Carrió, para Duhalde, estaría dentro de la UCR) y sus candidatos presidenciales y a legisladores. "Ese sería el núcleo duro, con un segundo anillo, en el que deberían estar los medios de comunicación garantizando el cumplimiento de estas políticas de Estado acordadas, a través de la difusión de su contenido y el control de su cumplimiento."

En su imaginario, no debería haber patas peronistas fuera del PJ, precisamente la estrategia política que anhela Mauricio Macri con su alianza Pro. "Todas las patas deben estar adentro", insiste Duhalde. Está pensando en un escenario de competencia política, para las presidenciales del 2011, en el que confronten, por un lado, un PJ aliado a Macri y, por otro, una UCR aliada al socialismo.

En todo caso -y en esto también coincide Cobos-, cualquier ensayo de Moncloa criolla debería venir de la mano de un reordenamiento del escenario político y de un fortalecimiento de las estructuras partidarias más o menos tradicionales.

Otro radical, Rodolfo Terragno, es el tercer actor importante de esta trama. El ex jefe de Gabinete de la Alianza fue, en rigor, el primero en hacer público un plan estratégico de elaboración propia que contiene ocho puntos y que presentó el mes pasado. En lugar de llamarlo "Pacto de la Moncloa", Terragno prefiere que a un consenso nacional se lo llame Acuerdo de San Nicolás II o algo semejante, en alusión a uno de los pactos "preexistentes" a la Constitución nacional. "No debemos olvidar que las principales fuerzas políticas españolas, sobre todo el Partido Comunista y el PSOE de Felipe González, cedieron muy fuertemente, sobre todo la izquierda. En tanto, la derecha de Fraga Iribarne firmó el pacto económico, pero no el político.

Y se negó a firmar porque no estaba de acuerdo con hacer reuniones públicas sin avisarle a la policía y tampoco acordaba con la venta de anticonceptivos en las farmacias. Fue un pacto importantísimo, pero no lo idealicemos. Hagamos el nuestro, en todo caso".

Los puntos centrales

El ex senador radical también advierte que, "si sólo nos centramos en los grandes títulos -federalismo, educación, combate a la pobreza, modelo productivo-, podemos firmar un acuerdo fácil pero poco consistente". Hay que afinar el lápiz, aconseja. Y agrega, orgulloso: "Hasta ahora, el único que tiene un plan detallado soy yo".

Duhalde cree que un consenso nacional debería rondar básicamente en torno a lo social y que el ingreso universal a la pobreza debería ser una clave. Cobos propone, por su parte, que la educación sea otro de los ejes. Su propuesta: escuelas en las zonas vulnerables y, paralelamente, que los puntos del acuerdo sean "monitoreados" para su cumplimiento.

Terragno vuelve a poner énfasis en las precisiones: "Está todo muy bien, eso hoy lo firma hasta Cristina Kirchner. Pero, ¿cómo se financia el ingreso universal a la pobreza? En mi opinión, si no acordamos la forma en que debemos crecer, todo lo demás se cae. Mi propuesta es invertir sólo en energía 6400 millones de dólares por año sostenidamente, digamos durante 14 años. Es decir, si tenemos una estrategia común de crecimiento, debemos acordar una matriz energética y cómo financiarla. Y, como ven, no es sencillo. Por eso digo: las políticas de Estado no son sólo títulos. Tenemos que acordar el cómo, no sólo el qué".

Desde la academia, la politóloga e historiadora de la Universidad de San Martín María Matilde Ollier ofrece una mirada escéptica sobre este nuevo intento de consenso criollo: "No compararía la posibilidad de un acuerdo hoy entre dos posibles coaliciones, una liderada por el actual PJ disidente y otra por la UCR, con el pacto de la Moncloa, porque aquél incluyó a todos los sectores sociales y políticos representativos (con excepción de Fraga, que no firmó el pacto político) y fue convocado por el gobierno, que en este acuerdo doméstico no figura. Si bien lo están pensando para el 2011, cuando uno de ellos supuestamente haya llegado al gobierno, hoy por hoy sería lisa y llanamente un pacto de la oposición."

Ollier asegura que un pacto de estas características debería tener, por lo menos, dos elementos: representatividad y legitimidad social de sus firmantes porque, de lo contrario, puede ser leído como un instrumento más de la lucha política. Además, reflexiona, representatividad y legitimidad son las garantías para su cumplimiento.

También Terragno está preocupado por la legitimidad, de ahí que -para la presentación de su plan estratégico en agosto- lo invitó a Daniel Filmus. "Y lo invité -dice- porque un plan estratégico no es, o no debería ser, un plan de la oposición".

A diferencia de Terragno y de Cobos, Duhalde aparece en una posición más radicalizada en lo que respecta a la posibilidad de incluir al kirchnerismo en un gran acuerdo nacional.

¿Será, como especula Ollier, que no se perdona a sí mismo el error político de haber apadrinado a un presidente como Néstor Kirchner, cuando hoy siente que le hizo daño al peronismo y al país?

Precisamente, desde el ala dura de los K, el vicejefe de Gabinete, Abal Medina, analiza las cosas de un modo muy distinto: "Me resulta llamativo que, mientras una parte de la dirigencia política plantea dudas sobre la continuidad del diálogo político, dirigentes opositores sueltos o empresarios impulsen acuerdos que carecen de legitimidad. El único consenso legítimo podría ser el que se generara desde el Gobierno, a partir del Consejo Económico y Social, convocado por la Presidenta para este año. El Consejo es una idea basada en el mecanismo de diálogo social permanente, inspirado, precisamente, en las políticas que siguieron a los acuerdos de la Moncloa".

El ex ministro de Carlos Menem, Armando Caro Figueroa, estaba exiliado en España cuando se firmaron los pactos de Moncloa y, en tanto observador privilegiado de aquellos hechos (como extranjero, trabajaba en el sindicato ligado al Partido Socialista Obrero Español, de Felipe González), asegura que entre aquel escenario político y el que reina hoy en la Argentina hay un abismo: "En la España de aquellos años había una necesidad social enorme de consenso, en medio del fantasma de la Guerra Civil. Y esa necesidad no sólo era de la elite política sino de elite intelectual y de la sociedad en su conjunto.

Y esa necesidad era tan grande que logró que se sentaran a negociar personas que habían estado fuertemente enfrentadas durante 40 años. No tiene nada que ver con lo que pasa aquí, que hasta los intelectuales toman posición y se pelean entre sí".

Caro Figueroa ofrece otra clave española que en la Argentina está ausente: "Hubo necesidades complementarias. El gobierno necesitaba un aval al ajuste económico para resolver el tema de la inflación y la oposición reclamaba libertades políticas.

La central obrera tuvo que firmar la reglamentación de los despidos para el 5% del personal en las empresas, y también acordó un límite al incremento salarial del 22% para los años siguientes. Pero, a cambio, logró el derecho de asociación sindical, después de años de dictadura. Es decir, ambas partes cedieron pero también obtuvieron lo que necesitaban. Y a los dos años, España despegó".

Las oficinas del Movimiento Productivo Argentino (MPA) ocupan el piso 11 de un edificio ubicado frente a la Plaza de los dos Congresos, en Hipólito Yrigoyen al 1600. Carlos Brown, el número dos del MPA y ex ministro de la Producción bonaerense, lo define como un gran centro estratégico de ideas. Allí se prepara, dice, el esbozo de un plan estratégico para ser presentado en noviembre, en el Hotel Sheraton.

Cuando visitan el búnker, los empresarios que conversan con el ex presidente peronista -en los últimos días hubo, por ejemplo, comunicación con los empresarios de AEA, Julio Pagani, de Arcor y su director ejecutivo, Jaime Campos- le quitan la batería a sus celulares por temor a que sus conversaciones sean escuchadas: hasta ese punto llega la paranoia. Los Duhalde cambian todo el tiempo sus claves del correo electrónico y así y todo se los jaquean.

"La gente está cansada de este liderazgo extorsivo. Después de 26 años de la recuperación de la democracia, éste es el momento político más fértil para consensuar. ¿Por qué? Porque todos están convencidos de que las papas queman."

Lo cierto es que, entre denuncias de espionaje político, acusaciones de desestabilización y una lógica política muchas veces despiadada, mientras la oposición teje su consenso y el Gobierno mira con desconfianza ese tejido, el país no parece encaminarse en serio hacia un acuerdo nacional. Será que los ecos de la Moncloa no encuentran, todavía, una buena traducción en clave argentina.

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