La burocracia de la pobreza

Argentina es uno de los países que más invierte en planes sociales, pero su único logro ha sido aumentar la cantidad de pobres. La proliferación de planes sociales hizo que mucha gente se dé cuenta de que puede vivir sin trabajar.

Argentina es uno de los países que más invierte en planes sociales para combatir la pobreza y lo único que ha conseguido hasta ahora es aumentar la cantidad de pobres mientras se multiplica la burocracia de la pobreza. La proliferación de planes sociales desde la Nación, provincias y municipios, hizo que muchas personas se dieran cuenta que se podía vivir del Estado sin trabajar.

Hace poco tiempo, la presidenta Cristina Fernández anunció la asignación universal por hijo, que no es universal ni comprende a todos los hijos, pero al hacer el anuncio omitió un detalle importante: aparentemente, ese aporte hace caer a todos los demás planes sociales. No obstante, como no se conoce el decreto reglamentario, es imposible conocer a ciencia cierta los alcances.

Lo que sí se sabe es que no es universal porque no abarca a todos los niños menores de 18 años nacidos en el país, sino a los hijos de familias pobres o desocupadas. Además, sólo contempla hasta 5 niños por familia y no a la totalidad, cuando es sabido que muchas familias humildes, por falta de formación e información, terminan teniendo mucha más cantidad de hijos.

Cuando muchos de los beneficiarios registrados en Mendoza fueron a cobrar el martes pasado se encontraron con que no figuraban en los listados. Algunos se anoticiaron también que se caían otros planes de los que eran beneficiarios y les entró la duda acerca de "cuál era el negocio".

Hemos abusado tanto de las palabras mentirosas y de los eufemismos, que ya hasta parece normal que una cosa que es parcial sea calificada como universal. Es más, si el beneficio fuera universal sería más barato que de la forma en que se está haciendo actualmente.

Si se concede un beneficio a todos los niños nacidos en la Argentina, sin discriminar por hogar, se ahorrarían toda la burocracia de la pobreza que ha inundado las administraciones públicas en sus tres niveles. El costo de la discriminación para saber quién es pobre y, a su vez, qué tan pobre es el pobre, se consume más del 50% del presupuesto.

En la Argentina los pobres son usados, discriminados y mal tratados. Los servicios para los pobres son prestados por personas que viven haciendo huelgas, por eso se quedan sin hospitales en forma sorpresiva, las escuelas públicas pierden días de clase y los empleados del Estado gozan de innumerables franquicias para faltar a su trabajo manteniendo una estabilidad que no tienen los privados y mucho menos los desocupados.

Pero a esta burocracia de la pobreza hay algo que le preocupa de manera fundamental y es que los pobres no desaparezcan, porque su trabajo se termina. Si este programa concreta lo que se anuncia, es decir, que caen todos los programas de la Nación y las provincias, puede producirse un efecto muy interesante.

En principio, la Nación dejaría de gastar, aunque el costo lo asumiría la Anses, este superorganismo que dice administrar los fondos jubilatorios. Pero además, las provincias podrían dejar caer la mayoría de sus planes asistencialistas, lo que implicaría menor gasto. Pero ¿cuanto ahorrarían?

Es una cuenta difícil de hacer, pero es casi seguro que al menos se ahorrarían la mitad del presupuesto asignado a ese destino. Es que la otra mitad se gasta en los sueldos de la burocracia creada a tal fin, que cada día se ha profesionalizado mucho más y es capaz de reinventar nuevos programas que mantengan a los pobres en su pobreza, pero dándoles algo para pasar la situación.

El sistema asistencialista ha deformado los conceptos básicos. El kirchnerismo acuñó la frase "donde hay una necesidad, hay un derecho", para justificar derroches de plata que sólo sirven para gastar plata con fines políticos. En realidad, donde hay una necesidad, está faltando un derecho, como mínimo, y las políticas deberían destinarse a hacer posible el ejercicio del derecho, que ya existía y que no nace de la necesidad.

Pero estos modelos culturales son difíciles de cambiar y nuestros políticos no son proclives a hacerlos. El problema es ¿qué harán con la burocracia de la pobreza?

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