La "burguesía aymara" va a China a hacer negocios

Aros largos, chal y pollera. Marina Alarcón habla con la seguridad de una persona de mundo. La próxima semana viajará a China por novena vez para traer productos para su negocio de "artículos de uso diario" ubicado en la populosa calle Incachaca de La Paz. "Estoy llevando a diez comerciantes más que quieren hacer compras en China. Mi hija está viviendo en Yiwu donde estudia chino y maneja la empresa familiar China Start, que asesora a los bolivianos que quieren hacer negocios", dice la mujer, cuyo look la delata como parte de la llamada "burguesía aymara" que controla el comercio paceño.
Norma, su otra hija, tiene su negocio de artículos para el hogar y decoración en el mismo barrio. Siguiendo sus consejos, hace seis meses que estudia chino en el instituto RGA, que enseña chino mandarín luego de un acuerdo con la embajada china. Hoy tiene más de 80 alumnos, la mayoría comerciantes o hijos de comerciantes.

"Mi papá tiene un negocio de electrónica y me dijo que venga a aprender, para viajar en el futuro", cuenta a Clarín Libertad, una veinteañera. Y Diego, su compañero de curso, relata una historia similar: "Mi papá tiene un negocio de venta de computadora en El Alto", una populosa ciudad aymara colindante a La Paz. Ninguno de los dos, pese a su origen, habla aymara, pero ya van reconociendo algunos de los sonidos e ideogramas chinos.

"Los estudiantes que tenemos son en su mayoría comerciantes; van a traer tela, equipos eléctricos, adornos para Navidad, celulares y todo tipo de mercadería", señalan en el instituto, decorado con imágenes de campesinos chinos, budas y arte oriental. Marina habla con naturalidad de las ferias internacionales chinas, -"son enormes", dice- mientras atiende varias veces su celular. Una página publicitaria informa que en Yiwu existen alrededor de 80.000 puestos de exhibición con más de 400.000 productos de 43 industrias diferentes. Si uno paseara ocho horas dentro del mercado y se quedara en cada punto de exhibición cerca de un minuto, le tomaría 120 días terminar la visita.

Marina viajó a China por primera vez hace cinco años, "cuando en el puerto chileno de Iquique dejaron de traer lo que necesitábamos". Pasó por Santiago de Chile, Amsterdam y Shangai antes de llegar a destino, con un costo de 2.500 dólares y algo de miedo. Y coincide que los traductores son caros y favorecen a sus compatriotas. "La primera vez los chinitos se avivaron, pero ahora que mis hijas ya hablan chino me siento más segura", cuenta.

"Muchos aprenden para ir a las ferias internacionales, sobre todo la de Guang Chou", dice Meixin, una joven profesora llegada de China en 1995, cuando su papá puso una chifa (restaurant chino) en La Paz. "La mayoría de los vendedores no habla inglés. Pero en mi último viaje he estado más desenvuelta, he podido tomar un taxi por mi cuenta y pagar el hotel", cuenta Norma. "Perú tiene un TLC con China que lo favoreció, pero Evo se lleva mal con todo el mundo", agrega.

Como buena aymara, Marina dice que "no somos ricos". La austeridad es parte de su marca de origen, a excepción de la fiesta anual del Señor del Gran Poder, cuando esta élite indígena urbana -que a menudo muestra más poder económica que las asociaciones de empresarios "blancos"- despliega todo su ostentación, con oro, ropa fina y tragos por doquier.

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