La buena gente y la mala política

La buena gente y la mala política
Mendoza en relación al resto del país, es un paraíso perdido. La Argentina en relación al resto de América Latina, es otro paraíso perdido. Y no están perdidos porque los demás no las encuentren, sino porque no se encuentran a sí mismas. Mendoza y la Argentina están perdidas en relación a lo que alguna vez fueron y en relación a cualquier proyecto de futuro. Han perdido lo que supieron ser y no saben lo que quieren ser.
En efecto, según recientes encuestas nacionales e internacionales, Mendoza sigue siendo la provincia más institucionalmente prolija del país. Y la Argentina sigue estando arriba de toda América Latina (excepto Chile) en los índices de desarrollo humano (educación, salud, PBI per cápita). Eso es lo bueno.

Lo malo es que Mendoza se quedó detenida sin saber para dónde ir y que la Argentina va para cualquier lado, menos para dónde tiene que ir.

Las expresiones de ambas anomalías son evidentes: en Mendoza venimos definiendo "políticas de Estado" que tienen gran acogida, demostrando una altura institucional poco usual (pacto educativo, acuerdos por la seguridad, convocatoria a ex-gobernadores, y ahora el acuerdo de políticas estratégicas para el Bicentenario).

Todo comienza bien pero nunca termina porque se interrumpe a la mitad, y a veces peor porque termina apenas empieza, con la convocatoria.

En la Argentina es al revés: el activismo del Ejecutivo contrasta con la inacción mendocina, pero tampoco conduce a ninguna parte porque todo está subordinado a la lucha coyuntural por el poder, sin ningún plan estratégico que la oriente y sin ningún sistema institucional que la contenga.

Es como que en Mendoza todo fuera institucionalidad sin contenido alguno y en la Argentina todo fuera contenido sin institucionalidad alguna, pero ambos sin ningún tipo de meta, de planteo estratégico.

Esto indica algo bueno y algo malo: que por estos lares la sociedad civil sigue siendo más fértil que los gobiernos, porque ella -a duras penas- viene sosteniendo los índices institucionales y de desarrollo humano que alguna vez supimos conseguir, y protestando con su voto (y algo más) contra las inercias paralizantes y los hegemonismos centralistas y divisionistas.

Basta para verificar el aserto los guarismos electorales que tanto en Mendoza en particular como en la Argentina en general vimos el 28 de junio, donde en la provincia se castigó el quietismo y en el país la intolerancia; males que nos alejan del mundo y de lo que alguna vez fuimos.

Como cita Rosendo Fraga, la Argentina según el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas sigue estando arriba de toda América Latina excepto Chile, pero mientras que varios países van creciendo en esos ítems, nuestro país no cesa de decrecer. Sólo que fue tanta nuestra diferencia a favor en décadas anteriores con respecto al resto del continente, que aún no nos pueden superar.

No obstante, según el Índice de Corrupción de Transparencia Internacional la Argentina está por debajo de México, Cuba, Colombia, Perú, Brasil, El Salvador, Guatemala y Panamá. Y al mismo nivel de los africanos Benin, Gabón, Gambia y Níger (con 2,9 puntos sobre 10).

La Argentina es un caso único porque la regla común es que a mayor desarrollo humano menos corrupción. Y a menor desarrollo humano más corrupción. Nuestro país está bien en desarrollo humano y mal en corrupción. Evidencia que fortalece la presunción de que estamos gobernados por políticos que están muy por debajo de los logros pasados y las potencialidades de nuestra sociedad civil.

La actitud de los argentinos frente a la crisis mundial, en relación al resto de América Latina, reafirma todo lo que decimos.

El Holding comunicacional Omnicom Media Group (OMG) midió en 13 países latinoamericanos las expectativas personales de sus habitantes, y descubrió que hay optimismo frente al futuro: en promedio, 48% de los latinoamericanos cree que su situación personal mejorará en los próximos 12 meses, pero ese porcentaje baja a 29% en la Argentina, siendo éste el país donde con más pesimismo se ve el futuro.

Más contundente aún es la encuesta de la ONG Latinobarómetro hecha en 18 países de América Latina, donde se observa la aparente paradoja de que este 2009 (el peor año de la crisis mundial, cuando sucumbió gran parte del crecimiento acumulado por el continente desde 2002-3) fue el año en que la confianza de los latinoamericanos en sus gobiernos más aumentó en los países "normales".

Así como el promedio latinoamericano de confianza en sus gobiernos fue para toda América Latina de 54% en el período 2002-6 (y habiendo bajado a 52% en 2007-8) ahora en 2009 batió el récord y los latinoamericanos en promedio aprueban en un 60% a sus gobiernos. Pero mientras Chile y Brasil apoyan a Bachelet y Lula en 85% y 84% respectivamente, bien abajo de la tabla Perú y la Argentina apenas confían un 26% y 25% respectivamente en sus gobiernos.

Vale decir, frente a la caída mundial la mayoría de los latinoamericanos redoblaron la credibilidad en sus gobiernos, en gran medida porque vieron a sus presidentes como los capitanes de barco adecuados para sacarlos de la tormenta.

No obstante, argentinos, peruanos, nicaragüenses y venezolanos no creyeron en sus gobiernos y con la crisis le bajaron el puntaje que le subieron cuando los vientos mundiales nos hacían crecer a todos sin importar que las políticas fueran mejores o peores.

Por lo tanto, todo indica que el principal problema de la Argentina es político, de dirigentes que están por debajo y no por arriba de sus pueblos. Por lo que la solución deberá ser política.

En síntesis, el año termina con un gobierno mendocino que está intentando algunos tímidos cambios del rumbo seguido hasta la fecha, tratando de recuperar la iniciativa política que rara vez poseyó.

Y a nivel nacional termina con un gobierno dispuesto a "profundizar" el camino que condujo a las cifras de descreimiento e impopularidad arriba citadas. Veremos cómo le va a uno y otro. En particular habrá que ver si son capaces de recuperar algo de la credibilidad popular perdida, sin la cual será muy difícil que la Argentina y Mendoza encuentren un rumbo, un sino, un futuro.

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