Un buen debate sobre la pena de muerte

Alejandro Rozitchner Filósofo

Tengo un blog, se llama 100 Volando (no tengo nada contra quienes prefieren tener el pájaro en la mano -¿quién no lo tiene, en algún momento- pero lo bauticé así porque me parecía una buena manera de aludir a la opción de riesgo, a la exploración de las cosas que andan por el aire). El otro día planteé el tema de la pena de muerte

Di mi opinión y abrí el juego. Resumida, mi posición es la siguiente: estoy a favor de la pena de muerte. Si consideramos un caso de la violación de un menor seguida de muerte, ¿qué haríamos con quien cometió el crimen? ¿Conversar con él, hasta que acepte que hizo mal? ¿Tenerlo encerrado, alimentarlo a expensas del estado, de ese estado que no logra alimentar a los chicos pobres del país? Corresponde que pague con su vida. Hay cosas graves, que tienen consecuencias y no hay vuelta. Lo irreparable existe, apareció en el crimen y puede y debe aparecer nuevamente en la pena. No, no es un tema de derecha: creo que la pena de muerte debería haber sido aplicada para casos como el de Videla, Masera y Astiz. Por citar los más famosos. Y también a algunos del otro lado, claro que sí.

Durante unos cuantos días el posteo en mi blog se llenó de comentarios. El tema hizo furor, convocó a todos. La mayor parte de la gente se manifestó en contra: dicen que si matás para castigar al que mata te rebajás a su nivel. Yo dije que no lo veía de esa forma, que hay que distinguir entre ser una bestia que mata a un inocente y matar a la bestia. Dicen que la vida es sagrada. Sin darse cuenta, a mi gusto, de que la vida, como fenómeno global, incluye una constante producción de muerte, ¿vieron Animal Planet? Bueno, nosotros también somos animales, como cualquier otro. Con conciencia, animales sutiles, capaces, pero también salvajes, rapaces y habitantes de una naturaleza que es más desborde que racionalidad. Y que es así por que es naturaleza saludable, no por error o desviación.

Alguno dijo que aplicar la pena de muerte era continuar en la ley de la selva. Mi esposa hizo una reflexión que me pareció buenísima (que suerte que me casé con ella): dijo que siempre se aludía a la ley de la selva en términos negativos, pero que la selva era un ecosistema natural y sabio, que no corresponde hablar de ella como si fuera el arquetipo de la falta de orden y sentido. Es verdad, la ley de la selva es la ley de la vida. Y ser humanos no debe hacernos creer que superamos esa organicidad, a lo sumo podemos encauzarla o elaborarla a nuestro modo. Igual, ella no está a favor de la pena de muerte.

Otros dijeron que ser partidario de la pena de muerte se basa en un deseo de venganza y que eso no está bien. Que en todo caso si matan a alguien de tu familia podés reaccionar y hacer justicia por mano propia. Que si delegás eso en el estado sos un cobarde. Estuve completamente en desacuerdo. No con la idea de que exista la legítima defensa, sino con la propuesta de que la pena de muerte tenía que aplicarla el damnificado con sus propias manos. Tampoco soy capaz de operar a mi suegra de las várices ni de recoger la basura de la calle en que vivo: creo en la repartición del trabajo, sin la que no habría civilización posible. Pero es correcto seguir pensando, me parece, la distinción entre justicia y venganza, si la hay, y en qué casos. Me doy cuenta de que algunas aristas del tema se comprenden mejor si uno es un estudioso del derecho, cosa que ni la mayoría de los participantes, ni yo, somos.

Alguno opinó que era una lástima que el debate se hubiera originado en una declaración de Susana Gimenez, porque era un origen frívolo para un tema tan difícil. Otros, como yo, sentimos que estaba muy bien que una discusión de este tipo surgiera del aporte de una figura popular, de la tele, porque era representación de una preocupación pública. Que era una suerte que una diva alguna vez planteara algo interesante.

Muchos hicieron hincapié en la idea de que aplicar la pena de muerte era muy riesgoso: ¿y si nos equivocábamos y matábamos a un inocente? En principio me pareció que era una posición derivada de haber visto muchas películas (es acusado injustamente y pagará con su vida un crimen que no cometió), pero después entendí que el error no era tanto un tema humano (que lo es, también) si no un riesgo político mucho más concreto. ¿Permitiríamos que una justicia manipulable por, digamos, un gobierno kirchnerista aplicara una medida de tal gravedad? Y ahí se completó mi posición: estoy a favor de la pena de muerte, pero no votaría su aprobación en la Argentina actual. Suena gracioso decirlo, pero en un mundo ideal podríamos tener pena de muerte, no en este. (Suena gracioso porque en el ideal se supone que podríamos pensar en la ausencia de motivos para aplicarla, pero creo que ese nivel de idealismo ya es más ignorancia o idiotez que otra cosa, como suele ser en realidad todo idealismo intenso).

También se dijo que los estudios comprobaban que la aplicación de la pena de muerte no era eficaz para disminuir el delito. De todas maneras, opinamos algunos, por lo menos no teníamos con vida a los asesinos en las cárceles. Y por otra parte: todos citamos esos estudios sin conocerlos, ¿quién los hizo? ¿están bien hechos?

Surgió además la idea de que el interés por el tema de la pena de muerte es un derivado de la ineficacia o indiferencia de los sistemas de seguridad. Y consecuentemente, una idea en la que hubo coincidencia casi total: hay muchas otras cosas que se pueden hacer para mejorar la situación de la inseguridad antes de necesitar la pena de muerte. Llegamos a la pena de muerte porque, como dijo Tinelli ahora, te matan y nadie hace nada. A la delincuencia presente en los cuerpos de seguridad se sumó en los últimos años la preocupación por el destino de los delincuentes, cosa que parece ser más importante que la preocupación por las víctimas. Un gobierno para el mundo al revés.

Estoy muy contento con lo bien que se dio el debate en mi blog. Creo que esta sociedad está para más. ¿Estaremos por dar un paso de crecimiento?

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