Brown ve alejarse su gran sueño e intenta bajar las expectativas

Crece la inquietud por el impacto político de un fracaso de la cumbre; empiezan las protestas
LONDRES.- Pocas horas antes del inicio de la cumbre del G-20, que tendrá lugar mañana en esta ciudad, un batallón de funcionarios de Downing Street salió discretamente a desparramar por los medios la consigna de bajar las expectativas sobre el éxito del encuentro.

Su misión refleja la creciente inquietud de que las cosas pueden no marchar como el primer ministro Gordon Brown había anticipado en un principio. Y que el más leve fracaso redundará en el final prematuro de su atribulado mandato.

El ambiente en la ciudad es de alta tensión. Anoche, mientras el presidente Barack Obama y su esposa Michelle compartían una cena con los Brown en su residencia oficial, decenas de manifestantes ocupaban cuatro edificios vacíos en las inmediaciones de la City londinense para utilizar como base para lanzar su serie de "acciones directas de protesta" contra instituciones financieras.

Cuatro marchas, convocadas por un grupo denominado " G-20 Meltdown ", representante de 67 organizaciones anticapitalistas, antiglobalización y antibélicas, se llevarán a cabo hoy y mañana en distintos puntos del microcentro londinense. Grupos anarquistas llamaron a atacar el Banco de Inglaterra ("la panza de la bestia capitalista") y a bloquear todos los accesos al ExCel Centre, el centro de convenciones en el viejo puerto de cargas donde se realizará la cumbre.

Anteayer, cinco jóvenes que planeaban participar en las marchas fueron sorprendidos por la policía con imitaciones de armas de fuego, incluidos rifles Kalashnikov, y una serie de explosivos caseros preparados con fuegos artificiales.

En el peor de los escenarios, las calles de Londres podrían convertirse en un campo de batalla, capaz de desviar la atención, sobre todo de los logros obtenidos de las arduas negociaciones multilaterales.

Para Brown, esto sería una verdadera tragedia. Durante los últimos tres meses, el premier británico se abocó a preparar el encuentro, que se convirtió para él en una verdadera obsesión, al punto que uno de sus más cercanos allegados (algunos dicen que fue su mano derecha, Peter Mandelson) le recordó: "Gordon, en el G-20 no vas a recoger ningún voto".

No caben dudas de que Brown interpretó la cumbre como la ocasión para ganarse un lugar privilegiado en los libros de historia. Su sueño consistía en establecer un "New Deal", similar al que Roosevelt aplicó tras la Gran Depresión en Estados Unidos, según el cual los gobiernos de las principales economías mundiales coordinarían estímulos fiscales para relanzar la economía.

En diálogo con LA NACION, Brown dijo también querer reformar el FM I y el Banco Mundial, para convertirlas en "organizaciones muy distintas a las que surgieron de los acuerdos de Bretton Woods".

En el fervor de su cruzada "fundacional", Brown fue a lugares que normalmente evitaba y dio muestras de un talento diplomático que se le desconocía. Como ministro de Economía, rara vez se lo había visto rendir cuentas en el Parlamento Europeo. La semana pasada, en Estrasburgo, ante los eurodiputados, declaró ser un "europeo de la primera hora".

En Brasil, Brown fingió no saber que el presidente Luiz Inacio Lula da Silva había afirmado que la crisis fue creada por "rubios de ojos celestes". En Chile, el premier se dejó sermonear por la presidenta Cristina Kirchner sobre la necesidad de discutir la soberanía de Malvinas. Y sobre las ventajas de "ahorrar cuando las cosas van bien" por parte de la presidenta Michelle Bachelet.

El vocero en temas económicos de los conservadores, George Osborne, hizo un festín con todo esto: "¡Pero qué espectáculo estamos viendo! El de un premier británico que, atrapado en medio de una recesión y en el otro lado del mundo, tiene que escuchar lecciones en buenas finanzas públicas por parte de latinoamericanos. Si lo inventaran, nadie lo creería".

La frialdad de la canciller alemana, Angela Merkel; la melodramática amenaza del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de abandonar la cumbre si sus demandas de mayor regulación del sistema financiero no se concretan (ver aparte), y hasta la posibilidad de que -sin necesariamente quererlo- Obama se lleve todos los elogios si se llega a un acuerdo provocó la alarma en Downing Street.

Esto explica por qué Mark Malloch-Brown, secretario de Asuntos Exteriores y encargado de la organización de la cumbre, sostuvo ayer que la reunión "no va a salvar el mundo" y que "el nivel de contracción económica global no puede ser frenado de un día para otro".

El ministro de Economía, Alistair Darling, sugirió también que no había que ser "demasiado optimistas" sobre lo que el G-20 puede hacer. "Es un encuentro importante, pero no es el final del proceso", afirmó, aunque evitó respaldar rumores sobre preparativos para una segunda cumbre por realizarse en Roma antes de fin de año.

Comentá la nota