La bronca dijo presente, en la Marcha de Antorchas

La multitudinaria congregación no diferenció clases sociales. La ciudadanía tucumana apoyó en pleno el reclamo de los médicos. Decepción e impotencia frente a los anuncios del gobierno.
La bronca reflejada ayer en la segunda "Marcha de las Antorchas" significó un nuevo crisol de clases que hicieron oír su voz con el objeto de poner fin a la lucha médica, que parece comienza a derribar fronteras y límites en las capas sociales tucumanas.

Miles de personas se dieron cita en el principal paseo público de la capital, con una consigna clara y contundente: "Nuestro nombre: Ciudadanos autoconvocados. Nuestro apellido: Dignidad". A las 20.45 comenzaron a llegar las primeras columnas con el estridente sonido del reclamo, acompañado por los redoblantes de la impotencia, ante una situación que camina por un callejón sin salida.

Pudo verse en la multitud a representantes de los hospitales Padilla, Centro de Salud, Avellaneda, de Niños, CAPS, Asistencia Pública, como así también dijeron presente referentes de organizaciones sociales y políticas, entre los que se encontraban el Partido Socialista, el Partido Obrero, el MST, dirigentes, como el justicialista Enrique Romero y el demócrata cristiano José Manuel Páez.

A las 21.10, el reclamo infringió los primeros "golpes de disgusto" a la gestión del gobernador José Alperovich, los galenos vitoreaban que su lucha "vino para quedarse y hacer historia, para crear un nuevo Tucumán que diga basta al autoritarismo y prepotencia de un gobierno nefasto".

Con los ánimos en su punto de excitación máxima, el primero en dirigirse a la manifestación fue el doctor Hugo Almirón (Hospital de Santa Lucía) quien proclamó que "hoy nos convocamos en comunión por una causa justa que es el reclamo de un pueblo que pelea por su dignidad". A la hora de calificar la situación en la que está emergida la salud tucumana, el profesional destacó que "hay que salir de este disparate moral. Pero la respuesta no la tenemos que dar al gobierno, sino al pueblo, porque es quien en verdad sufre".

Las plegarias y los pedidos sanitarios, parecen haber dejado lugar a las exigencias ciudadanas, pues la ovación brindada al doctor Almirón después de su alocución sintetizaron el clamor popular. Ante esto el galeno finalizó: "Queremos un Tucumán que sienta, palpe, escuche, que le diga no a la pobreza, para conseguir una provincia sin hambre, ni bolsones. Un Tucumán justo", remarcó eufórico.

A continuación, la posta de la opinión la tuvo el doctor Sergio Ramazzioti (Hospital Padilla) quien remarcó que los médicos ya no pertenecen una "elite anónima" sino que son personas que lograron mezclarse con la urbe del hombre común que reclama "dignidad". Siguiendo con sus palabras, Ramazzioti advirtió a la administración provincial "No nos rendimos, porque todavía no hemos empezado a luchar", sentenció.

Quien prosiguió con los discursos fue uno de los estandartes que poseen los autoconvocados, la doctora Adriana Bueno, quien no demoró ni un instante en repudiar el accionar de los ministros (Edmundo Jiménez, Jorge Jiménez y Pablo Yeldin) que ayer en una improvisada y sorpresiva conferencia de prensa volvieron a plantear la imposibilidad de concretar aumento alguno para los galenos. "De modo cobarde se juntaron, no fueron capaz de dar la cara al representante de la Iglesia Católica (Monseñor Luis Villalba). Han mentido al pueblo tucumano y han mentido ante Díos", esgrimió. Finalmente, la palabra le fue concedida al profesional Sergio Amaya que, mirando a la afluencia de personas congregadas, consideró "tenemos el mejor aliado para ganar esta batalla, que son todos y cada uno de los tucumanos que llenan esta plaza".

Entre esas almas destacadas por Amaya, EL SIGLO pudo consultar a ciudadanos que no pertenecen a la rama medicinal pero que, sin embargo, resaltaron su apoyo. Quienes consideraron que "el hambre está haciendo salir a la gente, de la clase que sea. Eso logró el gobierno… unirnos", remarcó.

Una nueva marcha ha pasado, y comienza a guardar su lugar en la fila de la protesta, que parece adicionar a más ciudadanos que bregan por llegar a la cima de una solución. En el camino se vislumbra a un gobierno que está pagando un precio político demasiado alto, pero también, a una sociedad que no valora sólo ya el pavimento, sino también las huellas sordas y hostiles que en él van dejando.

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