El botox, de Madrid a Tartagal

Por: Osvaldo Pepe

Raúl del Pozo es un escritor español, un hombre que ha pasado el codo de los 70 y podría decirse que sabe lo suficiente de la vida, de la suya y de las de otros, incluido las de pueblos y naciones. Acaso sea sólo un "león herbívoro". Acaso no.

A propósito de la visita de Cristina Kirchner a España, ha escrito en el diario El Mundo, en el que es columnista: "Ha llegado a Madrid la reina del botox, heroína anti-age." Sin ninguna originalidad la describió como "la Evita posmoderna", una mujer "sin patas de gallo, con la cara planchada" y describió a la Argentina como "tierra con minas y malevos". Fue corresponsal acá: sabrá por qué lo dice. Su escatología marchó a contramano de la caballerosidad de los jefes del gobierno y del Estado español, quienes puntualizaron con demoledora elegancia y buenos modos las diferencias con las políticas y los intereses del Gobierno argentino.

Tarde, el columnista habrá visto ya las imágenes de la reina del botox metida en el barro de la desgracia de una perdida ciudad del norte argentino. Tartagal se llama, señor Del Pozo, el lugar en donde la Presidenta hizo lo que debía como jefa de Estado y ninguna medalla le cabe por eso. Llevó solidaridad y apoyo a las gentes arrasadas por el barro y el agua de un alud, otro más, contra los pobres de toda pobreza.

Ninguna campaña electoral, ningún duelo de intereses domésticos pueden llevarnos al resignado recato del silencio frente al agravio a una jefa del Estado elegida por la ciudadanía conforme a derecho. Acá nadie la votó por sus dosis de botox, sino por su pertenencia y su trayectoria. Del Pozo no criticó las políticas de la Presidenta, sólo la ninguneó con la impunidad hostil del opinador de café, de esos que creen que castigar al poder garantiza el bronce del progresismo.

El caballero manchego "de la triste figura", el gentil Alonso Quijano, el eterno Don Quijote de su amada Dulcinea, habría salido lanza en ristre para ponerlo en su lugar. Ni qué hablar de nuestro Martín Fierro. Habría sacado un facón. O tal vez, sólo uno de sus versos: "Muchas cosas pierde el hombre/que a veces las vuelve a hallar;/pero les debo enseñar,/y es bueno que lo recuerden:/si la vergüenza se pierde/jamás se vuelve a encontrar".

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