Un día a bordo de la campaña del candidato sorpresa de Chile

Es Enríquez Ominami. Pocos creían en sus chances, pero hoy pelea por ir al balotaje. Clarín viajó con él.
No para de contestar mails en su computadora portátil. De vez en cuando Carlos, uno de sus asistentes, le pasa alguno de los celulares y habla para una de las diez radios regionales que han pautado ese día. Casi no hablan entre ellos, chatean o se encuentran en Twitter, también por internet. Después de explicar a Clarín durante un buen rato el "hartazgo" por el cual decidió saltar el cerco de la Concertación y arrojarse al vacío de una campaña electoral sin el padrinazgo de un partido grande, el licenciado en Filosofía, cineasta y diputado ex socialista Marco Enríquez Ominami (36) abre la puerta del auto y dice entre risas con su voz levemente disfónica: "Esta es la parte más humillante". Ahí nomás se acomoda el jopo de su cabello renegrido, ajusta la corbata lila pensada para el traje gris, sale y sube a la camioneta que vibra adelante, en medio de unos diez autos que componen la caravana. MEO, así lo llaman aquí, entra en acción.

"Marco por tí, Marco por ti, Chile tiene que cambiar", suena por los altoparlantes uno de los temas que identifican la campaña de Enríquez Ominami, el hijo de la periodista Manuela Gumucio y de dos hombres de la política chilena. Sí, de dos, porque MEO es el hijo de Miguel Enríquez, el líder guerrillero del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), muerto en un enfrentamiento en 1974, pero es también el hijo del alma de Carlos Ominami, un ex militante del MIR e influyente senador socialista que también abandonó al PS y a la Concertación que gobierna este país desde hace 20 años para apoyar a su hijo y su proyecto.En el auto se ven computadoras, libretas negras, tarjetas rojas del candidato, botellas de agua mineral y analgésicos. También botellitas plásticas de alcohol en gel, pañuelos descartables y una heladerita. Al fondo, una mochila roja, "con la que recorrí el país a principios de año, solo, cuando nadie creía en mí". Sobre el asiento de atrás, una camisa blanca para cambiar en caso de "accidente".

"Yo ya gané: logré cambiar la geometría de este país", había dicho antes de bajarse el niño que vivió el exilio en Francia y dividió su vida de estudiante entre París y Santiago, el hombre que se psicoanalizó más de 10 años en el nombre del padre; el joven que salía en las revistas frívolas por sus romances y el cineasta que defraudó a la izquierda tradicional cuando en lugar de hacer documentales comprometidos filmaba comedias ligeras. Le gusta a MEO jugar al francotirador y estar en el centro de atención, apelar a prácticas iconoclastas en una sociedad conservadora como la chilena. El aborto y el matrimonio gay pero también la suba de impuestos figuran en una propuesta de campaña que es apoyada por independientes y por organizaciones que pretenden cambiar las reglas del juego instauradas desde la salida del poder de Pinochet. La izquierda convencional lo acusa de híbrido, y la derecha le hace el juego, en una buena estrategia de rasparle los pies a la debilitada Concertación oficialista.

La caravana sube pesadamente por entre los cerros de la parte pobre de Valparaíso, tan alejada de las prolijidades de Santiago y tan parecida a otras regiones de Latinoamérica. Los niños empiezan a gritar y se acercan a la camioneta. Jóvenes que salen del colegio lo vivan, sacan fotos con celulares y le hacen la señal de la V con doble sentido: el 2 es el número de su lista y también el signo de una segunda vuelta que se ha vuelto posible para un candidato inexistente hasta principios de este año.Mujeres mayores salen de su casa secándose las manos en el delantal para decirle algo, darle un beso o preguntarle por Karen, su mujer desde 2003, la conocida periodista televisiva Karen Doggenwiler y madre de su hija Manuela, de 5 años y de Fernanda, de 14, hija de un matrimonio anterior de ella. La rubia Karen dejo la TV meses atrás para hacer campaña por MEO: para muchos es motor insoslayable de esta candidatura por la que meses atrás pocos daban un centavo y que hoy, a menos de una semana de las elecciones, le disputa desde muy cerca la chance de llegar a segunda vuelta y competirle al empresario de derecha Sebastián Piñera en lugar de Eduardo Frei, el ex presidente democristiano que se candidatea para suceder a la presidenta Michelle Bachelet en nombre del oficialismo.

Luego de los cerros de Valparaíso el destino es la opulenta Viña del Mar, donde con menos énfasis pero igual entusiasmo se le acerca gente. "Eres mi candidato: me inscribí para votarte", dice David, pelirrojo y de rulitos: MEO está comiendo tilapia con vegetales, un pescado a la parrilla en el Hotel del Mar. Lo acompaña con agua y más tarde será un té verde, antes de regresar a la calle. Luego vendrá el puerto de San Antonio, con jovencitas pegando alaridos como si MEO fuera un cantante pop y por último Santiago. "Ya gané pero ahora quiero ganar en serio", dirá sobre el final de más de siete horas de besos, caravanas y apretones de manos. "Soy el único que puede ganarle a Piñera", dice, y se baja del auto para filmar el último spot de campaña, acompañado de su mujer y en donde se los ve entrando a La Moneda. Atrevido, Marco.

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