El boom del petróleo instaló el Far West en el desierto pampeano

Súbita riqueza de una ciudad donde el éxito convive con la ley del revólver.Por Sergio Romano

COLONIA 25 DE MAYO.? La Pampa parece tener ya su pueblo estilo Far West. En Colonia 25 de Mayo hay desierto, boom del petróleo, cientos de trabajadores que llegan como hormigas a llenarse los bolsillos con sueldos de entre 5000 y 10.000 pesos... y tiroteos para ver quién es más guapo.

Mirta Larrazábal, de algo más de 40 años, es empleada administrativa en el Sindicato del Petróleo de Río Negro, Neuquén y La Pampa. La custodia un policía que usa mechas rojizas, cuchillo estilo Rambo y una pistola reglamentaria. Tiene miedo, mucho miedo. Larrazábal dice que nadie sabe lo que otros gremialistas son capaces de hacer.

El boom petrolero que vive esta ciudad, ubicada 411 kilómetros al sudoeste de Santa Rosa, en el límite con Río Negro, transformó costumbres y triplicó salarios y precios, pero también instaló la pelea ?a la usanza del Lejano Oeste, tiros incluidos? entre gremios por captar afiliados. Es una disputa por dinero: los sindicatos retienen entre 300 y 700 pesos del sueldo de cada afiliado.

Aquí nadie habla de Colonia 25 de Mayo, como figura en los mapas, justo al final de la larga Ruta del Desierto. La llaman "25", a secas. Hay 15.000 habitantes, calles destrozadas, casi todo por hacerse y poderosas empresas petroleras que por año sacan de las profundidades 6 millones de barriles de crudo y 350 millones de metros cúbicos de gas. "Usted no sabe lo que son capaces de hacer", dice Héctor Fuentes, delegado petrolero de 25 de Mayo por el gremio de Río Negro. Tres cuadras más allá están "los otros" sindicalistas.

"O-ese-e-erre." César Oser se presenta y deletrea su apellido. "Por favor, escríbalo bien", dice. Parece que le ha tocado el papel del malo que ataca a Clint Eastwood. Fue uno de los acusados de emboscar y tirotear al bando rival sindicalista. "Me «encanutaron» dos días. Sí, estuve preso. Ese Fuentes es un «cagón»", remata.

Fuentes cuenta que habían ido al yacimiento petrolero El Corcovo a hacer una asamblea y que, a la vuelta, los esperaron con camionetas cruzadas en el camino. "Oses [así le dice] y otros nos cruzaron las camionetas, a las que le pegaron un tiro. Podrían habernos matado."

El intendente David Bravo se queja, y con razón: "Se llevan millones de dólares a otras provincias y al exterior. Pero a la municipalidad sólo le dejan 12 millones de pesos, ¡no de dólares!, al año en regalías".

El boom del petróleo empezó hace un par de años pese a que, desde la década del 70, la vieja YPF estuvo explotando los yacimientos de la zona. Sólo ahora, luego de una serie de piquetes de vecinos, se empezó a contratar trabajadores pampeanos y se ampliaron las zonas de explotación.

Hay una decena de empresas petroleras que buscan el oro negro, licitación mediante: Petrobras, Petro Andina y Petroquímica Comodoro Rivadavia. En ciertos casos, pagan las regalías más altas del país: de hasta el 40 por ciento. Por lo general, las concesiones nacionales establecen un magro 12%. Hasta los Werthein -empresarios agropecuarios y accionistas de Telecom Argentina- buscan petróleo en el oeste pampeano.

Aquí también se asentó medio centenar de firmas que prestan servicios de transporte, soldaduras de acueductos, construcción de líneas eléctricas e instalación de baterías y estaciones de bombeo. Entre ellas está la investigada Skanska.

El fantasma de los K está presente. "Ya está desembarcando una poderosa empresa para hacer movimientos de suelo. La conocemos como la empresa de la Cristina", dicen por lo bajo.

Hay dos tipos de pobladores: los que trabajan en el petróleo con sueldos de 8000 pesos promedio y los otros, estatales o empleados de comercios y de campos, que miran cómo no sirven para mucho los 2000 pesos que cobran. De la mano de los salarios petroleros aumentó todo: la carne, el pan y los alquileres. "Un departamento de cuatro metros por cuatro cuesta 700 pesos al mes. Y una casa de dos habitaciones, 3000 pesos", dice Fabricio Rodríguez, profesor de educación física.

Unas diez personas llegan por día a este pueblo para buscar trabajo. Y casi todos los jóvenes empleados en el sector tienen autos cero kilómetro. Carlos Corso aún no. "Me entregan una camioneta en unos días", dice. Tiene tres hijos, 30 años y recibe un sueldo de 7000 pesos. "Todos queremos hacernos la América", agrega.

Mesa de los mentirosos

En el bar El Molino hay una humareda asfixiante. Un cartel promete minutas para llevar. Hay seis parroquianos en torno de lo que en el pueblo llaman "La mesa de los mentirosos". Hacen lo mismo desde hace años: tomar ginebra, cerveza y, por supuesto, ver quién miente más.

Oscar Santamarina, ex diputado provincial por ARI, entra y saluda. Es uno de los pocos que mantienen su chacra con frutales. La gran mayoría se alquila como campamento de las petroleras o se subdivide. A las 17.30 del jueves pasado, Gabriel Millán abre una cerveza. Cuenta que fue contratado para cortar los álamos de una hectárea y media de una chacra. "Había frutales añosos. Ahora habrá casas", explica.

Santamarina advierte que el boom petrolero trae aparejados la contaminación y el reclamo de campesinos que ocupan tierras fiscales desde hace cien años y no cobran por las explotaciones.

Aquí sería imposible ocultar la inflación. Los altísimos sueldos de los petroleros han disparado los precios en los almacenes, de las casas y de todo lo que se compre y se venda. Los bolsillos de maestros, médicos y policías son los que más sufren.

Hay médicos y enfermeros del hospital Ahuad que se han ido a trabajar como profesionales de la salud para las petroleras.

Dos adolescentes con guardapolvo dicen que hay dos boliches, tres pubs y muchas caras nuevas en un pueblo donde todos se conocían. En el último año han llegado numerosos trabajadores de otros pueblos, de otras provincias y hasta de Chile, explican Emilia Bazán y Marianela Pfund.

"Era un pueblo tranquilo. Ahora cerramos con llave. Hace unos días, pasó algo que nunca ocurría: un tipo armado quiso asaltar a un vecino a la salida de un banco", cuenta Emilia.

Todos quieren hacer negocio. Hay gomerías, quioscos y tres prostíbulos con mujeres paraguayas, dominicanas y brasileñas. "Se necesitaría uno más grande. De nivel. Viene mucho yanqui con sombrero texano, mucho japonés, mucho dólar", dice un hombre de 70 años con aspiraciones de «fiolo».

Parece que las pistolas se disparan solas. Oser levanta su humanidad de la silla y ofrece un apretón de manos. "¿Dónde dejé el arma? Nunca tuve un arma", replica. "El tiro en la camioneta, en realidad, fue un golpe con un hierro", asegura. Desde la policía, sin embargo, confirman que fue un balazo de un calibre 22.

Los gremialistas aún no se han puesto de acuerdo. Pero hay algo en lo que coinciden: cada afiliado deja al sindicato mucha, pero mucha plata, y siempre los otros son los matones. La puerta de uno de los sindicatos ya se cerró. El policía y su cuchillo de Rambo se han ido a descansar.

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