Boleta única, un paso hacia la transparencia

Por Eduardo Duhalde

De regreso al país, tras dictar una conferencia en la Universidad Antonio de Nebrija, de Madrid, el 1° de noviembre de 2007, advertí ante la prensa que el actual sistema de partidos -y en particular el Partido Justicialista- requería con urgencia "renovar sus ideas y cuadros políticos".

Así lo reflejó en aquel momento este diario, que citaba declaraciones mías señalando la imperiosa necesidad de instrumentar una reforma política y electoral de amplio alcance. Dije entonces: "Sin partidos, sólo tendremos liderazgos pasajeros, dispersión de la energía nacional y falta de un proyecto de país [?]. Es conveniente ir hacia un sistema de votación que contemple una boleta única para que la gente marque su opción, y se evite así el robo de boletas".

La incorporación de un menú unificado de opciones para el votante dejaría de lado la confusa e interminable superposición de papeletas que viene caracterizando los últimos comicios. Además, erradicaría la manipulación de boletas y reduciría la posibilidad de su adulteración.

Así, se evitarían los típicos problemas de logística y control que enfrentan las fuerzas políticas más pequeñas o de reciente creación. Adicionalmente, el acto electoral sería menos costoso para el bolsillo de los ciudadanos, puesto que se reducirían sensiblemente los gastos de la impresión y distribución de boletas y los relacionados con el escrutinio. En síntesis, todo el proceso se volvería más dinámico, ágil y cristalino.

Por ello, celebro muy especialmente que, en los últimos días, se hayan sumado, en la misma dirección numerosas y diversas voces del arco político y de las organizaciones no gubernamentales. Más aún, la coincidencia expresada en favor de la boleta única por importantes referentes peronistas, radicales, socialistas, de la Coalición Cívica, de Pro e independientes marca la enorme oportunidad que tenemos los argentinos de salir del anacronismo electoral en el que estamos atrapados.

En ese contexto, también expresé entonces, y reitero hoy, mi convicción de que nuestro país necesita cambiar su andamiaje institucional y pasar del presidencialismo al parlamentarismo.

Estoy convencido de que el actual sistema político es uno de los más perversos y dañinos para la salud de la República, toda vez que permite al Poder Ejecutivo pasar por encima de los otros dos poderes constitucionales. En cambio, el modelo parlamentarista de gobierno hace posible que, cuando algún aspecto de la gestión comienza a funcionar mal, la falla se pueda corregir a tiempo, sin que sufra daño grave el propio sistema. En consecuencia, las instituciones se fortalecen, y la política y la sociedad ganan estabilidad y previsibilidad.

Lamentablemente, el oficialismo se empecina en mantener sus oídos cerrados y se niega una vez más a registrar los mensajes claros y contundentes de gran parte de la sociedad. El Gobierno no parece estar dispuesto tampoco a saldar la deuda que tiene con los ciudadanos en el terreno de la reforma política. En rigor, pese a haberla anunciado varias veces, nada se ha hecho para revitalizar el sistema de partidos y modernizar el régimen electoral.

Siempre he sostenido que no hay democracia fuerte con partidos políticos débiles. De igual modo, una genuina participación cívica requiere como condición procedimientos transparentes y confiables para todos.

La incorporación de la boleta única no es una respuesta mágica que solucionará todos los males de nuestra joven democracia, pero, al menos, sería una señal de que la clase dirigente ha comenzado a escuchar la voz del pueblo.

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