La boleta única es una buena idea, pero no resuelve todos los problemas

La iniciativa presentada por la oposición tiene aspectos positivos, pero aparece como difícil de implementar en un distrito clave como la provincia de Buenos Aires. El debate quedó ahora teñido por la denuncia de falta de transparencia del Gobierno
El proyecto de boleta única que presentó la oposición es una buena iniciativa. Desde esta columna (“El colapso de la boleta”, El Cronista, del 31 de octubre de 2007), proponíamos su implementación, a partir de la caótica situación registrada en las presidenciales de 2007. Es un mecanismo que simplifica la organización del comicio, y pone un límite al ‘curro’ de ‘sellos de goma’ electorales y ‘colectoras’ que distorsionan el espíritu del sistema. Pero hilando más fino, hay algunas observaciones que hacer a las propuestas en circulación, y a la forma en que se han presentado ante la opinión pública:

1. ¿Cómo puede aplicarse para la elección de diputados nacionales de la provincia de Buenos Aires? La boleta única es necesaria para las elecciones de presidente, gobernador, intendente, senador y diputados nacionales en la mayoría de las provincias, pero poco práctica para la bonaerense. En nuestro actual sistema de listas cerradas (‘sábana’), que este cambio no modificaría, la lista de candidatos debe endorsarse en forma completa en el acto de votación. En octubre, los distritos que eligen pocos diputados (como Santa Cruz, que renueva 3) pueden sin inconvenientes ubicar los nombres de todos los candidatos en una sola papeleta. Pero Buenos Aires, que renueva 35 bancas, tendría más dificultades. Si, como en 2007, se presentasen 25 partidos, la papeleta debería incluir 875 nombres. En mi opinión -aunque más que la mía, importa la de los jueces de la Cámara Nacional Electoral, y la de los tratadistas en derecho electoral comparado-, una boleta que solo incluya a los primeros nombres, y no al listado completo, va en desmedro de la representatividad del acto. Tampoco resuelve -más bien, lo contrario- la popular crítica al sistema actual, de aquellos que afirman nunca conocer a “los candidatos del fondo de la lista” (algunos hablaban del “tren fantasma”). Una forma de resolverlo sería que los organizadores del comicio, en lugar de una papeleta única, imprimieran un librito, de 12 o 14 páginas, con los listados completos, a dos listas por página, para que el votante marque allí su lista preferida. Como en los exámenes universitarios de ‘múltiple choice’.

2. La boleta única no resuelve tantos problemas. Los 875 candidatos bonaerenses nos recuerdan que los temas a abordar en una reforma electoral en serio, son el tamaño del distrito electoral bonaerense, y la gran cantidad de partidos que admite el sistema. Estos problemas de fondo, que sí se planteaban en los debates de 2001, no se resuelven con el cambio de boleta. Tampoco es cierto que resuelva el problema de la ‘compra de votos’: aún el famoso ‘voto-cadena’ se puede hacer con boleta única.

3. El planteo ante la sociedad no fue constructivo. Líderes de la oposición han instalado la necesidad de esta reforma con acusaciones directas o implícitas al partido mayoritario, el Justicialista, de haber ganado las elecciones con la ayuda de mecanismos fraudulentos (robo de boletas, voto-cadena, etc.), lo que deslegitima su gobierno. Es esperable, por lo tanto, que el oficialismo reaccione defensivamente, y con ello las probabilidades de avanzar en esta reforma, y en toda otra, disminuyen. La cuestión de la boleta única ya está muy instalada en la sociedad como ‘reforma antifraude’, como si se tratase de una nueva ley Sáenz Peña. Dado que las reformas electorales exigen consensos y mayorías especiales, cabe preguntarse si el objetivo real del mensaje era lograrla, o deslegitimar al adversario ante la opinión pública. En política, inexorablemente, todo se politiza, pero es necesario tratar de abordar las cuestiones relativas al diseño institucional electoral de la forma más aséptica posible.

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