Blasfema, que nada queda

Hay sentencias orales que preocupan, aún hoy, cuando la política y sus características más trascendentes y menos loables, de tanto invadirnos, ya se han adjudicado una naturalidad aceptable.
¿Cómo se sustancian las causas mediáticas en contra de los adversarios políticos? ¿Cómo se conocen debilidades y vicios, o se revelan cuentas y propiedades, o se anotan circunstancias verosímiles o inverosímiles para confeccionar un expediente acusatorio que se abrirá a la voracidad -inducida- de la prensa y el público?

¿Cómo es que se analiza (en el mejor de los casos) y se toma una decisión respecto de dónde golpear, cuándo, cuánto y cómo, para infligir un daño en el otro que se suponga certero y no parezca artero, ruin, mediocre? ¿O cómo se desestima la importancia de esto último, y se presenta el ataque sin miramientos de ninguna índole, aún cuando esto lastime más la mano que golpea que el rostro golpeado? ¿O esto no se reflexiona jamás, y luego o nunca aparece el arrepentimiento?

Pregunto esto porque hay sentencias orales que preocupan, aún hoy, cuando la política y sus características más trascendentes y menos loables de tanto invadirnos ya se han adjudicado una naturalidad aceptable. Sí, lamentablemente aceptable en una sociedad que, además, adscribe a la denuncia con o sin fundamentos, generalmente sin pruebas, y al insulto liso y llano, vulgar, ordinario.

Preocupa, decía, la peligrosa aproximación a la irracionalidad extrema que se produce por el simple desprecio de unas mínimas reglas de urbanidad, todavía necesarias cuando se trata de antagonismos irreductibles.

Preocupa, en realidad, el hecho de que no es lo que retumba infame en nuestras cabezas lo más grave de estos episodios cada vez más frecuentes. No. No es la diatriba infeliz lo peligroso a advertir en esta conducta de nuestra dirigencia.

Es, si nos fijamos bien, la incapacidad instalada para descubrir la verdad de cada luctuoso incidente, que por esto mismo se convierte en anécdota, hasta en leyenda, con el paso del tiempo.

"Miente, que algo queda", postuló Goebbels. Y eso sigue representando una certeza. Pero también lo es que "nada queda" después de estas pendencias en los medios, propicios escenarios para la pantomima que busca distraer nuestra atención, y lo consigue con recursos innovadores en materia de blasfemias humillantes, mientras algo real y contundente, crucial a veces, las más ilegítimo o directamente ilegal, ocurre bajo nuestras narices, más proclives a oler la sangre que a presentir el propósito de su derramamiento.

Ese algo que queda es la sospecha imperecedera sobre el desenvolvimiento financiero de nuestra clase dirigente, o sobre su desempeño moral. Y aunque lo primero es lo que importa a nuestro fastidio ciudadano, lo otro, la posibilidad de un amor "contra natura", de una infidelidad, del uso indebido de sustancias, es lo que verdaderamente alimenta nuestro morbo pueblerino.

Lo que no queda, lo que no sucede, es la dilucidación correcta de los hechos que se denuncian, se justifican o se niegan. Y a nadie parece mortificar esta circunstancia, realmente.

Paréntesis. En un artículo de Rodrigo Fresán publicado por Página 12, leí que el psicólogo Paul Ekman, quien se ha especializado en codificar y sistematizar las leyes que rigen los modales de la mentira a partir de la cuidadosa lectura de "microexpresiones", y ha inspirado los guiones de la serie de Fox "Lie to me" (Miénteme, en inglés), explica que "no se desenmascara a más mentirosos por la sencilla razón de que la gente prefiere no saber la verdad". Cierre del paréntesis.

Para usar términos concomitantes con los acontecimientos que provocaron este libelo -éste que yo escribí, no el de Fresán- estimo que putos o no, gorriados o no, drogones o no, en tanto funcionarios públicos, quienes no convenzan con sus rendiciones de cuentas, declaraciones juradas, movimientos bancarios, compras y ventas, herencias, carencias, solvencias e insolvencias, tendrían que ser sujetos de investigación por parte de los organismos competentes, sin más trámites que los correspondientes y, de ser posible, sin demasiado anuncio, sin rimbombancias, con más contracción al trabajo que ánimo circense.

Pero esto es lo que no sucede, esto es lo que no queda. Y nos hemos acostumbrado a que así sea. Y ejemplos sobran, y los conocemos sobradamente, por lo que no hace falta mencionar ninguno. No. Porque nos queda lo que siempre queda y es para nosotros suficiente: la malicia, real o no. ¿A quién carajo le importa?

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