Un año bisagra

En 2008 terminó una era económica con viento a favor y, ahora, el desafío es que Cristina y Néstor Kirchner piloteen la tormenta. El nuevo escenario para Argentina: tipo de cambio no competitivo, freno en el consumo, caída de precios internacionales y baja de exportaciones.
Sin duda, 2008 no fue como todos lo esperaban y no dejó margen para el aburrimiento. Los sobresaltos y las noticias cambiantes estuvieron a la orden del día. Pero lo más importante que pasó durante el año que está terminando es un drástico cambio de escenario.

Se puede decir, sin temor a equivocarse, que 2008 fue el año del quiebre. El marco nacional e internacional que regía en los primeros meses es hoy completamente distinto y presenta nuevos desafíos a empresarios, consumidores y gobernantes.

Durante enero y febrero, las perspectivas eran más complicadas que en 2007, pero todas las expectativas estaban centradas en las medidas que podía tomar la flamante presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Sobre todo había cierta esperanza en una palabra: "concertación" para poder salir de los problemas que se vislumbraban (producción insuficiente, inflación en alza, falta de inversiones).

Oportunidad perdida Sin embargo, a poco de andar (apenas comenzó marzo), una medida de tinte recaudatorio y sus impensadas consecuencias, tiraron por la borda las expectativas y las oportunidades.

La Resolución 125, que establecía retenciones móviles y un significativo aumento de las alícuotas para la soja y el girasol y bajas temporales para el trigo y el maíz representó el inicio de un extenso conflicto entre el sector agropecuario y el Gobierno, en el cual la figura del ex presidente Néstor Kirchner desdibujó, primero al entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, y luego a su sucesor, Carlos Fernández, y a veces hasta a la Presidenta.

La seguidilla de desencuentros, cortes de ruta, marchas y manifestaciones altisonantes terminó con el voto "no positivo" del vicepresidente Julio Cobos, que impidió que la conflictiva resolución se transformara en ley.

En medio del conflicto y el paro agropecuario, las exportaciones se redujeron a su mínima expresión. Así, el país se perdió de exportar granos cuando tocaron el pico de cotización internacional (la soja llegó a 600 dólares en julio). Ahora, la oleaginosa se derrumbó en torno a los 330 dólares.

La tormenta del norte Hasta mediados de año parecía que el conflicto del campo iba a ser sólo un tropiezo y que luego volvería la calma y se podría retomar la iniciativa perdida, pero, a mediados de setiembre, un tsunami financiero hizo cambiar bruscamente todos los pronósticos.

El pánico se desató con la quiebra del banco Lehman Brothers no sólo modificó el escenario de los mercados financieros mundiales, sino también produjo un giro de 180 grados en el comercio internacional. De la mano de una fuerte restricción de la liquidez y del desplome del precio de los activos, los países desarrollados ingresaron en una recesión que promete extenderse, por lo menos, hasta mediados de 2009.

La menor actividad impacta en una brusca reducción de los precios de las commodities (materias primas) y en menores exportaciones desde Argentina.

El "viento a favor" se dio vuelta y el país pasó de precios súper altos de materias primas (sobre todo los de la soja), que le permitían obtener divisas e ingresos fiscales sin problemas, a valores por el piso; de un tipo de cambio competitivo para la industria a un dólar retrasado, sobre todo luego de la devaluación de Brasil; de un consumo a toda máquina ayudado por financiamiento accesible, a una fuerte cautela por pérdida de poder adquisitivo y temor a perder ingresos. Se pasó de un crecimiento de 9,9 por ciento en enero a un tibio 5,2 por ciento en octubre, con posibilidades de seguir enfriándose.

Impredecible. Si bien la inercia del crecimiento de los últimos años va a permitir que 2008 cierre con números positivos, lo que suceda en el año que está por comenzar está plagado de incertidumbre.

Los pronósticos de crecimiento abarcan un amplio abanico que se extiende desde una caída (que podría llegar a tres por ciento en el producto interno bruto (PIB), según el Estudio Broda, hasta un optimista crecimiento de "por lo menos" cuatro por ciento, según el instituto de investigaciones de la oficialista Confederación General Económica (CGE). En cualquier caso, es una brusca desaceleración del casi nueve por ciento de 2007.

A nivel global, el primer trimestre se anticipa muy complicado, con una continuidad de la recesión. En Argentina, las empresas podrán evaluar si pueden volver a trabajar después de las vacaciones y suspensiones, o si tendrán que recortar sus estructuras.

Por la caída de los precios internacionales y la recesión mundial, las exportaciones tienden a caer.

El tema del empleo (con sus consecuencias sociales) será preponderante en 2009, desplazando a la inflación, que lo fue en gran parte de este año.

Para mantenerlo, es crucial que la actividad económica caiga lo menos posible y el Gobierno concrete con éxito sus anuncios para reactivar el consumo y la actividad de las pequeñas y medianas empresas. Sin embargo, el efecto de estas medidas aún es una incógnita, primero, por el tema del financiamiento y, segundo, porque no se logró frenar aún la fuga de capitales.

Un tema clave es el manejo del tipo de cambio, que la mayoría de los analistas considera que está atrasado.

El Gobierno optó por el gradualismo, pero esto no genera un cambio de expectativas devaluatorias y sigue latente la tendencia de pasarse al dólar.

El nuevo escenario requiere sintonía fina en las medidas y un cambio de expectativas que el Gobierno deberá esforzarse aún más en generar.

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