Biolcati y Romero

Biolcati y Romero
Por Jorge Fontevecchia

Mientras los índices de aprobación del matrimonio presidencial apenas superan el 20%, si se elimina la opción regular y se fuerza al encuestado a elegir entre “está a favor de este Gobierno” o “ está en contra”, y eliminando a todos los que se escudan en “no sabe, no contesta”, en la Ciudad de Buenos Aires la Presidenta todavía obtiene un 40% de aprobación. Quizás esta forma de enmarcar la realidad ayude al matrimonio presidencial a dormir mejor, pero en octubre ese sueño quedará definitivamente quebrado.

Mientras los índices de aprobación del matrimonio presidencial apenas superan el 20%, si se elimina la opción regular y se fuerza al encuestado a elegir entre “está a favor de este Gobierno” o “ está en contra”, y eliminando a todos los que se escudan en “no sabe, no contesta”, en la Ciudad de Buenos Aires la Presidenta todavía obtiene un 40% de aprobación. Quizás esta forma de enmarcar la realidad ayude al matrimonio presidencial a dormir mejor, pero en octubre ese sueño quedará definitivamente quebrado.

Que a siete meses de las elecciones, la diáspora de senadores del bloque del Frente para la Victoria ya coloque al kirchnerismo prácticamente sin mayoría en esa cámara, es un indicador de que en el interior del país enfrentará una derrota electoral mayúscula, lo que a partir de diciembre lo obligará a gobernar por decreto, con todo lo que eso significa, o a acordar con la oposición.

Como a todos los seres humanos les cuesta mucho cambiar su comportamiento, la primera opción es la más probable. Una muestra de ese gen incorregible se dio esta semana con el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, a quien el Gobierno dejó desnudo frente a toda la opinión pública revelando en un comunicado oficial que había mentido al negar sus encuentros con Julio De Vido.

Biolcati argumentó que él era un hombre de “códigos” y “un caballero” que se limitó a cumplir con el pedido de confidencialidad que el Gobierno le había impuesto para que se realizaran esos encuentros pero su defensa es muy endeble.

Primero, la evolución de esas reuniones secretas no fue informada a los demás integrantes de la Mesa de Enlace. Y después que el diario Página/12 las dio a conocer, el domingo pasado, en lugar de reírse y hacer bromas por radio y televisión sobre lo “fantasioso” de ese artículo con ironías sobre la calidad de la escritura de su autor, el consagrado Horacio Verbitsky podría haber previsto interrumpir sus contactos con la prensa durante estos días o, si no le quedaba alternativa, evadir austeramente su confirmación sin un histrionismo patético.

Biolcati no estuvo a la altura de sus responsabilidades y tanto su comunicación oral como gestual es muy inferior a la de su predecesor, Luciano Miguens, un problema para el campo teniendo en cuenta que la Sociedad Rural es la organización que más fácilmente puede predisponer en contra a la sociedad.

Pero más allá de la gafe de Biolcati, el Gobierno obtuvo un triunfo pírrico porque en su frustrado intento de dividir a la Mesa de Enlace logró destruir a Biolcati pero, además de exponer a De Vido, destruyó también la credibilidad de cualquiera de sus funcionarios para futuras negociaciones en cualquier temática. Incluso hasta podría reducir el éxito del próximo blanqueo (precisa que los contribuyentes crean que se respetará el secreto fiscal).

¿Quién puede consumir tanto futuro por un premio presente? En situaciones normales sólo aquel que estuviera en una posición desesperante y el futuro le importase poco.

Otra hipocresía. Cuando en la Fiesta Nacional del Trigo se anunció por altoparlantes que el senador Juan Carlos Romero también renunciaba a la bancada del Frente para la Victoria, quien estaba hablando a los productores en representación de la Mesa de Enlace era el presidente de Confederaciones Rurales Argentinas, Mario Llambías. El orador improvisó diciendo: “Nos alegra que algunos legisladores se hayan jugado por sus provincias y otra vez vuelvan al origen, que es el pueblo”. Romero no tenía el mismo valor cuando fue gobernador de Salta mientras Néstor Kirchner presidió el país y su provincia recibía dinero del Gobierno nacional. Ahora se despidió del bloque oficialista con un escrito donde manifiesta que “los argentinos estamos agobiados por la intolerancia, por la confrontación permanente, (...) por la diferencia entre la opinión pública y la opinión publicada”. Y agregó: “Esta decisión no tiene que ver con la electoral (sic), sino con que no compartimos la visión stalinista de la Casa Rosada”.

Presté atención a Romero porque nunca pude olvidar el día que lo conocí. Duhalde había llamado a elecciones anticipadas y el ahora senador disidente pensó ser candidato a presidente y pidió una entrevista para explicarme su lanzamiento. Lo escuché durante unos minutos hasta que le pregunté: “Pero usted es gobernador de su provincia desde la segunda presidencia de Menem, se lo sindica como menemista y Carlos Menem será también candidato: ¿está dispuesto a competir con él?”. El gobernador me respondió: “Ese (por Menem) no será candidato. Va a ir preso”.

Dos semanas después, Menem anunció que quien lo acompañaría en su fórmula como candidato a vicepresidente era el gobernador de Salta y el lema era “Menem-Romero”.

Después de esa experiencia, no pude menos que reírme al leer los argumentos sobre Stalin que esgrimió Juan Carlos Romero para retirarse del kirchnerismo porque en agosto de 2004 escribí un ensayo donde comparaba a Kirchner con Stalin que ahora compruebo el senador tardó cinco años en leer.

Casi como pieza histórica, aquel artículo decía: “Stalin fue un experto en lavar cerebros, bloquearlos, producir ceguera, desinformación y arteriosclerosis intelectual en el ciudadano común y terror más sumisión en sus camaradas del partido. No toleraba la contradicción, era implacable con los enemigos, los aplastaba con una fuerza sin escrúpulos, hasta que no quedó ninguno de su partido que tuviese valor de enfrentarlo. Le gustaba resolver personalmente todo tipo de problemas: defensa, economía, asuntos exteriores, hasta dirigir el diario Pravda. Era paranoico y sus ministros debía exaltar constantemente su persona porque la adulación apaciguaba su espíritu vengativo. Continuamente imaginaba conspiraciones que le permitían dar rienda suelta a sus purgas. Gozaba dominando y su estrategia era el terror. Hacía interrogatorios constantes, tortura moral, amenazas y destrucción sistemática de la dignidad de las personas. Sospechaba de las personas que poseían una mente independiente y deseaba destruirlas. Precisó siempre de la presencia continua de enemigos, que podían ser inventados o indiferenciados, abstractos o concretos, pero debían merecer y justificar la necesidad de defenderse, es decir de atacar”.

Hoy ya no tiene el mismo valor. Kirchner ya no es más comparable con Stalin.

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