Binner, en un año de notas grises

De los 365 días que se cuentan desde el jueves pasado hasta el 11 de diciembre de 2007, el gobernador Hermes Binner no habló con la prensa en sólo 56 de ellos. Es decir, en los restantes 309 declaró algo o respondió preguntas a algún periodista. Casi se diría que es la contracara de los Kirchner, a quienes nunca criticó en estos 12 meses, pese a que busca diferenciarse en ese y otros varios aspectos.
Aunque informales, las casi diarias conferencias de prensa no mellaron el astringente talante del socialista que tanto lo emparienta en imagen con su antecesor peronista, Carlos Reutemann, con quien comparte no sólo ascendencia suizo alemana sino un estilo personalista y personalizado de concebir el ejercicio del poder.

Sobre la pirámide. Ambos se ubicaron en el vértice de una pirámide a guisa de faro que ilumina la gestión pero que también distribuye sombras arbitrarias sobre el resto de las figuras de gobierno. A diferencia, el gobernador tiene un manejo dialéctico proporcionalmente inverso a las dificultades que a su antecesor le trajo su lengua vernácula.

A Binner lo desquicia que lo comparen con Reutemann, pero bien sabe que eso es inevitable. Cada vez que se lo proponen uno y otro, son figuras excluyentes dentro de sus propios universos partidarios o monopolizan la discusión pública de la provincia cuando acuerdan o confrontan, tal como aconteciera durante 2008.

Haberle aguado al peronismo la celebración de sus bodas de plata en la Casa Gris —al menos ese fue el anhelo que el 11 de diciembre de 2003 expresó Reutemann mientras le pasaba la banda a Jorge Obeid— fue una hazaña que a otros partidos y dirigentes de fuste les birló el destino pero que otorgó a Binner un handicap que le alcanzó para desandar su primer cuarto de mandato con pasmosa tranquilidad.

La expectativa creada en la sociedad fue notable aunque hasta el jueves en que viera la luz un plan estratégico —presentado con énfasis— no pocas veces se tuvo la sensación de que la decisión oficial fue dubitativa y remisa. Como embrionaria, todavía. Seguramente sin la crisis económica mundial (y hasta si se quiere el conflicto del campo; que hace un año atrás nadie imaginaba) que de un momento a otro puso abrupto final a un ciclo de crecimiento que se creía seria muchísimo más largo, la oposición habría buscado otros intersticios para estigmatizar a Binner. Héctor Cavallero califica de deliberada la mora oficial en cubrir los cargos de los organismos de contralor y los peronistas llenaron de grafitis los muros de Rosario buscando asociar a Binner con la idea de un año perdido.

Figura que no decae. Ni la sensación de poco o menos de lo esperado que contribuyera a crear por sí mismo ni las críticas opositoras parecen haber menoscabado la consideración pública favorable de la que goza ni las alentadora predicciones electorales que los sondeos les auguran para el 2009.

La oposición, que está para oponerse a aquello con lo que no está de acuerdo o a su riesgo para oponerse porque sí, no obstruyó en la medida en que el oficialismo le endilgó. La política no es un entretenimiento de pelotero es un juego de intereses en permanente tensión que busca desequilibrar o consolidar, según sea el caso, las relaciones de poder de cada momento histórico.

Binner pudo sobreactuar una fiereza que el desdentado peronismo santafesino aún no tiene porque la sociedad en general —incluyendo un porcentaje de ciudadanos que no lo votaron o no lo harían— le cree sin beneficio de inventario. El gobierno distrajo al peronismo corriendo y descorriendo una reforma constitucional de la que el gobernador se acordó de hablar cada vez que necesitó avivar alguna humareda.

Apretando el torniquete. El gobierno dejó que la escasez apretara a municipios y comunas generando una presión que en el caso de los intendentes y presidentes comunales se volcaría sobre los senadores peronistas (cuya mayoría numérica dicta la suerte de los proyectos en la Legislatura) y pudo tejer el acuerdo que le permitiría en los próximos días contar con el presupuesto aprobado.

Binner es quien habla, su ministro político, Antonio Bonfatti, teje estrategias y los demás ministros y secretarios guardan un discreto perfil pero mantienen en funcionamiento las usinas del gobierno. Si bien es comprensible hasta cierto punto que la necesidad de nombrar más personal (más de 9.000 dice la oposición) para dominar una estructura que fuera moldeada durante 24 años por otro partido, hacer relevamientos, diagnósticos y acuerdos; aclimatarse, consultar y debatir hasta lograr encuadernar un programa global y ambicioso desde una concepción de la idea de Estado, de la gestión y de la cosa pública diferentes, haya demandado todo el año; no sería sensato que el gobierno pierda de vista que mientras tanto todos los problemas que esas tareas buscarían responder en el futuro no sólo persisten: se agravaron.

La desocupación y la inseguridad con sus secuelas de violencia cada vez más descontrolada y la crisis financiera global están hoy presentes en el presente de los santafesinos. En cambio, si algo se desdibujó en este año fue el frente partidario como estructura de gobierno y se consolidó la idea de una gestión socialista.

El gobierno con habilidad —tal vez con éxito— busca recrear la expectativa de la clase media y en ella se incluye a los productores a los el gobernador conformó diciéndoles que se les pone al frente aunque eso no signifique más que el trámite administrativo de un pedido de audiencia a la presidenta.

Con el reloj lento. Afianzar la persepción de que el gobierno no tiene apuro porque vino a quedarse por mucho tiempo —que es lo que permite deducir un plan que se presenta para los próximos 20 años, un partido que intenta instalar un sucesor (Miguel Lifschitz) desde el primer año y un mandatario que cultiva cuidadosamente una proyección nacional con expectativas— es una estrategia audaz y riesgosa y seria inadecuada para la mirada retrospectiva de un balance a menos que sea el resultado buscado.

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