La billetera K mata galanes y siembra temores

Por Fernando Laborda

El tiempo de la cosecha ha quedado atrás para los Kirchner. No hay antecedentes de que quienes conducen el país puedan presentarse con éxito a revalidar sus títulos dos años después de una dura derrota electoral en los cinco principales distritos de la Argentina y tras tocar su piso histórico en imagen positiva de acuerdo con los últimos sondeos de opinión pública.

No parece haber lugar para el descubrimiento por parte del matrimonio presidencial de campos fértiles para iniciar otro período de siembra. Pero siempre les queda a los Kirchner otro camino: el de sembrar cizaña en el campo de la oposición, algo que hasta ahora les viene dando buenos dividendos.

El nivel de rechazo social a Néstor Kirchner puede ser muy grande, inconmensurable, irrecuperable. Pero su capacidad de daño sigue intacta. Su habilidad para conducir mediante un astuto empleo de la billetera y del miedo continúa latente. Y no son pocos los que sucumben ante ese particular estilo de conducción.

El poder de coacción que busca a toda hora exhibir el gobierno kirchnerista no sólo provoca efectos en la arena política. Fuera de los círculos partidarios, en el ámbito empresarial es donde más se percibe una preocupante mezcla de temor y de asfixia.

Pocos días atrás, el director de una reconocida consultora de opinión pública, cuyos sondeos distan hoy de favorecer al Gobierno, se lamentó de no poder revelar datos de sus encuestas a la prensa. "Estamos cultivando el bajo perfil. La verdad es que tenemos miedo", confesó a LA NACION.

El reciente acto intimidatorio por parte de 200 inspectores contra el Grupo Clarín también hizo lo suyo. "Si a la más grande corporación de multimedios le hacen eso, ¿qué podemos esperar nosotros?", se preguntó un representante de una empresa del sector industrial.

La profundización del modelo K está en marcha, sin que importe cuál fue el verdadero mensaje de las urnas registrado el 28 de junio. Como ha insinuado la presidenta Cristina Kirchner, los medios de comunicación podrán construir el relato que deseen acerca de esos comicios, pero el único relato valedero para el Gobierno no es otro que el que se construye en la quinta de Olivos.

Según el relato oficial, el kirchnerismo triunfó en las pasadas elecciones y si no obtuvo más votos fue porque un sector progresista, liderado entre otros por Fernando "Pino" Solanas y por los socialistas de Santa Fe, interpretó mejor que ellos el significado de la profundización del modelo K.

Dirigentes de estos sectores de la oposición quedaron atrapados por algunos compromisos ideológicos, apenas mínimamente satisfechos con algunos retoques que admitió el kirchnerismo en el proyecto de ley de medios audiovisuales aprobado días atrás en la Cámara de Diputados.

La actitud de diputados socialistas y del bloque Solidaridad e Igualdad, formado por ex aliados de Elisa Carrió, no sorprendió demasiado. Prácticamente todos ellos habían votado favorablemente la ley que eliminó las AFJP y algunos habían respaldado la reestatización de Aerolíneas Argentinas. Decisiones que, bajo un disfraz progresista, ocultan la tendencia a una distribución cada vez más regresiva del ingreso. Basta con analizar el destino que hoy se les está dando a los fondos previsionales, cuyo propósito ha dejado de pasar por garantizarles la mejor renta a los actuales y futuros jubilados. O todo lo que se podría hacer en materia de políticas sociales con los casi 10 millones de pesos diarios que pierde la empresa aérea: se podría alimentar a unas 675.000 familias de cuatro integrantes, según el costo de la canasta alimentaria básica del Indec, o a alrededor de 488.000, si se tomara la canasta elaborada por Carrefour. Más allá, claro está, de los innumerables programas de formación laboral y reeducación que podrían ponerse en marcha.

Entre las necesidades fiscales de algún gobierno provincial, las supuestas convicciones ideológicas y cierta ingenuidad, la oposición vinculada con el llamado polo progresista continuará buscando, algo desorientada, su lugar en el mundo.

La misma confusión ha ganado al gobernador bonaerense, Daniel Scioli, quien súbitamente dejó atrás la estrategia de acercamiento al sector rural que había iniciado tras su derrota electoral para reconstruir su poder en la provincia de Buenos Aires. Cuando la administración bonaerense comenzaba a diferenciarse del gobierno nacional, vino el apoyo de Scioli al veto presidencial a la ley agropecuaria sancionada por unanimidad en el Congreso para beneficiar a productores de zonas afectadas por la sequía. Y, más tarde, la expulsión del ministro de Asuntos Agrarios provincial, Emilio Monzó, quien a juicio de Néstor Kirchner había cometido el pecado de reunirse con peligrosa frecuencia con dirigentes del campo.

Si Scioli no pudo capitalizar su fidelidad al kirchnerismo durante las semanas previas a las últimas elecciones, pronto cayó en la cuenta de que, sacando los pies del plato, iba a resultarle aún más difícil conseguir la ayuda del gobierno nacional para enfrentar la crisis financiera que afronta su provincia. No se trata de una cuestión menor: el Estado nacional es el principal acreedor del distrito bonaerense. La independencia fue el sueño de una noche de verano. Ahora, se impone la sumisión.

La armada K no parece apta para construir una nueva opción electoral, pero conserva gran capacidad de fuego para destruir adversarios, dividir a la oposición y retener soldados a fuerza de amenazas.

El propósito de la ley de medios audiovisuales es comparable al de las presiones a concesionarios de servicios públicos que debieron dejar las empresas en manos de grupos más confiables para el kirchnerismo, tal como ocurrió con Telecom, Edenor y Aguas Argentinas. El objetivo oficial en ambos casos no es otro que extender el dominio K en sectores clave de la economía y de la comunicación.

En los tiempos que hoy corren, el proyecto de radiodifusión puede verse como un mecanismo de autodefensa del Gobierno, dirigido a procurarle un blindaje mediático para afrontar los cuestionamientos presentes y las demandas por venir. Las comparaciones con la reforma del Consejo de la Magistratura, dominado por el oficialismo y empleado en ocasiones para presionar a jueces en condiciones de investigar irregularidades en el Gobierno, son llamativas. La autoridad de aplicación de la ley de medios que proponía originalmente el kirchnerismo iba a recaer en un órgano de cinco miembros, controlado por tres representantes del Poder Ejecutivo. Un cambio de último momento morigeró esa idea absurda (ahora tendrá dos representantes del Ejecutivo, dos de un consejo federal y tres legisladores), pero no el perfil politizado del cuerpo ni la fuerte probabilidad de que termine siendo manejado por el partido gobernante.

La profundización del modelo K también implica combatir cualquier foco de resistencia. El principal blanco elegido ahora es Julio Cobos, quien denunció que algunos funcionarios y dirigentes del oficialismo consideran que el rol del vicepresidente es callarse la boca o renunciar.

Cobos aspira a convertirse en el líder de la Argentina moderada. No es poco lo que ha logrado recientemente. Hace dos jueves generó el milagro de sentar juntos en su despacho del Senado a la plana mayor del macrismo y a las principales espadas del radicalismo en el Congreso. Días antes de los comicios había dado otra señal trascendente al recibir al entonces candidato Francisco de Narváez. Aunque ese gesto le valió críticas de dirigentes del Acuerdo Cívico y Social, la opinión pública valoró esa actitud.

El rompecabezas de la oposición no podrá resolverse sin diálogo y sin búsquedas de coincidencias. El desafío de sus dirigentes es demostrar que se puede hacer algo más que antikirchnerismo y edificar las bases de un nuevo consenso, para lo cual no pocos de sus exponentes deberán abandonar su clásico narcisismo.

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