Un día bien criollo en tierra americana.

Ante 18.500 espectadores, Angel Cabrera, Eduardo Romero y Andrés Romero participaron de la práctica en la cancha donde se realizará el gran torneo; distendidos, bromearon con la gente y hasta con Tiger.
"¡Peligro! Esta cancha es extremadamente difícil. La recomendamos solamente para jugadores de alto nivel." Con semejante advertencia que anuncia uno de los carteles, mejor ni pisar el campo del Bethpage State Park. Más allá del susto, la credencial habilita para conocer el trazado en estos días de práctica por dentro de las sogas, con el alivio de no tener que andar pegando pelotas como estos batalladores del golf. Pobres, ellos.

En todo caso, los que tienen el compromiso son Angel Cabrera, Andrés Romero, Eduardo Romero y el norteamericano Bronson Burgoon, que juntos armaron un ensayo desde el hoyo 10 y hasta el 18. Acompañándolos a escasos metros durante nueve hoyos, la perspectiva cambia totalmente. La primera impresión: debe dar mucha pena dejar a alguien sin un autógrafo. Hay chicos que estiran sus bracitos, pasan sus gorros por entre las vallas y más de una vez quedan frustrados en el intento. No porque los jugadores sean malos, sino porque es imposible atenderlos a todos. Los números oficiales indican que hubo 18.500 espectadores en el primer día de práctica. Ayer, la cifra se duplicó y todo tiende a ponerse peor para el tránsito de gente. O mejor, en favor del clima de las tribunas. De un hoyo a otro se encolumnan corredores atestados de fanáticos, a los que hay que corresponder con un gesto como mínimo.

Los argentinos se prestaron en todo momento a este juego con el público, desparramado como si fueran ejércitos de romanos a lo largo de las 7426 yardas. "¡Qué mal tiro!", le gritó un espectador a Cabrera, después de un approach demasiado corto. El cordobés se dio vuelta, identificó al fanático entre la tribuna y le ofreció el palo, como diciendo: "¿Querés probar vos?". Enseguida, las risas de todos.

Al Pato lo nombraron con todo tipo de apelativos. Como ahora lo conocen bastante bien, los norteamericanos dejaron de decirle "Eingel" para rebautizarlo como "Anhel". Falta una corrección en la pronunciación y Cabrera se gana la popularidad masiva en este país. Hubo otro que le gritó: "¡Come on, Mr. Green Jacket!" (¡Vamos, señor Saco Verde!), a propósito de Augusta. Uno más también le espetó en inglés: "¡La mataste!", luego de que le pegó a la pelota en el hígado con un tremendo drive. La regla de oro detrás de las sogas es así: a más cerveza ingerida, mayor el estruendo del vozarrón. "¿Sabés la curda que se van a agarrar éstos cuando empiece a hacer más calor?", se comentaban entre el grupo albiceleste mirando a los simpatizantes.

Es increíble la capacidad que tienen el Pato, el Gato y el Pigu para ambientar un clima bien criollo en tierra extranjera. Están a punto de participar en un Major, se llevan muy bien con Tiger Woods, con el que comparten bromas y distensión en un encuentro momentáneo, con firma de banderines incluida; una afinidad que nació hace bastante, sobre todo de parte del dúo cordobés, que combatió con el N° 1 y David Duval en la Copa del Mundo de 2000 en Buenos Aires. Igual, ellos escenifican la situación como si jugaran en Villa Allende o en Tucumán. Si no fuera por ese público que aúlla ahí afuera, estarían como en su casa. Los lazos entre ellos son de una empatía cultivada a lo largo de tantos años y viajes compartidos, sobre todo entre Cabrera y Eduardo.

Pero Andrés llegó para terciar y muchas veces termina quedando de punto . "Le voy a tirar al arbolito aquel de la izquierda", anticipó el Pigu en la salida del 16. "¡ Noooo, estás loco! ¡Apuntale al búnker del otro lado!", apuró el Pato. Se plegó el Gato: "Sí, ahí donde está el tablero". ¡Bueno, hacé lo que quieras!, se resignó finalmente Cabrera, siempre en clave de broma. Los caddies Coco Monteros, Alejandro Molina y Rubén Yorio participan de ese show cordobés-tucumano sin guiones preestablecidos. También los instructores Charlie Epps y Mariano Bartolomé, que asisten con consejos y filmaciones in situ. Anécdotas, chistes y vivencias de lo más disparatadas pueden surgir de cualquiera de los tres jugadores. "Mi yerno es senador y docente", sorprende el Gato. Después aclara: "Sí, porque se la pasa cenando y se levanta siempre a las doce". Cabrera se ríe a carcajadas y Andrés se achina aún más para estirar su natural sonrisa. El trío se descontractura y va al revés de lo que impone esta nueva era del golf, con jugadores robotizados, máxima disciplina y movimientos calculados como fórmulas matemáticas.

En medio de las bromas, la caminata por la cancha es como combatir en Vietnam. Los pies se hunden en el terreno húmedo y la temperatura varía locamente. El pronóstico dice que va a llover jueves-viernes-sábado, y eso va a ser otro gran problema. Mientras tanto, sol y nubes grises alternan fichas. Y la gente que no para con las ovaciones y los gritos. No es nada fácil seguir el ritmo, la atmósfera abomba, aun llevando sólo una birome y un anotador.

La Bethpage Black debe ser mentalmente tortuosa para quienes vienen encadenando bogeys, entre esos pastizales abrasadores y enormes búnkeres que invitan a caer al vacío. Cuando el hoyo es cuesta arriba, más complicado todavía. Cuesta imaginarse, incluso, algún escenario de máxima presión para el último día. Atender este infierno con forma de cancha es sólo para gente capacitada.

El Gato sigue disfrutando. Simula festejos alzando el puño y la gente lo alienta. Incluso cuando se pierde un birdie imposible de no más de 15 centímetros. El Pigu clama por una hamburguesa para calmar el hambre y sigue probando tiros, con fantasías incluidas. En las prácticas todo vale: los jugadores recolocan las pelotas, a veces ejecutan más de una salida, prueban las caídas y examinan qué tal rueda la pelotita sobre el green, pero no necesariamente con tiros al hoyo, sino con marcación de tees.

La práctica se va terminando. Allí en el final del 18 espera un último batallón de cazaautógrafos. Los argentinos cumplen con el pedido, después de una tarde rica en matices, con golf y distensión en un sano equilibrio. Los aplausos y el aliento se sienten más cerca que nunca, pero las felicitaciones son exclusivamente para ellos.

* Contento por compartir un Major con Cabrera

"Me pone contento compartir un Major con el Pato, justo después de su victoria en el Masters. Es reconfortante reencontrarse acá con él luego de haber jugado tantos años juntos. El campo está muy difícil; por lo pronto, mi primer objetivo es superar el corte clasificatorio, y después tratar de meterme entre los mejores. Pero estoy sin presiones", indicó Eduardo Romero.

Comentá la nota