El Bicentenario de la Presidenta

Por Daniel Larriqueta

El 7 de julio pasado, al homenajear a las Fuerzas Armadas con motivo de la Independencia, la presidenta de la Nación llamó a celebrar el bicentenario de la Revolución de Mayo "después de doscientos años de desencuentros, frustraciones y fracasos". No es la primera vez que la Presidenta enarbola este juicio lapidario y desalentador sobre la construcción de nuestra patria, obligándonos a pensar que con ese enfoque ella presidirá, el año entrante, las celebraciones del Bicentenario. Pero, al haberlo reiterado en ese ámbito, el aserto adquirió un significado dramático. Porque se debe suponer que la comandanta en jefe de las Fuerzas Armadas, calidad en la que ella misma dijo hablar ese día, no ignora que se dirige a las instituciones que sembraron América del Sur de mártires en las guerras de la Independencia, cuyos nombres, y los de las batallas principales, resuenan en la mitad de las calles de la capital argentina y de muchas otras ciudades del país.

Nuestros doscientos años empiezan con esa gesta formidable de coraje y sueños que anticipa la Primera Junta cuando, cuatro días después de su instalación, anuncia que "cada niño que nace, nace soldado", y que se desplegará hasta los campos del Ecuador, del Paraguay y del Brasil. Al lado de esa inolvidable gesta de bravura, iniciada con la derrota de las tropas inglesas en Buenos Aires en 1806 y 1807, la pequeña nación que éramos entonces abre un camino de progreso casi milagroso.

Eramos 400.000 habitantes y hoy somos 41.000.000, éramos un desierto de fronteras frágiles que fuimos llenando de trabajo, de ciencia, de educación, de bienestar. Crecimos en población y riqueza como ningún otro país del continente sudamericano y, a pesar de nuestras desigualdades, seguimos encabezando la región en el índice de desarrollo humano que elaboran las Naciones Unidas.

La construcción de las bases argentinas se hizo en el siglo XIX, y se hizo con tanto empuje y fortuna que, al celebrarse el centenario de la Revolución de Mayo, la clase dirigente de la época estaba orgullosa de los logros. Pero, como lo dice Joaquín V. González en El juicio del siglo , también sabían que el modelo tenía fisuras, defectos y olvidos que convocaban a un redoblado esfuerzo hacia el futuro. Pero esperaban que, apoyados en el sólido pasado, no abandonaríamos nunca el orgullo de la pertenencia y la confianza en nuestras fuerzas. Con ese ánimo, Roque Sáenz Peña dio su nombre a la nueva ley de sufragio universal y obligatorio, y abrió el camino de una verdadera democracia en la persona de Hipólito Yrigoyen. Era algo innovador en América del Sur, era la marca de la Argentina. Las políticas del presidente Yrigoyen fueron tan audaces que, en 1921, envió al Congreso un proyecto de Código del Trabajo que sólo sería sancionado más de cincuenta años después, por la presidenta Isabel Perón.

Aquella Argentina con sus luces y sombras es la que entró en la leyenda del país maravilloso que habríamos perdido después. Y que dio lugar, incluso, a que en los finales de la década de 1930 algunos pensadores y futurólogos dieran por cierto que la Argentina era una potencia del futuro.

Pero en el mismo momento de aquellas epifanías el legislador socialista Alfredo Palacios denunciaba que, según los informes militares, el estado sanitario de los jóvenes reclutas del interior del país era muy malo: en 1937, en el distrito militar 61, correspondiente a Santiago del Estero, los médicos militares debían rechazar al 45% de los enrolados, de 20 años de edad, por "debilidad, falta de peso, capacidad torácica insuficiente".

Esa Argentina esplendente, que tantas veces se nos muestra como un ideal renunciado, era un país que tenía una mitad marchita, la mitad que no veían los futurólogos internacionales ni muchos de los dirigentes "exitosos".

Esa otra mitad irrumpió en la vida argentina en 1946, de la mano del presidente Juan Perón. Empezaba allí un nuevo proceso de integración social que también sería vanguardista en la región y que aún hoy siguen mencionando como modelo otros reformadores sociales sudamericanos. A la Argentina saciada le costó mucho asumir esa integración, no sólo en lo cultural y en lo político, sino también en lo económico, porque debían redistribuirse a favor de millones los recursos acumulados y disponibles en el país exitoso.

Bueno es recordar que uno de los campeones de ese trabajo fue el doctor Ramón Carrillo, cuya gestión como ministro de Salud sembró el país olvidado de hospitales, maternidades y salas de primeros auxilios. ¿Sabrá de esta hermosa labor la señora Presidenta?

Los trabajos de Carrillo hicieron escuela. Los gobiernos posteriores, sin diferencia de signo político, continuaron con la construcción de hospitales. Así resultó que entre 1946 y 1997, mientras la población crecía un 125%, la cantidad de camas hospitalarias se incrementaba en un 124%, con lo que absorbía el rápido crecimiento poblacional: un esfuerzo continuo durante cuarenta años.

También para ese lapso se puede tomar otro elemento de continuidad: las inversiones para generar energía. En esos cuarenta años, la generación de energía eléctrica aumentó en nuestro país en un 1800%. Esto es menester subrayarlo, porque para lograr semejante impulso continuo todos los gobiernos debieron destinar fuertes recursos públicos a la inversión energética, como sucedió aun en los gobiernos más empobrecidos, como el del presidente Raúl Alfonsín, gran propulsor de las inversiones en el sistema del Chocón y en Yacyretá.

En el umbral de esa segunda mitad del siglo pasado, la Academia Sueca otorgó un premio Nobel de ciencia a Bernardo Houssay, que sería luego seguido con similar distinción, por Luis Federico Leloir y César Milstein, aunque en este último caso se trató de un argentino formado en nuestras universidades, pero que, por la rispidez política, investigó en Inglaterra. Pero son nuestras universidades las que dieron a América latina esos tres premios Nobel, los únicos de la región hasta ahora.

Lo que pasaba en ciencias tenía su equivalente en las artes. Esta Argentina de los últimos cincuenta años es la que ha producido notables escritores, movimientos vanguardistas en las artes plásticas, nutrida creación cinematográfica y un circuito de público de arte que señala a Buenos Aires como una de las mayores expresiones de la cultura universal.

Claro que todo eso se ha logrado en las peores condiciones políticas imaginables y será para el futuro un motivo de estudio cómo ha sido posible que una sociedad tan golpeada no haya perdido su capacidad creadora. Pero así somos.

A la vuelta de una espantosa época de violencia, y habiendo sido derrotados en la única guerra que perdimos a lo largo de nuestra historia de doscientos años, los argentinos encontramos fuerzas en nuestro dolor y nuestro desangramiento para encabezar nada menos que el proceso continental de refundación democrática. En 1983, el gobierno del presidente Alfonsín puso en marcha una saga de nuevas democracias que se extendió por toda la región, con lo que la Argentina confirmó su vocación de vanguardista de las buenas nuevas.

Anoto todos estos hechos positivos a vuelapluma, no para ignorar o desdeñar lo mucho que las cosas nos han costado y las injusticias, torpezas y dolores que hoy padecemos, sino para tratar de poner en perspectiva ese aserto presidencial de "de-sencuentros, frustraciones y fracasos".

En muchos momentos de los últimos años, se han utilizado juicios catastróficos sobre nuestro país, que, en general, han precedido todos los golpes militares y los proyectos milagrosos o redentoristas. He llamado a eso "la ideología del desaliento". No es inocente: sirve para hacernos bajar los brazos y vendernos un falso milagro, y anda siempre buscando fisuras por donde filtrarse en los medios de comunicación, en los juicios de apresurados analistas y hasta en algunos discursos políticos. Pero me cuesta pensar que sea ésa la intención de la señora Presidenta, porque no la creo de esa formación ni veo que nos esté por proponer a cambio de tanta ruina -como la que ella ve- ninguna solución milagrosa.

Nuestra Argentina de hoy es una sociedad compleja y rica en matices y posibilidades, que ha demostrado con holgura su capacidad para recomenzar después de los fracasos y corregir los yerros en el ejercicio de la democracia. Lo afligente es que la Presidenta no calibre todo este potencial y no sea capaz de honrar lo que el país ha logrado en los primeros doscientos años, más aún cuando le tocará imaginar, organizar y presidir las esperadas celebraciones. ¿Cómo se explica? ¿Tenemos que pensar que a ella y a sus íntimos consejeros la Argentina les ha quedado grande?

El último libro de Daniel Larriqueta es Cómo empezamos la democracias.

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