El bicentenario del desconcierto

La primera fotografía muestra a Abel Posse renunciando. Sin pena ni gloria dejó su cargo de ministro de Educación porteño. Lo troglodita de su pensamiento político, expuesto en un artículo periodístico aparecido el mismo día en que se anunciaba su designación, provocó un aluvión de críticas que finalmente lo acorralaron y lo dejaron sin otra salida que no fuera la del retorno a su casa.
Su promotor, Mauricio Macri, no tuvo fuerzas para intentar mantenerlo en el cargo. Ya había agotado su magra potencia cuando lo puso en funciones desoyendo todas las voces que le advertían lo impropio de esa decisión. Ahora, cargando una vez más los costos de su impericia como gobernante, regresará sobre sus pasos, mientras los porteños volveremos a pagar el precio de tener una administración que no sólo funciona sobre la lógica de la prueba y el error, sino que además ha logrado que cada una de sus pruebas se convierta en un estrepitoso fallido.

Una segunda fotografía muestra el regreso de Eduardo Duhalde a la actividad política. Es el mismo que alguna vez fue el hombre fuerte del peronismo bonaerense. El que logró preservar la institucionalidad de un país agobiado por la crisis económica y social luego de diez años de menemismo y medio mandato de Fernando de la Rúa. Es el mismo Duhalde que dijo ser parte de una infausta generación política y que se comprometió a no volver a ejercer cargos públicos una vez concluidos sus días de presidente de los argentinos.

Pese a tener un lugar ganado en nuestra historia reciente, Duhalde ha decidido volver al barro de la política sin que nadie se lo haya pedido. Aduce sentirse obligado a hacerlo pues no tolera que no haya alguien dentro del peronismo que se anime a enfrentar a Néstor Kirchner, con algunas probabilidades del éxito que él cree tener. Vuelve para enfrentar a su rival más odiado. Desde el pasado, como los fantasmas, ha regresado sobre sus pasos y pide un lugar más en el futuro de la política argentina.

Hay todavía una fotografía más que muestra imágenes borrosas. En ellas se ve a un gobierno que, mientras niega la caída de las inversiones, invita a cenar a poderosos empresarios rogándoles que inviertan en el país. El mismo gobierno que se ofende cuando alguien denuncia "inseguridad jurídica", mientras el jefe de sus ministros desoye las órdenes judiciales. También se ve a ministros que aseguran un superávit cuantioso en las arcas fiscales de 2010 al tiempo que consumen casi el 14% de las reservas acumuladas por el Banco Central para poder cubrir las obligaciones externas del año entrante.

En la fotografía también puede observarse una guerra sorda desatada entre el Gobierno y algunos medios de comunicación masivos que aparecen señalados como la causa de muchos de nuestros males. En esa lucha sorda se hace difícil saber si lo que se escucha en las tribunas o lo que se lee en esos medios es el reflejo de la verdad o sólo son disparos lanzados en la batalla.

Pero hay muchas más fotos. Algunas que muestran una desocupación contenida en una economía que comienza a despabilarse tras la crisis internacional. Otras que retratan los avatares cada vez más acuciantes que sufre el sector más humilde y postergado de nuestro país.

Así concluye el año en la Argentina. Con un gobierno que minimiza problemas y construye una imagen idílica del país en el que vivimos. Con una oposición tan atomizada como ausente a la hora de formular propuestas. Con un peronismo paralizado que argumenta que no puede movilizarse por la responsabilidad que le cabe de gobernar, temiendo que al alzar las voces caigan las represalias económicas de un gobierno ensimismado en sus lógicas. Y con una dirigencia que vuelve del pasado para ofrecerse como alternativa, más movilizada por el odio que por la racionalidad.

Ante semejante cuadro, no es la confianza lo que colma el espíritu de los argentinos. En los albores de 2010, el año en el que festejaremos el bicentenario del momento en que nos liberamos de la corona española, existe mucha incertidumbre en la conciencia generalizada respecto de cómo serán los días que están por venir.

Nadie entiende cuál será el punto exacto que marque las coordenadas entre el país ideal que pintan en el Gobierno y el país caótico del que habla la oposición.

Precisamente en el seno de la oposición, allí donde deberían florecer alternativas de cambio, sólo germina el resentimiento en un campo árido en el que no se siembran proyectos. Para peor, los opositores a los que les toca gobernar lo están haciendo de tal modo que sólo logran acrecentar el desaliento ciudadano. Se pavonean en las radios de saber cómo resolver el problema de la inseguridad ciudadana y se muestran incapaces de poner en marcha una policía municipal de apenas 800 efectivos. Mientras expresan su vocación de terminar con la indecencia de la política, sus funcionarios desfilan por los tribunales explicando desde contrataciones irregulares hasta escuchas ilegales. Dicen saber cómo recomponer el espacio público, pero las calles aún se inundan y los árboles secos se quiebran sobre las cabezas de los chicos que juegan en las plazas. Éste es, sin eufemismos, el corolario de dos años de gestión de Mauricio Macri.

El radicalismo parece haber encontrado un modo de abroquelarse nuevamente después del fatídico gobierno aliancista. Aunque todos vuelven a agruparse en la certeza de haber encontrado un candidato con entidad suficiente como para alcanzar el poder, nadie conoce los objetivos que ese eventual gobierno buscará alcanzar. Un juego de imágenes y de silencios. Como si en una película de Buster Keaton se sucedieran actuaciones tan prolijas como mudas, absolutamente cuidadas por la corrección política.

En el año que se inicia, nuestra economía engordará tanto como ha enflaquecido este año. No crecerá de modo uniforme. A algunos sectores les irá mejor que a otros. Pero al fin del ejercicio tendremos una economía que será igual a la economía que exhibíamos el año anterior. Eso quiere decir que al concluir 2010 estaremos igual que cuando finalizó 2008. Además, habremos perdido el 20% de las reservas monetarias que teníamos al finalizar 2007.

Ése es el cuadro económico que nos espera. En un Cono Sur en el que ningún país retrocedió, la Argentina sí lo hizo. Ése es también el producto de no haber observado adecuadamente el modo en que iba a dañarnos la crisis desatada en Wall Street en noviembre de 2008.

Durante sus primeros cien años de vida, la Argentina vivió incontables guerras. Algunas por su independencia; otras por sus disputas internas. Pero en determinado momento llegó la llamada Generación del Ochenta y desarrolló un modelo de país que nos permitió, al iniciarse el siglo XX, ocupar uno de los primeros diez lugares en el ranking de las naciones más desarrolladas.

En los segundos cien años las cosas fueron algo diferentes. Entre gobiernos democráticos y de facto, la Argentina fue postrándose ante el avance irreversible de la modernidad. Aun admitiendo que hubo un tiempo en el que Perón incluyó a los trabajadores a la sociedad y les otorgó derechos que hasta entonces se les negaban, es imposible negar nuestro retroceso determinado también por las muchas disputas intestinas. La política asumió formas violentas y la racionalidad democrática brilló por su ausencia, siendo reemplazada por feroces dictaduras. De ese modo, las generaciones políticas nacidas al amparo de la confrontación se fueron sucediendo en la responsabilidad de administrar lo público con resultados no siempre satisfactorios.

Cuando estamos ingresando a nuestros doscientos años de vida de sociedad independiente, aún nos resta diseñar cómo ha de ser la Argentina de los cien años venideros. ¿Queremos seguir siendo este país fragmentado en la búsqueda de objetivos individuales o queremos construir un país integrado en pos de un destino de grandeza que nos sea común? ¿Queremos seguir siendo parte de la periferia o queremos integrarnos en un mundo multipolar en el que la educación y la tecnología son las principales herramientas de progreso? ¿Queremos seguir condenando a la marginalidad a quienes hoy han quedado atrapados en el corral de la pobreza o queremos instituir una sociedad más justa distribuyendo de una manera más equilibrada nuestros ingresos?

Todo es difícil de hacer si no nos disponemos de una vez por todas a cambiar los paradigmas de nuestra actual democracia. Pero eso será imposible si la generación que nos gobierna desde que recuperamos las instituciones de la república en diciembre de 1983 no da un paso al costado. Hace falta algo más que sacudirla cada vez que arriban al escenario de lo público políticos de ocasión que llegan hasta allí empujados por cuantiosas inversiones publicitarias.

La Argentina necesita de una generación que, nacida en la democracia, lleve adelante los cambios estructurales que aún se demandan. Una generación que, como la del Ochenta, diagrame ese país tan adeudado como soñado. Un país sin confrontaciones estériles, sin discursos altisonantes y en el que tratemos de minimizar las diferencias y profundizar los acuerdos.

Si lo logramos, los festejos del bicentenario tendrán un mejor sabor que el que nos deja este desconcierto en el que vivimos en el mismo instante en que concluye 2009.

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