Un Bicentenario sin arrogancias

Por Natalio R. Botana

Las ideologías tienden a simplificar. En este año del Bicentenario no hay por ahora muchos indicios de que estas intenciones se apaguen, más allá del notable desenvolvimiento historiográfico que, en las últimas décadas, ilustran los estudios sobre las fechas emblemáticas de 1810 y 1910. La cuestión no tiene que ver, entonces, con la historia entendida como práctica profesional, sino con la interpretación político-ideológica que de ella hace la política del presente.

El uso del pasado con fines ideológicos para ocultar, desfigurar y justificar lo que a diario acontece es una práctica muy difundida entre nosotros, aunque no parece que el público en general le lleve mucho el apunte. Los gobiernos meten mano constantemente sobre "la herencia maldita" de las administraciones anteriores, creyendo que con ello podrán desviar la atención acerca de los errores cometidos. Si además estas dificultades arrecian, no escatiman esfuerzo para acentuar esos denuestos.

En semejante atmósfera, tampoco les viene mal hincar el diente en un aspecto del pasado con el objeto de elaborar, como ahora se dice, un "relato convincente". Parece que en estos días hay relatos por doquier, tanto los que fabrican los medios (nuevo eje del mal según el mensaje oficial) como los que fabrica el Poder Ejecutivo según la versión de quienes lo critican.

De no reaccionar a tiempo, en esta pugna puede quedar atrapada la conmemoración a que nos convoca el año 10 en sus dos momentos: el más lejano de 1810 y el más próximo de 1910. Tal vez, con la perspectiva larga de dos siglos, los acontecimientos que dieron lugar al Primer Gobierno Patrio y luego a la Independencia no vengan cargados con la pasión con que hoy se zahiere a los constructores de la Argentina moderna entre 1880 y 1910. Si Belgrano y San Martín descansan en un panteón venerable sin cuestionamiento, tal como Mitre imaginó su posteridad en dos clásicas biografías, los nombres del grupo dirigente de la Argentina finisecular, con Roca a la cabeza, son objeto de feroces invectivas.

¿Es acaso posible trazar una diagonal en el discurso público que procure reunir a los argentinos en torno a una visión madura de su pasado? Volvamos a 1910. Se escucha en las esferas oficiales que, durante aquellas celebraciones, el pueblo fue un convidado de piedra. A simple vista, no faltan razones para respaldar esta interpretación. En aquellos desfiles, inauguraciones de monumentos y exposiciones e infaltables funciones de gala no participaron los líderes de los partidos de oposición. Para colmo, el conflicto social arreciaba con violencias de todo tipo, hasta el punto de que se dictó el estado de sitio en un contexto jurídico en que, por si esto fuera poco, regían las leyes de residencia y de defensa social.

El espectador del pasado puede consagrarse, pues, a explorar este espectáculo plagado de estallidos y conspiraciones e identificar el hilo de una trama en la cual coexistían en tensión la historia que proclamaban las esferas oficiales y la historia de un hondo conflicto político-social. Sería muy fácil, para cualquier ideólogo, reducir aquel momento dentro de los límites de aquel contrapunto: una "oligarquía" que se celebra a sí misma y un pueblo ausente que procura abrirse paso a través del conflicto. De aquí a la descalificación en bloque de aquel pasado hay un paso muy corto, tan corto como la rapidez con que se eliminan otros aspectos de una historia por cierto mucho más compleja.

¿En qué reside esa complejidad que, por definición, es propia de cualquier proceso histórico? En realidad, tras aquellos sucesos estaban en marcha en la Argentina cambios económicos, demográficos, educativos y culturales de grandes proporciones. Roberto Cortés Conde ha aludido hace pocos días, en esta misma página, a la transformación que había tenido lugar en el plano económico. Los saldos de las inmigraciones internacionales son un claro exponente de estas mutaciones: sobre una población de 5.803.000 habitantes, en 1905 el saldo fue de 138.850 inmigrantes; en 1906, de 198.397; en 1907, de 119.861; en 1908, de 176.080; en 1909, de 140.640, y en 1910, de 202.423. Un total de casi un millón de nuevos habitantes, y todo en seis años.

Habría que preguntarse de nuevo por qué esos inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires y en Rosario, por citar los puertos principales. Los múltiples motivos de esta aventura han sido puestos de relieve por la historiografía que se ocupa de la inmigración. Con sus más y sus menos, estas investigaciones suelen coincidir en una hipótesis de carácter subjetivo: los inmigrantes llegaban a la Argentina porque ellos percibían que aquí latía la promesa del ascenso social.

Nuestros puertos eran así el punto de partida de millones de trayectorias vitales dispuestas a romper la estrechez de un mundo sin esperanza. No todos lograron satisfacer sus anhelos. En la historia suelen predominar los horizontes nublados, pero ese impulso colectivo hacia un porvenir mejor marcó con sello indeleble los itinerarios personales y familiares del primer Centenario.

En esa realidad turbulenta, calidoscopio de voces, aspiraciones y frustraciones, de conflictos y armonías como diría Sarmiento, la educación ofrecía gratuitamente un bien público escasamente difundido en el mundo de entonces. Un sistema educativo en franco crecimiento al cual complementaba la oferta de un conjunto de hospitales públicos, los establecimientos que despertaron la admiración de Georges Clemenceau, de visita en la Argentina el año del Centenario.

Del mismo modo como la voluntad de autogobierno y después de independencia fue el emblema de los años que transcurrieron entre 1810 y 1816, la fragua de la sociedad civil configuró el campo histórico del Centenario. Por eso la obsesión de las dirigencias por trazar puentes sobre la enorme distancia que, a ojos de ellos mismos, separaba el Estado de aquella sociedad en formación. Por eso, también, la obsesión por dar cima a una reforma política capaz de reconciliar la sociedad con la política mediante un ejercicio sincero del régimen representativo.

Dos años después del Centenario ese propósito se había cumplido. Si en los meses posteriores al 25 de mayo de 1810 los escritos de Mariano Moreno entrevieron en las páginas de La Gazeta el destino posible de un Congreso Constituyente, en 1910 Roque Sáenz Peña, Indalecio Gómez y los líderes del campo de la oposición (Yrigoyen, Juan B. Justo, De la Torre) intentaron completar aquel fáustico designio (en el medio, demás está decirlo, había ocurrido el proceso constituyente de 1853-1860). Entre tantas vicisitudes, un sinuoso argumento religa a aquellas figuras debido, quizás, a que una razón pública en escorzo las inspira en el trance del choque de las pasiones.

No hay por qué extrañarse de que el fracaso haya planeado como ave de mal agüero alrededor de esos ideales del buen gobierno republicano. Nos basta con recordar el final aciago de Moreno y la fractura que infligió el golpe de Estado de 1930 al plan reformista de 1910. La historia está preñada de consecuencias imprevisibles, como si esta puesta en escena de lo que se intentó hacer y de lo que no se pudo hacer hiciese las veces de una advertencia en contra de la simplificación y la arrogancia de los discursos públicos. Luces y sombras del vasto fresco de un país, hoy ya no tan joven, que a la vuelta de dos siglos porfía en perfeccionar los legados de la democracia y la república. © LA NACION

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